8 octubre, 2017

El destello

Hoy he ido a visitar a mi padre.

Hacía dos o tres semanas que no lo hacía, porque últimamente salgo muy tocado y luego pasan días que no tiro. Le veo ahí, en su silla de ruedas de la planta 3 de la residencia, tan callado, cada vez más delgado, más poquita cosa, sin reconocerme. Duele.

Así que me pongo como excusa que voy desbordado de trabajo (¿y cuando no?), no voy a verle, y al acabar el día me siento peor. La eterna contradicción humana.

Hoy he hecho de tripas corazón y, como de costumbre, le he llevado algunos de los dibujos a lápiz  que hacía antes, cuando mi padre aún llenaba infatigables cuadernos de garabatos y escritos, cuando aún leía, hablaba, bromeaba, reía. Cuando todo eso, y los poquitos que le rodeábamos, daban dignidad a su existencia.

Hoy, como siempre, al ver el primer dibujo, ha habido un destello en su mirada: “¿Jo he fet això? No me’n recordo.”

No, papa, no te’n recordes.

Pero gracias por dejar que me aferre a ese destello. Quiero creer que es algo así como el big bang de tu existencia, el sol de tu galaxia, una huella digital de lo que fuiste y que sigue ahí, oculta pero indeleble en tu interior.

Y que permanecerá por mucho tiempo cuando, por fin, descanses.

9
4 octubre, 2017

A S.M. el Rey

Majestad:

Ayer vi su discurso por televisión y me pareció amenazante.

Me dolió, porque usted estuvo en Catalunya no hace mucho, solidarizándose con las víctimas de los atentados de la Rambla y Cambrils, y supuse que le dolería algo, un poquito, ver el domingo por televisión a algunos de esos mismos catalanes que en agosto lloraban la tragedia, siendo  zarandeados, heridos, machacados  por los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en su actuación totalmente proporcionada.

Fíjese que no le estoy diciendo que el referéndum fuera legal o no, ni que el gobierno ni sus jueces ni fiscales tuvieran o no la potestad para mandar tropas por tierra mar y aire  a defender su (indivisible) patria. No entraré en ese terreno. Simplemente quiero hacerle una observación en la que, tal vez, no cayó antes de preparar su discurso: Majestad, Catalunya lleva muchos años saliendo a la calle y nunca ha pasado nada. Ni un brote de violencia, ni un herido, nada. En cambio, el domingo 1 de Octubre de 2017 sí pasaron desgracias. Alrededor de 900 heridos civiles y algunos (cuesta ser más preciso cuando al ministro Zoido le  bailan constantemente las cifras) por parte de los que esgrimían las porras, las pelotas de goma y los gases lacrimógenos contra gente de todas las edades, ancianas, mujeres y niños incluidos. Creo, humildemente, que como Rey debería haberse referido en primer lugar a esas víctimas colaterales: civiles y policías. Y haber dicho que, como Rey de todos los españoles, sentía un profundo pesar por su estado de salud, al tiempo que se solidarizaba con todas sus familias.

Eso le habría escrito yo si me hubiera encargado el guion. Y no, créame que no le estoy pidiendo trabajo.

Pero su mensaje fue otro desde el principio. Me pareció que sólo pretendía dirigirse al resto de España y a esa parte (legítima, por supuesto) del pueblo catalán que el domingo decidió no ir a votar. A estos últimos vino usted a decirles que entendía cómo se sentían: acongojados por lo que sucede, por cómo lleva el govern de la Generalitat el país, malditos nazis (esto último es subtexto, por el tono). Pues mire: no tengo ni idea de cómo se sienten los catalanes buenos, pero sí puedo decirle que nosotros, los otros, esos pocos millones que nos reunimos de vez en cuando ante un colegio electoral, o en la calle para pedir que nos escuchen, nos sentimos muy bien, gracias, cuando nos vemos sonreímos (aunque no nos conozcamos de nada) porque no hay odio en nuestros corazones, simplemente esperanza. Esperanza y una fuerte convicción de que en el siglo XXI no es nada monstruoso salir a la calle unidos a gritar y a cantar nuestras aspiraciones. Lo digo por si alguna vez quiere acordarse también de nosotros, como españoles que aún seguimos siendo, y alegrarse por nuestra felicidad, aunque no la comparta.

Mire: tengo una hija de dieciocho años. Se llama Alba, como la duquesa de o como la canción de Aute. Pues bien: este domingo pudo votar por primera vez. Pasó la noche en el colegio electoral y luego, por casualidad, le tocó ser la encargada de entrar una de las bolsas de basura que contenía lo que usted ya sabe, ese objeto demoníaco con una ranura por donde se introducen papeletas  y que, al parecer, nos ha convertido en una amenaza para el conjunto del estado. Vivimos en Premià de Mar (un pueblo del Maresme, que es una comarca, como la comarca de los hobbits pero con las vías de la Renfe y la N-2 separándonos de la playa), y ahí,por suerte, no pasó nada. Bueno, sí: a media tarde pasaron dos coches de la guardia civil, pero no pararon. Al terminar el día, mucha gente aplaudía a mi niña, la felicitaba por haber puesto su grano de arena a la votación. Yo soy de lágrima fácil, me contuve en directo, pero me sentí orgulloso de ella, incluso más de lo que ya me sentía hasta ahora.

Ayer, Jornada de Huelga General en Catalunya como protesta por las hostias que  recibimos el domingo, fuimos en familia a manifestarnos (y esta vez no hubo violencia, a lo mejor porque sus policías no salieron del hotel). ¿Sabe lo primero que hizo Alba nada más volver a casa? Buscó la partitura de “Els segadors” (es nuestro himno nacional, Majestad) y cuando usted terminó el discurso salió al balcón a tocarlo con el saxo. Aquí abriré un breve paréntesis: vivimos en una comunidad de 600 vecinos, con unas condiciones acústicas estupendas, y mi hija lo clavó. Fue muy bonito oír las notas de nuestro himno bajo la luz de la luna, y el coro de vecinos entonándolo (vale, a lo mejor no sonó como el de los trabajadores del Liceu, pero me puso la piel de gallina). Luego, aplaudieron a mi hija y empezó la cassolada (que es nuestra manera más violenta de pedir democracia: golpeamos una inocente cazuela con una cuchara; espero que la Constitución no considere eso kale borroka). Disculpe por la broma tonta, es humor catalán.

No le hago perder más tiempo. Podría comentarle otras cosas de su discurso, pero dejémoslo en que no me pareció el mensaje de un Jefe de Estado al que la Ley obliga, en teoría, a ser equidistante para todos. Parecía más bien el mensaje de un portavoz furibundo del PP. No se ofenda. No, no creo que eso le ofenda. También creo que colocar una bandera española y un trocito de la europea a su izquierda, así, como diciendo entre líneas que España va unida a Europa y Catalunya no, dice mucho intelectualmente sobre su director de atrezzo. Invítele a un chupito de mi parte cuando lo vea.

Y nada más. Le pido, por favor, que levante el dedo del botón rojo del 155 en nombre de la sensatez humana, porque fue un arrebato de insensatez castrense y no la cordura lo que condujo al golpe de Estado de Franco del 36. Y usted es demasiado joven y campechano para compararse con según quién. Se lo pido en nombre de mi hija, de mi mujer y de mi madre, María Cuenca Matallana, que era de Cehegín pero se sentía catalana hasta las patas de las gafas: murió el 2 de enero de este mismo año, perdiéndose tristemente algunos momentos históricos con los que estoy seguro que se habría emocionado. De pequeño me dijo una vez: “Que ningú t’obligui mai a fer el que tu no vulguis” (“Que nadie te obligue nunca a hacer lo que tú no quieras”, nota del traductor). Desde entonces he intentado aplicarlo siempre, y por ahora no me quejo: me siento bien por dentro, porque la libertad es como tomar Activia cada mañana pero gratis.

¿Se siente usted así, Majestad? Porque ayer no me dio esa impresión.Y lo siento. Póngale remedio. Aún está a tiempo.

Atentamente,

un catalán.

 

 

18
2 octubre, 2017

El final de la retórica

Cuando yo tenía 13 años ya salía a manifestarme el 11 de septiembre a favor de la independencia. Y entonces no conocía ni a Artur Mas ni a Puigdemont. Nadie me ha lavado el cerebro. Ni a mí ni a los 3 millones de catalanes que ayer salieron a votar con una sonrisa en los labios. De esos, la mayoría (los que votaron SÍ) cada vez siente menos lazos de unión con un Estado rancio que sigue encumbrando en el poder a un partido anacrónico, corrupto y de ADN predemocrático (es decir, franquista) que no tolera que se rompa la sagrada unidad de España, recogida, como todos sabemos, en el Antiguo Testamento.

Al menos en Catalunya el PP está en la cola parlamentaria, sólo por eso ya somos diferentes (a lo mejor es eso lo que les genera tanto odio ).

Los catalanes no somos ni peores ni mejores que nadie, pero igual que cualquier ser humano no merecemos ser tratados a porrazos por querer expresarnos. Eso es de otras épocas.

Y ojo: no se trata de ir de cabeza a una guerra civil, son Rajoy y su atajo de lumbreras los que van a intentar implantar esa idea (no caigamos en la trampa, por favor, los tanques los tienen ellos, nosotros sólo esgrimimos esperanza): vivimos una partida de ajedrez entre un clamor mayoritario en Catalunya por la libertad de expresión y un Estado que hace lo que hace (machacar a gente desarmada) porque, entre otras cosas, sabe que con cada hostia de un policía a un catalán va a recaudar un voto más de los ultras en la sombra que alimentan su poder. David contra Goliat.

Yo, por mi parte, seguiré teniendo muchos amigos, aquí y en Madrid, que piensan o no piensan como yo. Y si defiendo mis ideas, entre otra cosas, es por mi madre, que era de Cehegín (Murcia) pero siempre respetó mi forma de pensar, porque mi madre creía con el corazón que nadie puede mantener amordazado a nadie. Eso es de maltratador. En resumen: a los que no piensan igual que yo nunca intentaré convencerlos por la fuerza, ni siquiera usando la excusa de unas leyes caducas y de un puñado de jueces que estén a mi servicio. Es triste, sí, pero creo que en estos momentos pedir diálogo es pedir que crezcan cipreses en la Antártida. O se implanta un nuevo cerebro democrático al hipotético interlocutor por parte de España o todo lo demás es retórica para justificar lo que nos hicieron ayer a la mayoría del pueblo catalán. Para justificar lo injustificable.

3
19 septiembre, 2017

33 y pico

De pequeño tenía la absoluta certeza de que moriría a los 33. Había nacido un 25 de diciembre, mi madre se llamaba María y mi padre José y era carpintero; y, para más INRI, el día que nací nevó abundantemente en mi pueblo natal, Premià de Mar, un lugar  de la costa del Maresme donde  sólo caen cuatro copos de nieve una vez cada veinte o veinticinco años.

Los primeros colegios a los que fui fueron las monjas de la Divina Pastora y los Hermanos de la Salle, que, lógicamente (es su modus vivendi) echaron más leña al fuego. Total, no es que me creyera el nuevo Mesías en la tierra (nunca he tenido la autoestima de un Albert Rivera, pongamos por caso) ni que me imaginara el desenlace al pie de la letra, con taparrabos y crucificado entre dos ladrones, pero tantas casualidades juntas el día de mi nacimiento me parecían demasiadas (de pequeño aún no había leído a Paul Auster), y pronto asumí que a los 33, de algún modo, se acabaría el show.

Para acabar de rematarlo, pasó lo de mi corazón.

Resulta que a los quince años me quedaba exhausto en cuanto daba cuatro pasos, y mis padres decidieron llevarme a un cardiólogo. Recuerdo que era un señor calvo, muy serio, y que dijo que yo tenía el ventrículo izquierdo hipertrofiado.

Yo pensé: signifique lo que signifique eso, ya estamos, de los 33 no paso.

Él dijo: claro que pueden pedir una segunda opinión.

Y nos dio la dirección de un centro súper mega especializado, donde me miraron con lupa y dijeron: el corazón no tiene nada, sólo una forma muy rara. Resumiendo: mi corazón (feo que te cagas pero sano, al parecer) me sirvió para librarme de la mili. Perdón: de la objeción de conciencia y de la cárcel.

Pero yo seguía convencido de la inevitabilidad de mi muerte precoz. Así que animado por las sanas tendencias suicidas de cualquier adolescente, me puse a fumar lo que no ha fumado ni Dios. Me compré un libro de recetas de cócteles y los probé todos, varias veces.  Escribía como un loco, aporreando el teclado. Apenas dormía. A los 23 me casé con mi primera mujer, me separé a los 27 y a los 28 conocí a la actual.  Y por fin, la víspera de cumplir los 33, volví a recordar la profecía por primera vez en mucho tiempo, y pensé: qué le vamos a hacer, has vivido lo que has podido.

Entonces pasó un día. Y otro. Y otro más.

Y comprendí que necesitaba un plan B.

Y en eso estamos.

 

 

7
7 septiembre, 2017

Motius per fer-se un Lífting

Escriure contes sempre m’ha donat alegries.

Als dotze o tretze anys vaig participar al concurs de la Coca-cola. Recordo que el tema obligat era La vivienda (en castellà: el dictador del monotesticle encara agonitzava) i vaig guanyar una càmera Kodak, que, per entendre’ns, era com l’smartphone dels 70.

Als disset, vaig enviar un conte que es deia Txxxxxxx,txxxxxxxxxxxxxxx, tappppp, tappppp, bummmm bummmmm al Premi Lavinia, que convocava una modesta associació de veïns de Barcelona. Ho vaig fer perquè el jurat el presidia Quim Monzó i perquè el guanyador s’enduia una Olivetti Lettera 35, que, per entendre’ns, era l’iMac de 27 polzades dels setanta. Uau! Jo era de classe treballadora i no tenia màquina d’escriure (de fet, per presentar-m’hi vaig haver de fer servir la de la meva germana). Vaig guanyar i, a partir d’aquí, tot va ser bufar i fer ampolles.

Tranquils: en aquest llibre no trobareu aquests dos contes.

Lífting és un projecte que neix quan m’adono de tres coses:

  1. La majoria de llibres de contes que he publicat ja han estat destruïts per les editorials, al·legant que ocupaven massa espai als magatzems.
  2. Alguns contes d’aquests llibres em continuen divertint.
  3. A una certa edat, mola publicar una antologia. Per al lector fidel és com recuperar sensacions del passat, i per al lector que encara no et coneix és una certa garantia: vol dir que, en teoria, has escrit coses més dolentes.

A Lífting hi ha contes extrets de vuit llibres. Individuals i col·lectius. Des de La mosca al nas a Fora de sèrie. I també, com a extra bonus, he afegit dos contes inèdits, “Un senyor” i “Lífting”.

L’únic criteri que he seguit per a la tria és que em vingués de gust que tu, lector, els llegeixis. Alguns, pocs, els he deixat com van sortir publicats el primer cop; d’altres, els he reescrit de dalt a baix. La majoria m’he limitat a retocar-los una mica. D’aquí ve el nom de Lífting.

Ah! I em fa molta il·lusió que surti publicat als Quaderns de la Font del Cargol. Deu ser cosa del destí, perquè és com tancar un cercle. El primer conte, “Lletres”, va obtenir l’any 1981 el premi Arts i Lletres de Premià de Dalt. Encara recordo quan va sonar el telèfon i un dels membres del jurat em va dir, amb la seva veueta afònica habitual, que acabava de guanyar.

Menteixo: era molt més que un membre del jurat. Era un mestre, el moll de l’os del grup literari de la Font del Cargol, era un germà.

Era en Valeri. En Valerià Pujol.

Si aquest llibre ha estat possible és gràcies a ell, que un dia em va enredar, com a tants d’altres, i em va dir que servia per escriure.

Moltes gràcies, amic. Aquest llibre és per a tu.

Espero que el disfruteu tots.

 

(Pròleg de Lífting (35 anys de contes: 1981-2016), publicat per Quaderns de la Font del Cargol/ Cossetània Edicions)

2
5 agosto, 2017

Expedient X

Fins i tot desenfocada surt guapa.

4
24 julio, 2017

Diumenge Dunkirk

Anar a veure “Dunkirk” al cine Phenomena, un dels pocs del món que la projecta en 70 mm. Que et facin una intro dient que el mateix Cristopher Nolan va acostar-se a la sala per ajustar la imatge i el so. I que, a sobre, et regalin un tros de negatiu de la pel·li, com si sabessin les coses que de debò consideres importants a la vida. I pensar per primera vegada: hi ha res millor que els diumenges a la tarda?

4
14 julio, 2017

Demuestra que eres humano

Me llaman la atención los métodos que usan la mayoría de webs para demostrar que soy humano. Copiar una serie de letras. O hacer una suma del tipo 4 + 1.

¿Pero qué mierda es esta?

¿Es eso lo que me diferencia de un robot? Joder, cuando me cortan la cabeza no suelto un líquido blancuzco que parece semen. Pago autónomos. Y a veces entorno los ojos y cito a Ambrose Bierce para hacerme el chulo.

Eso los putos robots no lo hacen (creo).

Además, si yo fuera un malo malote de los de las pelis de James Bond y hubiera inventado una máquina de inteligencia artificial con la intención de colarme en una web con intenciones ponzoñosas, a lo mejor (y lo recalco: sólo es una hipótesis) le habría instalado una cámara para poder leer las series alfanuméricas. Incluso le habría añadido una calculadora de bolsillo, que no falte de ná.

A lo mejor es que las pruebas para demostrar que soy humano las hacen los robots.

O a lo mejor es que algunos no-robots se están deshumanizando. Y sí, lo habéis acertado: lo digo por una situación concreta que estoy viviendo estos días y que me tiene flipado. Muy flipado.

Lo voy a dejar ahí, en subtexto. No sea que haya robots espiando mi post.

 

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