Premoniciones de sobremesa

Desde hace cinco años estoy enganchado a unos calendarios-agenda de sobremesa franceses. Se llaman France d’autre fois y su gracia consiste en que cada semana viene ilustrada con una foto en blanco y negro de épocas pasadas; pero que, más o menos, coincide con lo que suele ocurrir esa semana.

Por ejemplo, en la primera semana de agosto puedes encontrarte a unos bañistas de principios de siglo; o en la última de diciembre a un grupo de gente vestida a los locos años 20 celebrando el fin de año.

Lo que más me fascina de estos calendarios, sin embargo, es su poder premonitorio. Mirad la foto que escogieron hace más de un año para ilustrar lo que sucedería la semana del 14 al 20 de octubre de 2019.

Casi te imaginas a los bomberos apagando los contenedores.

Y luego dirán que la sentencia no estaba escrita de antemano.

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El hombre que recordaba mi pasado

Viernes 10 de noviembre por la tarde-noche, llibreria Dòria, Mataró.

Termino de presentar «Kentucky», la primera (y fantástica) novela de mi amigo Aniol Florensa. De pronto se me acerca alguien, un caballero del público al que llamaremos Toni para no desvelar su auténtico nombre (que es Toni Gris), se presenta con mucha educación  y me dice que aún recuerda una historieta que publiqué en una revista de los hermanos de La Salle, cuando ambos estudiábamos allí, sobre la película «Rollerball».

Me quedo alucinado. Nada más llegar a casa la busco (soy capricornio, nunca tiro nada). La revista se llamaba «Vida y deporte» y en ella yo hacía mis primeros pinitos como desastroso dibujante y peor crítico cinematógrafico. Lo he calculado: tenía 13 años. Esa es mi disculpa cuando le echéis un vistazo.

Lo que me parece verdaderamente fascinante es la memoria de ese personaje, Toni, que vino a llamar a las puertas de mi pasado. Si recordaba eso de mí, más de cuarenta años después, ¿a qué espera para escribir su biografía? Dios, nunca nadie habrá llenado una historia con tantos ni tan minuciosos detalles. Babeo sólo de pensarlo.

Yo creo que Proust tiembla de celos en su tumba.

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Primer amor

El de la foto soy yo con siete años.

La de la izquierda es mi madre, demasiado alta para el encuadre, y la de la derecha una niña de la Masia de Orrius donde fuimos a pasar las vacaciones del verano del 69. No recuerdo su nombre, sólo que me enamoré locamente de ella nada más verla, pero como yo antes de llevar gafas era muy tímido (y después también) jamás se lo confesé. En vez de eso pensé: lánzale sutilmente un mensaje inequívoco.

Y así lo hice: decidí posar en todas las fotos con la mano en el corazón, pensando que ella acabaría captando mis sentimientos, tomaría la iniciativa, nos casaríamos y seríamos felices.

Por eso salgo en una docena de fotos (que en la época analógica son un montón) en esta extraña postura napoleónica y con esta sonrisa idiota de chaval que intenta esconder que se desangra por dentro.

Luego, un día, mis padres hicieron las maletas, nos dijimos adiós y ahí terminó el cuento.

Borges lo llamó El jardín de los senderos que se bifurcan. Yo lo llamo vida.

 

 

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Observado

Empiezo un curso sobre guión de series pidiendo a mis alumnos que expliquen por qué se han apuntado. Y uno va y salta: «Soy tu vecino de enfrente. Y me llama la atención verte todo el día escribiendo. Por eso he venido.»

Glups.

Iba a dejarlo aquí, pero va,  ampliaré un poquito el comentario…

Que tenía vecinos enfrente no me pilla por sorpresa (es lo que tiene vivir en un piso del Maresme y no en los Monegros). Pero tengo la mesa de espaldas al balcón, y desde pequeño me pone muy nervioso que alguien me mire por encima del hombro mientras trabajo.

Y lo peor es que a partir de hoy tendré que vestirme para estar por casa.

Eso me pasa por preguntar.

 

 

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15 anys després

Dijous, Rac1 va celebrar el dia mundial de la ràdio posant-la de cap per avall, canviant d’horari els locutors de la casa i convidant «forasters» com Jordi Évole, Josep Cuní, Xavier Sardà… i l’Andreu.

I l’Andreu no va voler fer-ho sol, sinó recuperant el que va ser una mica l’origen de tot el que va venir després: aquell El Terrat de Ràdio Barcelona amb tots els seus veïns: la Padrina, el iaio Pericu, Palomino, el Pixador, Ignasi Sanahuja…

I va ser una bona excusa per retrobar-nos uns vells amics: Fermí Fernandes, Oriol Grau, l’Andreu, Ramon Juncosa. Com sempre, vaig sentir-me un privilegiat de poder assistir a la bogeria dels veïns del Terrat des de primera fila (aquest cop, acompanyat per La Niña d’Shrek).

En un moment del programa, l’Andreu em va dir: «Tu, al començament, deies que no volies tenir fills!» I és veritat. També deia que el dia que deixés de fumar (i fumava entre tres i sis paquests al dia) deixaria d’escriure. Suposo que totes dues coses, el no a deixar el tabac i el no a tenir descendència, anaven relacionades d’alguna manera: eren excuses per continuar aferrant-me a la post-adolescència  i no agafar el toro de la vida per les banyes.

Per sort, vaig canviar a temps: vaig deixar de fumar i vaig continuar escrivint (de fet, més que abans). I vaig decidir-me a ser pare i, després de set anys de parèntesi jugant com un boig amb l’Alba, vaig parir els dos llibres dels quals estic més satisfet: «La vida en siete minutos» i «La niña que hacía hablar a las muñecas».

Paul Valéry va dir que «Tout commence par une intérruption». Que és com dir que, per continuar endavant, de tant en tant el millor és aturar-se. És l’única manera d’agafar perspectiva per poder canviar.

Els amics de la ràdio ens vam aturar 15 anys. I l’altre dia, a la planta 15 de la Diagonal, semblava que haguessin estat 15 dies.

Va valer la pena la interruption momés per tornar a prémer el play i veure que milers d’oients ens enviaven missatges d’emoció. Hi ha personatges que formen part d’una generació.

Moltes gràcies a RAC 1 per aquest moment.

http://www.rac1.org/a-la-carta/

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El plan

No es habitual que un domingo a primera hora dedique un valioso tiempo de mi vida a pensar que si 66 personas decidieran sumarse de pronto a mis actuales amistades de Facebook tendría 999, que vistas al revés serían  666, el número de la bestia, y que eso (teniendo en cuenta que siempre he creído en el poder mágico de los números) podría acabar provocando que mi vida social (en el sentido virtual de la expresión) fuera un infierno. No es habitual, repito, pero el caso es que ni siquiera he desayunado aún y aquí estoy, trazando un desesperado plan de supervivencia: a partir de hoy solo colgaré pensamientos absurdos en la red para evitar que se me añadan más amigos.

Y vosotros diréis: este tío podría estar haciendo cosas más interesantes. Pues a lo mejor. Pero lo primero es lo primero.

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Mi cuento de navidad

Hace algunos años, cuando Alba todavía era pequeña, vimos en familia la película «Polar Express». Hay una escena en la que los protagonistas descubren que Papá Noel tiene cámaras en las habitaciones de todos los niños del mundo (si no recuerdo mal, para comprobar que están dormidos antes de ir a dejarles los regalos). De repente, Alba se levantó  y señaló una esquina de la pantalla con el corazón saliéndole por la garganta:

-¡Papá, mamá! ¡Estoy ahí!

Y era verdad: ahí estaba. En uno de los centenares de monitores de la sede de operaciones de Papá Noel, ahí estaba nuestra niña, Alba, durmiendo con una sonrisa en los labios.

No hablamos de otro tema durante semanas.

Luego, como la mayoría de cosas en esta vida, pasó el tiempo y nos olvidamos. Hasta ayer, cuando Alba, zas, se acordó. Buscamos rápidamente la película, localizamos la imagen y mi hija, en un  emotivo ataque de nostalgia, le hizo una foto. La Alba de la peli es la de la izquierda. La de la derecha es la otra Alba, la de verdad, a la edad en que hizo el descubrimiento. Evidentemente, se trata de la misma persona.

La moraleja de esta historia es que Papá Noel existe y tiene una cámara escondida en la habitación de mi niña. Un día de estos tengo que llamar a los Mossos. Maldito gordo pedófilo. Se va a enterar.

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