8 diciembre, 2017

Un cuadro de Manet

Ayer vi Frantz, la película de François Ozon, donde el cuadro de Manet Le suicidé tiene un especial protagonismo. Y me acordé de un fragmento de mi novela La niña que hacía hablar a las muñecas. Ya sé que no es gran cosa, pero si me dejaran salvar cinco o seis páginas de todas las que he escrito, éstas estarían entre ellas…

 

Cada periódico olía de un modo distinto. La Croix, por ejemplo, apestaba a incienso y le hacía estornudar. Le Figaro tampoco le gustaba, porque desprendía un ligero tufo a queso rancio. La Presse no estaba mal, algo dulzona para su gusto. En cambio, su favorito, L’Écho de Paris, olía siempre a jugoso filete con pimienta. Era abrirlo, agitarlo suavemente y ponerse a salivar. Antoine adoraba la carne poco hecha.

Había un redactor en especial, Henri Village-M., que le tenía conquistado. No estaba asignado a ninguna sección en concreto. El domingo podía opinar sobre la economía mundial con grandes titulares y al día siguiente lanzarse a una apasionada crónica deportiva. Pero su estilo era inconfundible. En vez de limitarse a contar lo ocurrido, conseguía que el lector se encontrara allí, viviendo los hechos al mismo tiempo que sus protagonistas. Para conseguirlo, iba sembrando todo el texto (la noticia, el comentario, lo que fuese) de una multitud de descripciones y diálogos, de detalles tan minuciosos que uno, sin darse cuenta, llegaba al final de la lectura conteniendo el aliento, preguntándose si aquello había sucedido realmente de ese modo o si se trataba del caprichoso invento de un genio literario.

En la edición del 7 de noviembre hablaba de la muerte del poeta Jacques Rigaut. Para hacerlo, usaba una estructura sorprendente. Comenzaba remontándose al año 1877, en el instante en que el pintor Édouard Manet sufrió uno de sus más legendarios arrebatos. Se encontraba en su taller de la Rue Saint Pétersbourg charlando animadamente con su amigo Zacharie Astruc (bromeaban sobre el hecho de que este último sostuviera un libro de poemas de alto voltaje erótico en el óleo de Henri Fantin-Latour Un atelier aux Batignolles) cuando, de pronto, Manet cambió de expresión, agarró con fuerza la mano de su amigo y la mordió, haciéndole sangrar.

–¿Te has vuelto loco?

–Debo hacerlo, Zacharie. Un hombre va a morir.

Rápidamente, empapó un dedo en la sangre y trazó una línea en zigzag en el centro de un lienzo en blanco. Luego cogió un pincel y, en pocos segundos, esbozó el resto, convirtiendo ese rojo brutal en la eterna herida en el pecho de Le suicidé, una de sus obras más sobrecogedoras. Hasta aquí, la anécdota histórica. Lo realmente extraño, según el artículo, era que el cuadro era la imagen exacta de la muerte de Rigaut. Como si Manet la hubiera presenciado más de medio siglo antes.

Todo coincidía.

El cuerpo desplomado sobre la cama pero con los pies todavía apoyados en el suelo, como si la muerte solo le hubiera afectado de cintura para arriba y Rigaut se dispusiera a levantarse de un momento a otro.

Los zapatos resplandecientes, recién lustrados, tal vez intuyendo que en el más allá no sería fácil encontrar betún.

El revólver negándose a caer de la mano derecha.

El rojo beso mortal en la camisa blanca.

Las sábanas blancas, la almohada blanca, las paredes blancas.

La colcha empapada de la sangre del poeta.

Henri Village-M. añadía a continuación una serie de datos estrictamente periodísticos: Rigaut se encontraba alojado en el Gran Hotel de la ciudad de Palermo a la espera de ingresar, al día siguiente, en la clínica de desintoxicación Kreuzlingen. Se había hecho acompañar por su amiga Carla Orengo, la sensual mujer de raza negra que, según algunos rumores, rivalizaba con Rita Malú por el corazón de Picabia. Al parecer, ella dormía en la habitación contigua cuando Rigaut apretó el gatillo.

El disparo no la despertó.

No oyó el gemido de Rigaut, sorprendido porque la bala, esta vez sí, había conseguido escapar del vetusto revólver de su abuelo (no habría sido la primera vez que accionaba el percutor y no ocurría nada).

No oyó el golpe seco que hizo el arma al caer sobre la alfombra, ni los aspavientos del aspirante a suicida postrándose de rodillas en el suelo, incapaz de gritar, ahogándose en su propia sangre, arrastrándose desesperadamente en busca de ayuda. No le oyó intentar abrir la puerta que comunicaba las dos habitaciones, ni sollozar para sus adentros como una cuerda de violoncelo tañida por un soplo de brisa cuando la encontró cerrada. No le oyó golpear la madera débilmente. Arañarla. Entonces Rigaut debió de calcular las pocas fuerzas que le quedaban y tomó la decisión de regresar a la cama. Fue su última odisea y la más costosa de su vida, más que los dos largos días que había pasado perdido en la selva de Port Actif, aullando a los cuatro vientos su obsesivo amor de juventud por Georgia O’Keeffe.

Coger de nuevo el revólver.

Ponerse en pie centímetro a centímetro.

Dejarse caer de espaldas sobre el colchón, con los brazos en cruz, al fin convertido en un cadáver.

Era anatómicamente imposible que hubiera hecho todo eso después de dispararse. La bala le había atravesado el corazón. Sin embargo, lo hizo. Había informes de la policía que lo demostraban.

¿De dónde, pues, sacó las fuerzas?, acababa preguntándose el autor del artículo. Según él, solo existía una respuesta posible: de su exorbitante ego de artista. Alguien como Rigaut no podía morirse de cualquier manera, renunciando a inspirar póstumamente a Édouard Manet.

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20 noviembre, 2017

Només per als amics

Ja veieu el cartell, la data, el lloc i l’hora.

I sí, ja sé que és un dia feiner, i que Premià queda a la fi del món, i que fa mandra, i que els llibres de contes buf, no sé, com que molen més les novel·les, no? I mil raons més per buscar-se una estupenda excusa i passar del rotllo aquest.

Però com que sou els millors amics del món sé que vindreu, malgrat tot.

Jo també us estimo. Moltes gràcies per la paciència i us prometo que en una altra vida intentaré ser futbolista , actor porno, torero pallasso o qualsevol ofici més distret.

 

 

 

 

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16 noviembre, 2017

3 en 1

M’agrada aquesta foto del cumple de la Nana.

Perquè la protagonista destaca, com així ha de ser, però els altres dos personatges de la trama també hi som presents d’una manera més o menys subtil.

És com la versió Bras-Saigner de l'”On és el Wally?”

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11 noviembre, 2017

El hombre que recordaba mi pasado

Viernes 10 de noviembre por la tarde-noche, llibreria Dòria, Mataró.

Termino de presentar “Kentucky”, la primera (y fantástica) novela de mi amigo Aniol Florensa. De pronto se me acerca alguien, un caballero del público al que llamaremos Toni para no desvelar su auténtico nombre (que es Toni Gris), se presenta con mucha educación  y me dice que aún recuerda una historieta que publiqué en una revista de los hermanos de La Salle, cuando ambos estudiábamos allí, sobre la película “Rollerball”.

Me quedo alucinado. Nada más llegar a casa la busco (soy capricornio, nunca tiro nada). La revista se llamaba “Vida y deporte” y en ella yo hacía mis primeros pinitos como desastroso dibujante y peor crítico cinematógrafico. Lo he calculado: tenía 13 años. Esa es mi disculpa cuando le echéis un vistazo.

Lo que me parece verdaderamente fascinante es la memoria de ese personaje, Toni, que vino a llamar a las puertas de mi pasado. Si recordaba eso de mí, más de cuarenta años después, ¿a qué espera para escribir su biografía? Dios, nunca nadie habrá llenado una historia con tantos ni tan minuciosos detalles. Babeo sólo de pensarlo.

Yo creo que Proust tiembla de celos en su tumba.

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5 noviembre, 2017

Primer amor

El de la foto soy yo con siete años.

La de la izquierda es mi madre, demasiado alta para el encuadre, y la de la derecha una niña de la Masia de Orrius donde fuimos a pasar las vacaciones del verano del 69. No recuerdo su nombre, sólo que me enamoré locamente de ella nada más verla, pero como yo antes de llevar gafas era muy tímido (y después también) jamás se lo confesé. En vez de eso pensé: lánzale sutilmente un mensaje inequívoco.

Y así lo hice: decidí posar en todas las fotos con la mano en el corazón, pensando que ella acabaría captando mis sentimientos, tomaría la iniciativa, nos casaríamos y seríamos felices.

Por eso salgo en una docena de fotos (que en la época analógica son un montón) en esta extraña postura napoleónica y con esta sonrisa idiota de chaval que intenta esconder que se desangra por dentro.

Luego, un día, mis padres hicieron las maletas, nos dijimos adiós y ahí terminó el cuento.

Borges lo llamó El jardín de los senderos que se bifurcan. Yo lo llamo vida.

 

 

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31 octubre, 2017

Gràcies

David Castillo, al Punt/AVUI, escull “Lífting” entre els llibres del mes;  i cita Borges, Calders, Cortázar i Monzó per referir-se als meus modestos, petits, petitíssims contes. Encara estic vermell. Més que una carbassa, aquesta nit semblaré un tomàquet de Halloween.

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23 octubre, 2017

Una alegria

De vegades (poques) les xarxes socials serveixen per donar-te una alegria. He rebut aquest missatge:

Hola, Pep. No sé pas si recordaràs els alumnes de la primera promo de comunicació audiovisual a l’Autònoma. Jo era una d’elles. Recordo aquella roda de premsa en què tu interpretaves en Michael Douglas acabat de sortir d’una clínica de rehabilitació per addicció al sexe. I nosaltres havíem de fer preguntes i escriure la crònica. Devíem fer tots cara de perduts in translation… Sé que sona a pilota però ho he de dir: Tinc molt bon record de les teves classes. Crec que teníem la certesa que no sabíem res però que podíem aprendre-ho tot. Jo he seguit escrivint, intentant fer-ne una professió… i costa però no defallim. He pensat que seria genial si volguessis acceptar-me en la teva xarxa del LinkedIn i així estar en contacte. Una abraçada.

Només vaig ser profe de redacció periodística durant un curs, a començaments dels 90; però de tant en tant encara em retrobo amb algun d’aquells 120 alumnes que se’n recorden de les bogeries que vaig fer. Perquè per aquelles èpoques pensava que avorrir  amb un etern blablabla és el primer pas per aconseguir que els alumnes no aprenguin res. I ho continuo pensant.

Moltes gràcies, Gemma, per recordar-m’ho.

(A la foto, Michael Douglas per aquelles èpoques)

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8 octubre, 2017

El destello

Hoy he ido a visitar a mi padre.

Hacía dos o tres semanas que no lo hacía, porque últimamente salgo muy tocado y luego pasan días que no tiro. Le veo ahí, en su silla de ruedas de la planta 3 de la residencia, tan callado, cada vez más delgado, más poquita cosa, sin reconocerme. Duele.

Así que me pongo como excusa que voy desbordado de trabajo (¿y cuando no?), no voy a verle, y al acabar el día me siento peor. La eterna contradicción humana.

Hoy he hecho de tripas corazón y, como de costumbre, le he llevado algunos de los dibujos a lápiz  que hacía antes, cuando mi padre aún llenaba infatigables cuadernos de garabatos y escritos, cuando aún leía, hablaba, bromeaba, reía. Cuando todo eso, y los poquitos que le rodeábamos, daban dignidad a su existencia.

Hoy, como siempre, al ver el primer dibujo, ha habido un destello en su mirada: “¿Jo he fet això? No me’n recordo.”

No, papa, no te’n recordes.

Pero gracias por dejar que me aferre a ese destello. Quiero creer que es algo así como el big bang de tu existencia, el sol de tu galaxia, una huella digital de lo que fuiste y que sigue ahí, oculta pero indeleble en tu interior.

Y que permanecerá por mucho tiempo cuando, por fin, descanses.

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4 octubre, 2017

A S.M. el Rey

Majestad:

Ayer vi su discurso por televisión y me pareció amenazante.

Me dolió, porque usted estuvo en Catalunya no hace mucho, solidarizándose con las víctimas de los atentados de la Rambla y Cambrils, y supuse que le dolería algo, un poquito, ver el domingo por televisión a algunos de esos mismos catalanes que en agosto lloraban la tragedia, siendo  zarandeados, heridos, machacados  por los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en su actuación totalmente proporcionada.

Fíjese que no le estoy diciendo que el referéndum fuera legal o no, ni que el gobierno ni sus jueces ni fiscales tuvieran o no la potestad para mandar tropas por tierra mar y aire  a defender su (indivisible) patria. No entraré en ese terreno. Simplemente quiero hacerle una observación en la que, tal vez, no cayó antes de preparar su discurso: Majestad, Catalunya lleva muchos años saliendo a la calle y nunca ha pasado nada. Ni un brote de violencia, ni un herido, nada. En cambio, el domingo 1 de Octubre de 2017 sí pasaron desgracias. Alrededor de 900 heridos civiles y algunos (cuesta ser más preciso cuando al ministro Zoido le  bailan constantemente las cifras) por parte de los que esgrimían las porras, las pelotas de goma y los gases lacrimógenos contra gente de todas las edades, ancianas, mujeres y niños incluidos. Creo, humildemente, que como Rey debería haberse referido en primer lugar a esas víctimas colaterales: civiles y policías. Y haber dicho que, como Rey de todos los españoles, sentía un profundo pesar por su estado de salud, al tiempo que se solidarizaba con todas sus familias.

Eso le habría escrito yo si me hubiera encargado el guion. Y no, créame que no le estoy pidiendo trabajo.

Pero su mensaje fue otro desde el principio. Me pareció que sólo pretendía dirigirse al resto de España y a esa parte (legítima, por supuesto) del pueblo catalán que el domingo decidió no ir a votar. A estos últimos vino usted a decirles que entendía cómo se sentían: acongojados por lo que sucede, por cómo lleva el govern de la Generalitat el país, malditos nazis (esto último es subtexto, por el tono). Pues mire: no tengo ni idea de cómo se sienten los catalanes buenos, pero sí puedo decirle que nosotros, los otros, esos pocos millones que nos reunimos de vez en cuando ante un colegio electoral, o en la calle para pedir que nos escuchen, nos sentimos muy bien, gracias, cuando nos vemos sonreímos (aunque no nos conozcamos de nada) porque no hay odio en nuestros corazones, simplemente esperanza. Esperanza y una fuerte convicción de que en el siglo XXI no es nada monstruoso salir a la calle unidos a gritar y a cantar nuestras aspiraciones. Lo digo por si alguna vez quiere acordarse también de nosotros, como españoles que aún seguimos siendo, y alegrarse por nuestra felicidad, aunque no la comparta.

Mire: tengo una hija de dieciocho años. Se llama Alba, como la duquesa de o como la canción de Aute. Pues bien: este domingo pudo votar por primera vez. Pasó la noche en el colegio electoral y luego, por casualidad, le tocó ser la encargada de entrar una de las bolsas de basura que contenía lo que usted ya sabe, ese objeto demoníaco con una ranura por donde se introducen papeletas  y que, al parecer, nos ha convertido en una amenaza para el conjunto del estado. Vivimos en Premià de Mar (un pueblo del Maresme, que es una comarca, como la comarca de los hobbits pero con las vías de la Renfe y la N-2 separándonos de la playa), y ahí,por suerte, no pasó nada. Bueno, sí: a media tarde pasaron dos coches de la guardia civil, pero no pararon. Al terminar el día, mucha gente aplaudía a mi niña, la felicitaba por haber puesto su grano de arena a la votación. Yo soy de lágrima fácil, me contuve en directo, pero me sentí orgulloso de ella, incluso más de lo que ya me sentía hasta ahora.

Ayer, Jornada de Huelga General en Catalunya como protesta por las hostias que  recibimos el domingo, fuimos en familia a manifestarnos (y esta vez no hubo violencia, a lo mejor porque sus policías no salieron del hotel). ¿Sabe lo primero que hizo Alba nada más volver a casa? Buscó la partitura de “Els segadors” (es nuestro himno nacional, Majestad) y cuando usted terminó el discurso salió al balcón a tocarlo con el saxo. Aquí abriré un breve paréntesis: vivimos en una comunidad de 600 vecinos, con unas condiciones acústicas estupendas, y mi hija lo clavó. Fue muy bonito oír las notas de nuestro himno bajo la luz de la luna, y el coro de vecinos entonándolo (vale, a lo mejor no sonó como el de los trabajadores del Liceu, pero me puso la piel de gallina). Luego, aplaudieron a mi hija y empezó la cassolada (que es nuestra manera más violenta de pedir democracia: golpeamos una inocente cazuela con una cuchara; espero que la Constitución no considere eso kale borroka). Disculpe por la broma tonta, es humor catalán.

No le hago perder más tiempo. Podría comentarle otras cosas de su discurso, pero dejémoslo en que no me pareció el mensaje de un Jefe de Estado al que la Ley obliga, en teoría, a ser equidistante para todos. Parecía más bien el mensaje de un portavoz furibundo del PP. No se ofenda. No, no creo que eso le ofenda. También creo que colocar una bandera española y un trocito de la europea a su izquierda, así, como diciendo entre líneas que España va unida a Europa y Catalunya no, dice mucho intelectualmente sobre su director de atrezzo. Invítele a un chupito de mi parte cuando lo vea.

Y nada más. Le pido, por favor, que levante el dedo del botón rojo del 155 en nombre de la sensatez humana, porque fue un arrebato de insensatez castrense y no la cordura lo que condujo al golpe de Estado de Franco del 36. Y usted es demasiado joven y campechano para compararse con según quién. Se lo pido en nombre de mi hija, de mi mujer y de mi madre, María Cuenca Matallana, que era de Cehegín pero se sentía catalana hasta las patas de las gafas: murió el 2 de enero de este mismo año, perdiéndose tristemente algunos momentos históricos con los que estoy seguro que se habría emocionado. De pequeño me dijo una vez: “Que ningú t’obligui mai a fer el que tu no vulguis” (“Que nadie te obligue nunca a hacer lo que tú no quieras”, nota del traductor). Desde entonces he intentado aplicarlo siempre, y por ahora no me quejo: me siento bien por dentro, porque la libertad es como tomar Activia cada mañana pero gratis.

¿Se siente usted así, Majestad? Porque ayer no me dio esa impresión.Y lo siento. Póngale remedio. Aún está a tiempo.

Atentamente,

un catalán.

 

 

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2 octubre, 2017

El final de la retórica

Cuando yo tenía 13 años ya salía a manifestarme el 11 de septiembre a favor de la independencia. Y entonces no conocía ni a Artur Mas ni a Puigdemont. Nadie me ha lavado el cerebro. Ni a mí ni a los 3 millones de catalanes que ayer salieron a votar con una sonrisa en los labios. De esos, la mayoría (los que votaron SÍ) cada vez siente menos lazos de unión con un Estado rancio que sigue encumbrando en el poder a un partido anacrónico, corrupto y de ADN predemocrático (es decir, franquista) que no tolera que se rompa la sagrada unidad de España, recogida, como todos sabemos, en el Antiguo Testamento.

Al menos en Catalunya el PP está en la cola parlamentaria, sólo por eso ya somos diferentes (a lo mejor es eso lo que les genera tanto odio ).

Los catalanes no somos ni peores ni mejores que nadie, pero igual que cualquier ser humano no merecemos ser tratados a porrazos por querer expresarnos. Eso es de otras épocas.

Y ojo: no se trata de ir de cabeza a una guerra civil, son Rajoy y su atajo de lumbreras los que van a intentar implantar esa idea (no caigamos en la trampa, por favor, los tanques los tienen ellos, nosotros sólo esgrimimos esperanza): vivimos una partida de ajedrez entre un clamor mayoritario en Catalunya por la libertad de expresión y un Estado que hace lo que hace (machacar a gente desarmada) porque, entre otras cosas, sabe que con cada hostia de un policía a un catalán va a recaudar un voto más de los ultras en la sombra que alimentan su poder. David contra Goliat.

Yo, por mi parte, seguiré teniendo muchos amigos, aquí y en Madrid, que piensan o no piensan como yo. Y si defiendo mis ideas, entre otra cosas, es por mi madre, que era de Cehegín (Murcia) pero siempre respetó mi forma de pensar, porque mi madre creía con el corazón que nadie puede mantener amordazado a nadie. Eso es de maltratador. En resumen: a los que no piensan igual que yo nunca intentaré convencerlos por la fuerza, ni siquiera usando la excusa de unas leyes caducas y de un puñado de jueces que estén a mi servicio. Es triste, sí, pero creo que en estos momentos pedir diálogo es pedir que crezcan cipreses en la Antártida. O se implanta un nuevo cerebro democrático al hipotético interlocutor por parte de España o todo lo demás es retórica para justificar lo que nos hicieron ayer a la mayoría del pueblo catalán. Para justificar lo injustificable.

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