3 enero, 2018

Soy

No paran de decirme que soy lo que como, lo que viajo, los followers que tengo, las series que he visto, lo que escribo, los vips que conozco, lo que gano.

Hubo un tiempo en que era tan imbécil que casi me lo creo.

En realidad es todo más sencillo y complicado a la vez.

Soy lo que amo.

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25 diciembre, 2017

Resumen del discurso navideño de S.M.El Rey 2017

Españoles,

Si la gente normal vencimos a Tejero (olé tus huevos, papá), a ETA, al terrorismo islámico y a las cuatro plagas de Egipto, tranquilos que lo del desafío catalán está chupado. Y ya para acabar, hay otros temas que me preocupan mucho, y que paso a enumerar como si me sudaran la polla: el paro, el medio ambiente, si existen los agujeros de gusano y dónde está Wally en las páginas 7,18 y 33 del libro que estoy leyendo este año.

Nada más, que se me acumula el trabajo (jajajaja, y dice Leti que no tengo sentido del humor).

Feliz Navidad, Merry Christmas, Expecto Patronum.

Vuestro amado Rey, el Watchmen campechano de la Democracia.

PD: os dejo con unas fotos familiares tan bonicas que, sin duda, os harán desistir de cualquier sueño febril republicano.

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8 diciembre, 2017

Un cuadro de Manet

Ayer vi Frantz, la película de François Ozon, donde el cuadro de Manet Le suicidé tiene un especial protagonismo. Y me acordé de un fragmento de mi novela La niña que hacía hablar a las muñecas. Ya sé que no es gran cosa, pero si me dejaran salvar cinco o seis páginas de todas las que he escrito, éstas estarían entre ellas…

 

Cada periódico olía de un modo distinto. La Croix, por ejemplo, apestaba a incienso y le hacía estornudar. Le Figaro tampoco le gustaba, porque desprendía un ligero tufo a queso rancio. La Presse no estaba mal, algo dulzona para su gusto. En cambio, su favorito, L’Écho de Paris, olía siempre a jugoso filete con pimienta. Era abrirlo, agitarlo suavemente y ponerse a salivar. Antoine adoraba la carne poco hecha.

Había un redactor en especial, Henri Village-M., que le tenía conquistado. No estaba asignado a ninguna sección en concreto. El domingo podía opinar sobre la economía mundial con grandes titulares y al día siguiente lanzarse a una apasionada crónica deportiva. Pero su estilo era inconfundible. En vez de limitarse a contar lo ocurrido, conseguía que el lector se encontrara allí, viviendo los hechos al mismo tiempo que sus protagonistas. Para conseguirlo, iba sembrando todo el texto (la noticia, el comentario, lo que fuese) de una multitud de descripciones y diálogos, de detalles tan minuciosos que uno, sin darse cuenta, llegaba al final de la lectura conteniendo el aliento, preguntándose si aquello había sucedido realmente de ese modo o si se trataba del caprichoso invento de un genio literario.

En la edición del 7 de noviembre hablaba de la muerte del poeta Jacques Rigaut. Para hacerlo, usaba una estructura sorprendente. Comenzaba remontándose al año 1877, en el instante en que el pintor Édouard Manet sufrió uno de sus más legendarios arrebatos. Se encontraba en su taller de la Rue Saint Pétersbourg charlando animadamente con su amigo Zacharie Astruc (bromeaban sobre el hecho de que este último sostuviera un libro de poemas de alto voltaje erótico en el óleo de Henri Fantin-Latour Un atelier aux Batignolles) cuando, de pronto, Manet cambió de expresión, agarró con fuerza la mano de su amigo y la mordió, haciéndole sangrar.

–¿Te has vuelto loco?

–Debo hacerlo, Zacharie. Un hombre va a morir.

Rápidamente, empapó un dedo en la sangre y trazó una línea en zigzag en el centro de un lienzo en blanco. Luego cogió un pincel y, en pocos segundos, esbozó el resto, convirtiendo ese rojo brutal en la eterna herida en el pecho de Le suicidé, una de sus obras más sobrecogedoras. Hasta aquí, la anécdota histórica. Lo realmente extraño, según el artículo, era que el cuadro era la imagen exacta de la muerte de Rigaut. Como si Manet la hubiera presenciado más de medio siglo antes.

Todo coincidía.

El cuerpo desplomado sobre la cama pero con los pies todavía apoyados en el suelo, como si la muerte solo le hubiera afectado de cintura para arriba y Rigaut se dispusiera a levantarse de un momento a otro.

Los zapatos resplandecientes, recién lustrados, tal vez intuyendo que en el más allá no sería fácil encontrar betún.

El revólver negándose a caer de la mano derecha.

El rojo beso mortal en la camisa blanca.

Las sábanas blancas, la almohada blanca, las paredes blancas.

La colcha empapada de la sangre del poeta.

Henri Village-M. añadía a continuación una serie de datos estrictamente periodísticos: Rigaut se encontraba alojado en el Gran Hotel de la ciudad de Palermo a la espera de ingresar, al día siguiente, en la clínica de desintoxicación Kreuzlingen. Se había hecho acompañar por su amiga Carla Orengo, la sensual mujer de raza negra que, según algunos rumores, rivalizaba con Rita Malú por el corazón de Picabia. Al parecer, ella dormía en la habitación contigua cuando Rigaut apretó el gatillo.

El disparo no la despertó.

No oyó el gemido de Rigaut, sorprendido porque la bala, esta vez sí, había conseguido escapar del vetusto revólver de su abuelo (no habría sido la primera vez que accionaba el percutor y no ocurría nada).

No oyó el golpe seco que hizo el arma al caer sobre la alfombra, ni los aspavientos del aspirante a suicida postrándose de rodillas en el suelo, incapaz de gritar, ahogándose en su propia sangre, arrastrándose desesperadamente en busca de ayuda. No le oyó intentar abrir la puerta que comunicaba las dos habitaciones, ni sollozar para sus adentros como una cuerda de violoncelo tañida por un soplo de brisa cuando la encontró cerrada. No le oyó golpear la madera débilmente. Arañarla. Entonces Rigaut debió de calcular las pocas fuerzas que le quedaban y tomó la decisión de regresar a la cama. Fue su última odisea y la más costosa de su vida, más que los dos largos días que había pasado perdido en la selva de Port Actif, aullando a los cuatro vientos su obsesivo amor de juventud por Georgia O’Keeffe.

Coger de nuevo el revólver.

Ponerse en pie centímetro a centímetro.

Dejarse caer de espaldas sobre el colchón, con los brazos en cruz, al fin convertido en un cadáver.

Era anatómicamente imposible que hubiera hecho todo eso después de dispararse. La bala le había atravesado el corazón. Sin embargo, lo hizo. Había informes de la policía que lo demostraban.

¿De dónde, pues, sacó las fuerzas?, acababa preguntándose el autor del artículo. Según él, solo existía una respuesta posible: de su exorbitante ego de artista. Alguien como Rigaut no podía morirse de cualquier manera, renunciando a inspirar póstumamente a Édouard Manet.

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20 noviembre, 2017

Només per als amics

Ja veieu el cartell, la data, el lloc i l’hora.

I sí, ja sé que és un dia feiner, i que Premià queda a la fi del món, i que fa mandra, i que els llibres de contes buf, no sé, com que molen més les novel·les, no? I mil raons més per buscar-se una estupenda excusa i passar del rotllo aquest.

Però com que sou els millors amics del món sé que vindreu, malgrat tot.

Jo també us estimo. Moltes gràcies per la paciència i us prometo que en una altra vida intentaré ser futbolista , actor porno, torero pallasso o qualsevol ofici més distret.

 

 

 

 

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16 noviembre, 2017

3 en 1

M’agrada aquesta foto del cumple de la Nana.

Perquè la protagonista destaca, com així ha de ser, però els altres dos personatges de la trama també hi som presents d’una manera més o menys subtil.

És com la versió Bras-Saigner de l'”On és el Wally?”

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11 noviembre, 2017

El hombre que recordaba mi pasado

Viernes 10 de noviembre por la tarde-noche, llibreria Dòria, Mataró.

Termino de presentar “Kentucky”, la primera (y fantástica) novela de mi amigo Aniol Florensa. De pronto se me acerca alguien, un caballero del público al que llamaremos Toni para no desvelar su auténtico nombre (que es Toni Gris), se presenta con mucha educación  y me dice que aún recuerda una historieta que publiqué en una revista de los hermanos de La Salle, cuando ambos estudiábamos allí, sobre la película “Rollerball”.

Me quedo alucinado. Nada más llegar a casa la busco (soy capricornio, nunca tiro nada). La revista se llamaba “Vida y deporte” y en ella yo hacía mis primeros pinitos como desastroso dibujante y peor crítico cinematógrafico. Lo he calculado: tenía 13 años. Esa es mi disculpa cuando le echéis un vistazo.

Lo que me parece verdaderamente fascinante es la memoria de ese personaje, Toni, que vino a llamar a las puertas de mi pasado. Si recordaba eso de mí, más de cuarenta años después, ¿a qué espera para escribir su biografía? Dios, nunca nadie habrá llenado una historia con tantos ni tan minuciosos detalles. Babeo sólo de pensarlo.

Yo creo que Proust tiembla de celos en su tumba.

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5 noviembre, 2017

Primer amor

El de la foto soy yo con siete años.

La de la izquierda es mi madre, demasiado alta para el encuadre, y la de la derecha una niña de la Masia de Orrius donde fuimos a pasar las vacaciones del verano del 69. No recuerdo su nombre, sólo que me enamoré locamente de ella nada más verla, pero como yo antes de llevar gafas era muy tímido (y después también) jamás se lo confesé. En vez de eso pensé: lánzale sutilmente un mensaje inequívoco.

Y así lo hice: decidí posar en todas las fotos con la mano en el corazón, pensando que ella acabaría captando mis sentimientos, tomaría la iniciativa, nos casaríamos y seríamos felices.

Por eso salgo en una docena de fotos (que en la época analógica son un montón) en esta extraña postura napoleónica y con esta sonrisa idiota de chaval que intenta esconder que se desangra por dentro.

Luego, un día, mis padres hicieron las maletas, nos dijimos adiós y ahí terminó el cuento.

Borges lo llamó El jardín de los senderos que se bifurcan. Yo lo llamo vida.

 

 

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31 octubre, 2017

Gràcies

David Castillo, al Punt/AVUI, escull “Lífting” entre els llibres del mes;  i cita Borges, Calders, Cortázar i Monzó per referir-se als meus modestos, petits, petitíssims contes. Encara estic vermell. Més que una carbassa, aquesta nit semblaré un tomàquet de Halloween.

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23 octubre, 2017

Una alegria

De vegades (poques) les xarxes socials serveixen per donar-te una alegria. He rebut aquest missatge:

Hola, Pep. No sé pas si recordaràs els alumnes de la primera promo de comunicació audiovisual a l’Autònoma. Jo era una d’elles. Recordo aquella roda de premsa en què tu interpretaves en Michael Douglas acabat de sortir d’una clínica de rehabilitació per addicció al sexe. I nosaltres havíem de fer preguntes i escriure la crònica. Devíem fer tots cara de perduts in translation… Sé que sona a pilota però ho he de dir: Tinc molt bon record de les teves classes. Crec que teníem la certesa que no sabíem res però que podíem aprendre-ho tot. Jo he seguit escrivint, intentant fer-ne una professió… i costa però no defallim. He pensat que seria genial si volguessis acceptar-me en la teva xarxa del LinkedIn i així estar en contacte. Una abraçada.

Només vaig ser profe de redacció periodística durant un curs, a començaments dels 90; però de tant en tant encara em retrobo amb algun d’aquells 120 alumnes que se’n recorden de les bogeries que vaig fer. Perquè per aquelles èpoques pensava que avorrir  amb un etern blablabla és el primer pas per aconseguir que els alumnes no aprenguin res. I ho continuo pensant.

Moltes gràcies, Gemma, per recordar-m’ho.

(A la foto, Michael Douglas per aquelles èpoques)

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