17 febrero, 2018

L’herència

De dilluns a divendres el meu pare, Josep Bras March, es llevava a les quatre de la matinada per anar a treballar a la fusteria de la fàbrica de Can Sanpere.

El meu pare intentava no fer soroll, però la meva cambra era al costat de la seva i jo sempre he tingut un son molt fràgil.

Sentia com  es preparava un cafè amb la Melitta, el clinc clinc de la tassa sobre el plat, l’aigua de l’aixeta mentre ho netejava tot, el breu crepitar del paper de plata amb què s’embolicava l’entrepà.

Sovint no tornava a dormir-me fins que la porta del carrer es tancava.

El meu pare tornava a les dues del migdia, dinava a corre-cuita i feia una migdiada curta, perquè a les tres entrava a treballar en una altra fusteria.

Ni un sol dia va arribar tard a cap de les dues feines. Sempre em deia que la puntualitat és essencial, que arribar a l’hora acordada a un lloc és demostrar un respecte a la gent amb qui hem quedat. I que, si arribem tard, no confiaran mai en nosaltres.

El meu pare es passava el dia treballant de fuster i, malgrat tot, no va renunciar mai al seu somni de ser dibuixant. No sé d’on va treure el temps per apuntar-se a un curs a distància (l’equivalent als tutorials d’internet d’avui dia). Encara conservo tots els dibuixos que va enviar: a tots va treure un 10.

A mi allò em desesperava, tenia la sensació que no era just que una persona amb el seu talent per dibuixar hagués de dedicar-se a omplir-se les mans de butllofes i ferides de tant fer anar el xerrac i el martell. Després, a poc a poc, vaig entendre que el meu pare era feliç així, que Can Sanpere era el seu món, on tenia els seus amics, i que mai es va sentir frustrat. Dibuixar li agradava i punt, però no era cap meta. La meta, per a ell, sempre va ser el viatge.

Això sí: quan tenia cinc minuts lliures corria a tancar-se a la seva torre d’ivori, el petit despatx que s’havia muntat al costat del menjador. I dibuixava, és clar. Dibuixava de tot: caricatures dels seus amics de Can Sanpere; de la mama; de la meva germana; de la carnissera de sota casa; de gent famosa. Dibuixava historietes de l’únic personatge que va crear, “El Pistolero López”. I dibuixava imatges que il·lustraven els llibres que escrivia (sempre a mà, ja de gran em va confessar que li hauria encantat tenir una màquina d’escriure) sobre les anècdotes viscudes a la fàbrica o durant la seva joventut a la postguerra.

Després, quan jo vaig complir 13 anys, vaig fer ús de la típica arrogància de l’adolescent i li vaig robar el despatx. Amb dos collons. I el meu pare no va protestar. Va buidar els calaixos de l’escriptori, per fer-me lloc, i va continuar dibuixant i escrivint al menjador.

Fins que un dia vaig començar a llevar-me a les quatre, suposo que per intentar assemblar-me una mica a ell. I axí fins avui.

Siguis on siguis, gràcies, papa. Espero haver merescut la teva  immensa herència.

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10 febrero, 2018

Flash-back

Aquests dies torno a sentir-me una mica com el nen de la moto. Però ara sense el meu pare al darrere.

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24 enero, 2018

Junts un altre cop

Aquesta és la meva foto favorita dels meus pares. Quan eren joves i riallers i plens de vida.

La vida -la mort- va separar-los cruelment fa una mica més d’un any.

Des d’avui torneu a estar junts.

T’estimo, papa. T’estimaré sempre.

Torna a somriure amb la Maria i a ser el que eres.

 

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3 enero, 2018

Soy

No paran de decirme que soy lo que como, lo que viajo, los followers que tengo, las series que he visto, lo que escribo, los vips que conozco, lo que gano.

Hubo un tiempo en que era tan imbécil que casi me lo creo.

En realidad es todo más sencillo y complicado a la vez.

Soy lo que amo.

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25 diciembre, 2017

Resumen del discurso navideño de S.M.El Rey 2017

Españoles,

Si la gente normal vencimos a Tejero (olé tus huevos, papá), a ETA, al terrorismo islámico y a las cuatro plagas de Egipto, tranquilos que lo del desafío catalán está chupado. Y ya para acabar, hay otros temas que me preocupan mucho, y que paso a enumerar como si me sudaran la polla: el paro, el medio ambiente, si existen los agujeros de gusano y dónde está Wally en las páginas 7,18 y 33 del libro que estoy leyendo este año.

Nada más, que se me acumula el trabajo (jajajaja, y dice Leti que no tengo sentido del humor).

Feliz Navidad, Merry Christmas, Expecto Patronum.

Vuestro amado Rey, el Watchmen campechano de la Democracia.

PD: os dejo con unas fotos familiares tan bonicas que, sin duda, os harán desistir de cualquier sueño febril republicano.

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8 diciembre, 2017

Un cuadro de Manet

Ayer vi Frantz, la película de François Ozon, donde el cuadro de Manet Le suicidé tiene un especial protagonismo. Y me acordé de un fragmento de mi novela La niña que hacía hablar a las muñecas. Ya sé que no es gran cosa, pero si me dejaran salvar cinco o seis páginas de todas las que he escrito, éstas estarían entre ellas…

 

Cada periódico olía de un modo distinto. La Croix, por ejemplo, apestaba a incienso y le hacía estornudar. Le Figaro tampoco le gustaba, porque desprendía un ligero tufo a queso rancio. La Presse no estaba mal, algo dulzona para su gusto. En cambio, su favorito, L’Écho de Paris, olía siempre a jugoso filete con pimienta. Era abrirlo, agitarlo suavemente y ponerse a salivar. Antoine adoraba la carne poco hecha.

Había un redactor en especial, Henri Village-M., que le tenía conquistado. No estaba asignado a ninguna sección en concreto. El domingo podía opinar sobre la economía mundial con grandes titulares y al día siguiente lanzarse a una apasionada crónica deportiva. Pero su estilo era inconfundible. En vez de limitarse a contar lo ocurrido, conseguía que el lector se encontrara allí, viviendo los hechos al mismo tiempo que sus protagonistas. Para conseguirlo, iba sembrando todo el texto (la noticia, el comentario, lo que fuese) de una multitud de descripciones y diálogos, de detalles tan minuciosos que uno, sin darse cuenta, llegaba al final de la lectura conteniendo el aliento, preguntándose si aquello había sucedido realmente de ese modo o si se trataba del caprichoso invento de un genio literario.

En la edición del 7 de noviembre hablaba de la muerte del poeta Jacques Rigaut. Para hacerlo, usaba una estructura sorprendente. Comenzaba remontándose al año 1877, en el instante en que el pintor Édouard Manet sufrió uno de sus más legendarios arrebatos. Se encontraba en su taller de la Rue Saint Pétersbourg charlando animadamente con su amigo Zacharie Astruc (bromeaban sobre el hecho de que este último sostuviera un libro de poemas de alto voltaje erótico en el óleo de Henri Fantin-Latour Un atelier aux Batignolles) cuando, de pronto, Manet cambió de expresión, agarró con fuerza la mano de su amigo y la mordió, haciéndole sangrar.

–¿Te has vuelto loco?

–Debo hacerlo, Zacharie. Un hombre va a morir.

Rápidamente, empapó un dedo en la sangre y trazó una línea en zigzag en el centro de un lienzo en blanco. Luego cogió un pincel y, en pocos segundos, esbozó el resto, convirtiendo ese rojo brutal en la eterna herida en el pecho de Le suicidé, una de sus obras más sobrecogedoras. Hasta aquí, la anécdota histórica. Lo realmente extraño, según el artículo, era que el cuadro era la imagen exacta de la muerte de Rigaut. Como si Manet la hubiera presenciado más de medio siglo antes.

Todo coincidía.

El cuerpo desplomado sobre la cama pero con los pies todavía apoyados en el suelo, como si la muerte solo le hubiera afectado de cintura para arriba y Rigaut se dispusiera a levantarse de un momento a otro.

Los zapatos resplandecientes, recién lustrados, tal vez intuyendo que en el más allá no sería fácil encontrar betún.

El revólver negándose a caer de la mano derecha.

El rojo beso mortal en la camisa blanca.

Las sábanas blancas, la almohada blanca, las paredes blancas.

La colcha empapada de la sangre del poeta.

Henri Village-M. añadía a continuación una serie de datos estrictamente periodísticos: Rigaut se encontraba alojado en el Gran Hotel de la ciudad de Palermo a la espera de ingresar, al día siguiente, en la clínica de desintoxicación Kreuzlingen. Se había hecho acompañar por su amiga Carla Orengo, la sensual mujer de raza negra que, según algunos rumores, rivalizaba con Rita Malú por el corazón de Picabia. Al parecer, ella dormía en la habitación contigua cuando Rigaut apretó el gatillo.

El disparo no la despertó.

No oyó el gemido de Rigaut, sorprendido porque la bala, esta vez sí, había conseguido escapar del vetusto revólver de su abuelo (no habría sido la primera vez que accionaba el percutor y no ocurría nada).

No oyó el golpe seco que hizo el arma al caer sobre la alfombra, ni los aspavientos del aspirante a suicida postrándose de rodillas en el suelo, incapaz de gritar, ahogándose en su propia sangre, arrastrándose desesperadamente en busca de ayuda. No le oyó intentar abrir la puerta que comunicaba las dos habitaciones, ni sollozar para sus adentros como una cuerda de violoncelo tañida por un soplo de brisa cuando la encontró cerrada. No le oyó golpear la madera débilmente. Arañarla. Entonces Rigaut debió de calcular las pocas fuerzas que le quedaban y tomó la decisión de regresar a la cama. Fue su última odisea y la más costosa de su vida, más que los dos largos días que había pasado perdido en la selva de Port Actif, aullando a los cuatro vientos su obsesivo amor de juventud por Georgia O’Keeffe.

Coger de nuevo el revólver.

Ponerse en pie centímetro a centímetro.

Dejarse caer de espaldas sobre el colchón, con los brazos en cruz, al fin convertido en un cadáver.

Era anatómicamente imposible que hubiera hecho todo eso después de dispararse. La bala le había atravesado el corazón. Sin embargo, lo hizo. Había informes de la policía que lo demostraban.

¿De dónde, pues, sacó las fuerzas?, acababa preguntándose el autor del artículo. Según él, solo existía una respuesta posible: de su exorbitante ego de artista. Alguien como Rigaut no podía morirse de cualquier manera, renunciando a inspirar póstumamente a Édouard Manet.

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20 noviembre, 2017

Només per als amics

Ja veieu el cartell, la data, el lloc i l’hora.

I sí, ja sé que és un dia feiner, i que Premià queda a la fi del món, i que fa mandra, i que els llibres de contes buf, no sé, com que molen més les novel·les, no? I mil raons més per buscar-se una estupenda excusa i passar del rotllo aquest.

Però com que sou els millors amics del món sé que vindreu, malgrat tot.

Jo també us estimo. Moltes gràcies per la paciència i us prometo que en una altra vida intentaré ser futbolista , actor porno, torero pallasso o qualsevol ofici més distret.

 

 

 

 

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16 noviembre, 2017

3 en 1

M’agrada aquesta foto del cumple de la Nana.

Perquè la protagonista destaca, com així ha de ser, però els altres dos personatges de la trama també hi som presents d’una manera més o menys subtil.

És com la versió Bras-Saigner de l'”On és el Wally?”

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11 noviembre, 2017

El hombre que recordaba mi pasado

Viernes 10 de noviembre por la tarde-noche, llibreria Dòria, Mataró.

Termino de presentar “Kentucky”, la primera (y fantástica) novela de mi amigo Aniol Florensa. De pronto se me acerca alguien, un caballero del público al que llamaremos Toni para no desvelar su auténtico nombre (que es Toni Gris), se presenta con mucha educación  y me dice que aún recuerda una historieta que publiqué en una revista de los hermanos de La Salle, cuando ambos estudiábamos allí, sobre la película “Rollerball”.

Me quedo alucinado. Nada más llegar a casa la busco (soy capricornio, nunca tiro nada). La revista se llamaba “Vida y deporte” y en ella yo hacía mis primeros pinitos como desastroso dibujante y peor crítico cinematógrafico. Lo he calculado: tenía 13 años. Esa es mi disculpa cuando le echéis un vistazo.

Lo que me parece verdaderamente fascinante es la memoria de ese personaje, Toni, que vino a llamar a las puertas de mi pasado. Si recordaba eso de mí, más de cuarenta años después, ¿a qué espera para escribir su biografía? Dios, nunca nadie habrá llenado una historia con tantos ni tan minuciosos detalles. Babeo sólo de pensarlo.

Yo creo que Proust tiembla de celos en su tumba.

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