19 septiembre, 2017

33 y pico

De pequeño tenía la absoluta certeza de que moriría a los 33. Había nacido un 25 de diciembre, mi madre se llamaba María y mi padre José y era carpintero; y, para más INRI, el día que nací nevó abundantemente en mi pueblo natal, Premià de Mar, un lugar  de la costa del Maresme donde  sólo caen cuatro copos de nieve una vez cada veinte o veinticinco años.

Los primeros colegios a los que fui fueron las monjas de la Divina Pastora y los Hermanos de la Salle, que, lógicamente (es su modus vivendi) echaron más leña al fuego. Total, no es que me creyera el nuevo Mesías en la tierra (nunca he tenido la autoestima de un Albert Rivera, pongamos por caso) ni que me imaginara el desenlace al pie de la letra, con taparrabos y crucificado entre dos ladrones, pero tantas casualidades juntas el día de mi nacimiento me parecían demasiadas (de pequeño aún no había leído a Paul Auster), y pronto asumí que a los 33, de algún modo, se acabaría el show.

Para acabar de rematarlo, pasó lo de mi corazón.

Resulta que a los quince años me quedaba exhausto en cuanto daba cuatro pasos, y mis padres decidieron llevarme a un cardiólogo. Recuerdo que era un señor calvo, muy serio, y que dijo que yo tenía el ventrículo izquierdo hipertrofiado.

Yo pensé: signifique lo que signifique eso, ya estamos, de los 33 no paso.

Él dijo: claro que pueden pedir una segunda opinión.

Y nos dio la dirección de un centro súper mega especializado, donde me miraron con lupa y dijeron: el corazón no tiene nada, sólo una forma muy rara. Resumiendo: mi corazón (feo que te cagas pero sano, al parecer) me sirvió para librarme de la mili. Perdón: de la objeción de conciencia y de la cárcel.

Pero yo seguía convencido de la inevitabilidad de mi muerte precoz. Así que animado por las sanas tendencias suicidas de cualquier adolescente, me puse a fumar lo que no ha fumado ni Dios. Me compré un libro de recetas de cócteles y los probé todos, varias veces.  Escribía como un loco, aporreando el teclado. Apenas dormía. A los 23 me casé con mi primera mujer, me separé a los 27 y a los 28 conocí a la actual.  Y por fin, la víspera de cumplir los 33, volví a recordar la profecía por primera vez en mucho tiempo, y pensé: qué le vamos a hacer, has vivido lo que has podido.

Entonces pasó un día. Y otro. Y otro más.

Y comprendí que necesitaba un plan B.

Y en eso estamos.

 

 

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7 septiembre, 2017

Motius per fer-se un Lífting

Escriure contes sempre m’ha donat alegries.

Als dotze o tretze anys vaig participar al concurs de la Coca-cola. Recordo que el tema obligat era La vivienda (en castellà: el dictador del monotesticle encara agonitzava) i vaig guanyar una càmera Kodak, que, per entendre’ns, era com l’smartphone dels 70.

Als disset, vaig enviar un conte que es deia Txxxxxxx,txxxxxxxxxxxxxxx, tappppp, tappppp, bummmm bummmmm al Premi Lavinia, que convocava una modesta associació de veïns de Barcelona. Ho vaig fer perquè el jurat el presidia Quim Monzó i perquè el guanyador s’enduia una Olivetti Lettera 35, que, per entendre’ns, era l’iMac de 27 polzades dels setanta. Uau! Jo era de classe treballadora i no tenia màquina d’escriure (de fet, per presentar-m’hi vaig haver de fer servir la de la meva germana). Vaig guanyar i, a partir d’aquí, tot va ser bufar i fer ampolles.

Tranquils: en aquest llibre no trobareu aquests dos contes.

Lífting és un projecte que neix quan m’adono de tres coses:

  1. La majoria de llibres de contes que he publicat ja han estat destruïts per les editorials, al·legant que ocupaven massa espai als magatzems.
  2. Alguns contes d’aquests llibres em continuen divertint.
  3. A una certa edat, mola publicar una antologia. Per al lector fidel és com recuperar sensacions del passat, i per al lector que encara no et coneix és una certa garantia: vol dir que, en teoria, has escrit coses més dolentes.

A Lífting hi ha contes extrets de vuit llibres. Individuals i col·lectius. Des de La mosca al nas a Fora de sèrie. I també, com a extra bonus, he afegit dos contes inèdits, “Un senyor” i “Lífting”.

L’únic criteri que he seguit per a la tria és que em vingués de gust que tu, lector, els llegeixis. Alguns, pocs, els he deixat com van sortir publicats el primer cop; d’altres, els he reescrit de dalt a baix. La majoria m’he limitat a retocar-los una mica. D’aquí ve el nom de Lífting.

Ah! I em fa molta il·lusió que surti publicat als Quaderns de la Font del Cargol. Deu ser cosa del destí, perquè és com tancar un cercle. El primer conte, “Lletres”, va obtenir l’any 1981 el premi Arts i Lletres de Premià de Dalt. Encara recordo quan va sonar el telèfon i un dels membres del jurat em va dir, amb la seva veueta afònica habitual, que acabava de guanyar.

Menteixo: era molt més que un membre del jurat. Era un mestre, el moll de l’os del grup literari de la Font del Cargol, era un germà.

Era en Valeri. En Valerià Pujol.

Si aquest llibre ha estat possible és gràcies a ell, que un dia em va enredar, com a tants d’altres, i em va dir que servia per escriure.

Moltes gràcies, amic. Aquest llibre és per a tu.

Espero que el disfruteu tots.

 

(Pròleg de Lífting (35 anys de contes: 1981-2016), publicat per Quaderns de la Font del Cargol/ Cossetània Edicions)

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5 agosto, 2017

Expedient X

Fins i tot desenfocada surt guapa.

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24 julio, 2017

Diumenge Dunkirk

Anar a veure “Dunkirk” al cine Phenomena, un dels pocs del món que la projecta en 70 mm. Que et facin una intro dient que el mateix Cristopher Nolan va acostar-se a la sala per ajustar la imatge i el so. I que, a sobre, et regalin un tros de negatiu de la pel·li, com si sabessin les coses que de debò consideres importants a la vida. I pensar per primera vegada: hi ha res millor que els diumenges a la tarda?

4
14 julio, 2017

Demuestra que eres humano

Me llaman la atención los métodos que usan la mayoría de webs para demostrar que soy humano. Copiar una serie de letras. O hacer una suma del tipo 4 + 1.

¿Pero qué mierda es esta?

¿Es eso lo que me diferencia de un robot? Joder, cuando me cortan la cabeza no suelto un líquido blancuzco que parece semen. Pago autónomos. Y a veces entorno los ojos y cito a Ambrose Bierce para hacerme el chulo.

Eso los putos robots no lo hacen (creo).

Además, si yo fuera un malo malote de los de las pelis de James Bond y hubiera inventado una máquina de inteligencia artificial con la intención de colarme en una web con intenciones ponzoñosas, a lo mejor (y lo recalco: sólo es una hipótesis) le habría instalado una cámara para poder leer las series alfanuméricas. Incluso le habría añadido una calculadora de bolsillo, que no falte de ná.

A lo mejor es que las pruebas para demostrar que soy humano las hacen los robots.

O a lo mejor es que algunos no-robots se están deshumanizando. Y sí, lo habéis acertado: lo digo por una situación concreta que estoy viviendo estos días y que me tiene flipado. Muy flipado.

Lo voy a dejar ahí, en subtexto. No sea que haya robots espiando mi post.

 

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13 junio, 2017

Tildapatía

Sábado tarde. Leo el capítulo que me ha mandado una alumna de novela. La protagonista tiene visiones donde aparece un enigmático personaje encapuchado. Se quita la capucha y es una mujer rapada al cero: Tilda Swinton.

Sábado noche. Pongo el catálogo de pelis de Movistar y la primera que aparece es Dr. Strange. Me la perdí en su momento, así que vamos allá. A los pocos minutos aparece un personaje encapuchado. Se quita la capucha y es Tilda Swinton.

Joder, casi me caigo del sofá del susto.

Luego pienso: seguro que mi alumna habrá visto la peli. Es una cita.

Y consigo dormir.

Lunes tarde, clase de novela. Le pregunto a mi alumna y no. No ha visto Dr. Strange. Dice que pensó en Tilda porque su rostro era perfecto para esa visión, pero que visto lo visto pondrá el nombre  de otra actriz.

Pero el mal ya está hecho. ¿Casualidad? ¿Superpoder? ¿Tengo que hacer la primitiva?

A veces me doy miedo.

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31 marzo, 2017

Los rodajes y yo

Voy poco a los rodajes de mis guiones porque lo paso mal. No por falta de confianza en el equipo, sino todo lo contrario. Creo que el guion es la primera pieza de una larga cadena de montaje, y que  cuando entrego la última versión, mi trabajo ha terminado; y esa historia, esos diálogos, esas imágenes escritas que hasta entonces sentía que me pertenecían, pasan a ser propiedad de otros: del director, de los actores, del operador de cámara, del atrezzista.

Pertenezco a una generación y a un país donde la figura del guionista-productor ejecutivo nunca se ha contemplado seriamente, así que hace tiempo que asumí con orgullo mi rol de escribidor profesional y punto. Así que en mi caso, el cine consiste precisamente en eso, en facilitar que ese trasvase de poderes desde la escritura hasta la pantalla sea lo más fluido posible. Y por eso tengo la sensación que  no pinto nada en los rodajes, de la misma manera que me pondría nervioso pillar a los actores espiándome por encima del hombro mientras acabo la última versión del guion.

Eh, y estoy contento así. Después de todo, creo que me ha tocado una de las mejores partes de la criaturita-película: desde que aún no ha nacido hasta que empieza a balbucear sus primeras palabras. Entonces llega el relevo de profesionales, la acogen, la hacen suya y le enseñan a crecer, a tomar forma, a volar por su cuenta. Y al final, en el aterrizaje, pasa a ser de los espectadores.

Ahí sí que suelo disfrutar: viendo en la pantalla en qué se ha convertido esa cosa inmaterial con la que jugaba mentalmente al principio del proceso. Pero en los rodajes me ataca una absurda ansiedad, el mismo miedo irracional que siento ante mi hija adolescente: Oh, Dios, ¿qué estudiará? ¿Conseguirá trabajo? ¿Encontrará una pareja que la quiera como se merece? En fin, como le repetía el vizconde de Valmont a Madame de Tourvel: “No puedo evitarlo.”

 

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