Lloro

La marca IMC TOYS, que no me patrocina, tiene en su catálogo una serie, los Bebés llorones, que sueltan lágrimas cuando les quitas el chupete. Pues bien: desde hace un tiempo me he convertido en una versión king size de esos patéticos muñecos. 

Lloro con todo. 

No solo cada vez que veo “Coco” o “Qué bello es vivir” (hay películas en las que uno debe llorar obligatoriamente a no ser que sea un psicópata).  

Lloro de risa. 

De emoción. 

De tristeza.

A veces lloro hasta de envidia, cuando nunca he sido envidioso.

Lloro a la mínima y continuamente.

Pongo una de Sabina y canta el estribillo:

“¿Qué estoy haciendo aquí? ¿De quién es esta vida?”

Y lloro.

Lloro con una frase de John Irving o de Auster que me parece perfecta, si contemplo un travelling majestuoso de Scorsese, lloro porque el Providence de Alan Moore consigue hacerme recordar a ratos el síndrome de Stendhal que me provocó la primera lectura de Watchmen, lloro si tropiezo por casualidad con una foto de mis padres.

Y con cada lágrima que suelto se me van más y más las fuerzas para volver a escribir nada que no sean los guiones que pagan la hipoteca. Nada, qué va. Ni un cuento. Ni mucho menos el capítulo de una novela. Ni siquiera un post. 

Este lo escribo para darle las gracias a un amigo. Ayer me recordó que aún queda gente en la que se puede confiar, gente que viene cuando se lo pides y te echa un cable a cambio de nada. Bueno, sí, a cambio de un Sofregit de pèsols del Maresme salteados con calamarcitos y gambas y regados con Rioja. Qué menos.

Total, que entre pitos y flautas ayer no me acordé de llorar.

A ver si me estaré volviendo insensible. 

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Soy

No paran de decirme que soy lo que como, lo que viajo, los followers que tengo, las series que he visto, lo que escribo, los vips que conozco, lo que gano.

Hubo un tiempo en que era tan imbécil que casi me lo creo.

En realidad es todo más sencillo y complicado a la vez.

Soy lo que amo.

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Y yo sin saberlo

Voy por la calle pensando en mis cosas y, de pronto, un cincuentón (barbudo, gafas de sol, barriga cervecera, no lo he visto en mi vida) se me planta delante y me dice:

-Tú eres Bras, ¿verdad? El de Exemplar gratuït. Tío, tú inventaste el Twitter. 

Tardo unos segundos en comprender que habla en serio. Le digo que si hubiera inventado el Twitter no tendría que conducir un coche que tiene 18 años ni llevar las mismas gafas que en 2009, porque a mí, por naturaleza, me encanta cambiar de gafas compulsivamente. Él se ríe con una risa de hiena de dibujos animados.

-Ya sabes por qué lo digo, hombre. Por los microcuentos. Es lo más genial que has escrito.

Y se va. El cabrón me suelta la bomba de Hiroshima, zasca, y me deja tirado como un perro calvo en la Gran Via de Premià.

Qué triste, amigos. Exemplar gratuït se publicó en febrero de 1987 (un mes antes que El vaixell de les vagines voraginoses). Si mi anónimo lector tiene razón y, sin saberlo, inventé Twitter antes que la telefonía móvil (cosa que no tengo por qué poner en duda: todos mis lectores son muy inteligentes, a la par que atractivos), en estos momentos yo estaría pilotando mi propio jet por el Caribe, viendo a Beyoncé y a Charlize Theron luchando en una piscina de barro o lo que sea que hagan habitualmente en sus ratos de ocio los inventores de redes sociales. Y, en vez de eso, aquí estoy, una tarde del sábado, tecleando chorradas en un blog mientras hago tiempo antes de reírme con los silbidos de la Copa del Rey (espero que no me multen por decir eso, o me tocará estar otro año con las mismas gafas).

La próxima vez que se me ocurra algo genial procuraré tener más visión de futuro.

 

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El post más aburrido del mundo

Buenas.

Cumpliendo órdenes de P., mi anónimo camello informático, procedo a informar A TODOS MIS AMADOS SUSCRIPTORES (menos a uno que me cae como el culo) que, de manera inminente (o sea, ya), la NUEVA dirección de “Diario de un calvo” es la siguiente:

http://www.pepbras.com/_blog

Una vez dentro, deberás escoger entre dos opciones de suscripción:

  1. 1)Vía lector de RSS
  2. 2)Vía mail. Al parecer, esta es la más cómoda, porque te notifica por correo electrónico la aparición de cada nuevo post.

Y hasta aquí mi apasionante papel de muñeco de ventrílocuo (porque, en realidad, quien ha escrito este post es P., el anónimo informático).

Y nada más.

Prometo ser más divertido en mi nueva casa (donde, por cierto, se admiten comentarios, incluso moderadamente soeces)

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Aviso para suscriptores

Hoy es un día histórico. ¿Por la liga del Barça? ¡No! ¿Por el triunfo de Fernando Alonso? ¡Tonterías!

Gracias a la desinteresada ayuda de un amigo que insiste en permanecer anónimo, y al que llamaremos 3,1416 (PI), esta tarde procederemos a cambiar de imagen esta vieja web que, a lo tonto, ha permanecido inalterable tres años y pico. Una eternidad.

Lo digo porque, entre otras cosas a cual más sugerente (y que tendréis que ir descubriendo porque no pienso enrollarme ahora), la operación lleva implícito un cambio de RSS, con lo que, a partir de mañana, mis miles de millones de suscriptores a este post se verán en en el engorroso trance de tener que cambiarlo si desean seguir disfrutando gratis de tan hilarantes momentos de lectura.

En fin.

Gracias a todos y todas por su infinita paciencia y, más en particular, al generoso 3,1416 por las horas invertidas. No me lo merezco. Bueno, un poco, pero sin exagerar.

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Los cereales de Nana

Querer mucho a alguien no significa quererlo todo el tiempo. Es lógico. No todo el mundo (ni siquiera Cristiano Ronaldo, por citar a alguien convencido de su perfección) hace todo el tiempo cosas dignas de ser amadas. Pensemos en la hora del desayuno. En mi caso es un momento crítico. Estos últimos días, muy especialmente. Porque sí, porque me encuentro en el asalto final a la cumbre de una nueva novela  y,  consecuentemente, estoy más sensible, más suspicaz, más ajeno al mundo real, más borde que nunca. Y, como resulta que en nuestro reparto de tareas matutinas, hace tiempo que a mí me tocó preparar el desayuno, me pone los nervios de punta que a mi mujer  le apetezcan los cereales machacados. Puede parecer una tontería sin importancia, pero cuando hace cuatro horas que te has levantado para crear esa acojonante obra maestra de la que todos los críticos hablarán en un futuro inminente y que será un best-seller mundial, desde la +Bernat al Carrefour de Nueva Delhi, tener que pasarte dos minutos agarrando una puta mano de mortero, convirtiendo en puré unos absurdos copos de avena integrales, pues eso, te parece una tocada de huevos. Te sale la mala leche y piensas: Joder, seguro que a Picasso no le obligaban a hacer estas chorradas después de pintar Les demoiselles d’Avignon.  Continuar leyendo «Los cereales de Nana»

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