El plan

No es habitual que un domingo a primera hora dedique un valioso tiempo de mi vida a pensar que si 66 personas decidieran sumarse de pronto a mis actuales amistades de Facebook tendría 999, que vistas al revés serían  666, el número de la bestia, y que eso (teniendo en cuenta que siempre he creído en el poder mágico de los números) podría acabar provocando que mi vida social (en el sentido virtual de la expresión) fuera un infierno. No es habitual, repito, pero el caso es que ni siquiera he desayunado aún y aquí estoy, trazando un desesperado plan de supervivencia: a partir de hoy solo colgaré pensamientos absurdos en la red para evitar que se me añadan más amigos.

Y vosotros diréis: este tío podría estar haciendo cosas más interesantes. Pues a lo mejor. Pero lo primero es lo primero.

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Mi cuento de navidad

Hace algunos años, cuando Alba todavía era pequeña, vimos en familia la película «Polar Express». Hay una escena en la que los protagonistas descubren que Papá Noel tiene cámaras en las habitaciones de todos los niños del mundo (si no recuerdo mal, para comprobar que están dormidos antes de ir a dejarles los regalos). De repente, Alba se levantó  y señaló una esquina de la pantalla con el corazón saliéndole por la garganta:

-¡Papá, mamá! ¡Estoy ahí!

Y era verdad: ahí estaba. En uno de los centenares de monitores de la sede de operaciones de Papá Noel, ahí estaba nuestra niña, Alba, durmiendo con una sonrisa en los labios.

No hablamos de otro tema durante semanas.

Luego, como la mayoría de cosas en esta vida, pasó el tiempo y nos olvidamos. Hasta ayer, cuando Alba, zas, se acordó. Buscamos rápidamente la película, localizamos la imagen y mi hija, en un  emotivo ataque de nostalgia, le hizo una foto. La Alba de la peli es la de la izquierda. La de la derecha es la otra Alba, la de verdad, a la edad en que hizo el descubrimiento. Evidentemente, se trata de la misma persona.

La moraleja de esta historia es que Papá Noel existe y tiene una cámara escondida en la habitación de mi niña. Un día de estos tengo que llamar a los Mossos. Maldito gordo pedófilo. Se va a enterar.

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Watch attacks!

No soy supersticioso, pero tengo la absoluta certeza de que tengo un reloj de pulsera maldito. Siempre que me lo pongo empiezan a pasarme pequeñas desgracias. Pero como no creo en estas cosas, no escarmiento y vuelvo a  ponérmelo de vez en cuando. Ayer, por ejemplo. Se rompió la correa de mi otro reloj (el bueno) y pensé: qué pereza acercarme al relojero. Así que corrí a ponerme el reloj de pulsera maldito. Aquí van cuatro cosas que me han pasado las últimas 24 horas:

1.-Un trabajo cojonudo que el viernes parecía asegurado (y hasta junio), de repente está en fase de negociación.

2.-Siete alumnos apuntados a un curso que tenía que dar el miércoles decidieron borrarse de golpe ayer por la tarde. Curso anulado.

3.-Cuando me dirigía a coger el bus para ir a l’Escola d’Escriptura (bus que, por cierto, llegó tarde por primera vez en dos años), una especie de abeja de color negro, de medio palmo de largo (sonaba como una Harley), estuvo persiguiéndome durante tanto tiempo que terminé agotado. Venía a por mí, así de claro. Al final, opté por una solución desesperada: me quité el reloj de la muñeca y el bicho se esfumó. Lo sé: suena a cuento, pero pasó así.

4.-A última hora de la noche recibí un mensaje: anulada una cena que me hacía mucha ilusión y que estaba confirmada desde hacía quince días.

Esta mañana he ido al relojero para ponerle una correa nueva al otro reloj (el bueno). No le quedaban de esa medida. Hasta mañana.

La maldición continúa.

 

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La muerte anunciada

Cuando tenía catorce o quince años (iba al Instituto) soñé que un desconocido me apuñalaba en el estómago. Nunca olvidaré su cara. Sus ojos diminutos y malignos, su sonrisa mientras se acercaba parsimoniosamente con el cuchillo en la mano izquierda (era zurdo, recuerdo que ese detalle, absurdamente, me distrajo un instante durante el sueño). Su aliento a tabaco y a alcohol mientras me hería de muerte. Ha pasado mucho tiempo, pero sigo recordando hasta el más mínimo detalle de mi muerte soñada. Todo sucedía en mi antiguo colegio de EGB, La Salle de Premià. Yo me encontraba en la segunda planta (por ningún motivo concreto: los sueños son así) cuando una voz de mujer muy asustada gritaba por megafonía que nadie saliera de las aulas. Y comenzaba a rezar en latín. El latín siempre acojona.

Entonces aparecía ese hombre. No decía nada. Subía muy despacio las escaleras, venía hacia mí, sonriendo de oreja a oreja, y me hundía la hoja hasta la empuñadura.

Yo caía al suelo de rodillas y empezaba a desangrarme, pero un segundo antes de volverse todo negro veía un reloj de agujas que señalaban las ocho y quince. Y, justo al lado, un calendario de pared: 20 de Junio de 2015.

Lo recuerdo porque, por aquellas épocas, me encantaba jugar con los números igual que con las palabras, y lo primero que pensé al despertar fue que las tres cifras, en realidad, eran la misma, porque las ocho y quince también podían ser las 20:15. Y que 20 de junio también podría ser 20/6 (y por tanto, rizando el rizo, 20:1+5). Es decir: tres veces 2015.

Hoy me levanto, miro el calendario, y veo que el sábado fue día 20. De Junio. De 2015. Y que sigo vivo (moderadamente, porque soy autónomo).

Menos mal que no creo en los sueños premonitorios. Me he ahorrado cerca de cuarenta años de ansiedad inútil.

 

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Y yo sin saberlo

Voy por la calle pensando en mis cosas y, de pronto, un cincuentón (barbudo, gafas de sol, barriga cervecera, no lo he visto en mi vida) se me planta delante y me dice:

-Tú eres Bras, ¿verdad? El de Exemplar gratuït. Tío, tú inventaste el Twitter. 

Tardo unos segundos en comprender que habla en serio. Le digo que si hubiera inventado el Twitter no tendría que conducir un coche que tiene 18 años ni llevar las mismas gafas que en 2009, porque a mí, por naturaleza, me encanta cambiar de gafas compulsivamente. Él se ríe con una risa de hiena de dibujos animados.

-Ya sabes por qué lo digo, hombre. Por los microcuentos. Es lo más genial que has escrito.

Y se va. El cabrón me suelta la bomba de Hiroshima, zasca, y me deja tirado como un perro calvo en la Gran Via de Premià.

Qué triste, amigos. Exemplar gratuït se publicó en febrero de 1987 (un mes antes que El vaixell de les vagines voraginoses). Si mi anónimo lector tiene razón y, sin saberlo, inventé Twitter antes que la telefonía móvil (cosa que no tengo por qué poner en duda: todos mis lectores son muy inteligentes, a la par que atractivos), en estos momentos yo estaría pilotando mi propio jet por el Caribe, viendo a Beyoncé y a Charlize Theron luchando en una piscina de barro o lo que sea que hagan habitualmente en sus ratos de ocio los inventores de redes sociales. Y, en vez de eso, aquí estoy, una tarde del sábado, tecleando chorradas en un blog mientras hago tiempo antes de reírme con los silbidos de la Copa del Rey (espero que no me multen por decir eso, o me tocará estar otro año con las mismas gafas).

La próxima vez que se me ocurra algo genial procuraré tener más visión de futuro.

 

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Una vida con Tom

Iba al instituto cuando descubrí a Tom Waits. Fue con su LP Small Change, lleno de maravillas como Tom Traubert’s blues, The piano has been drinking o Invitation to the blues. 

Así que hace cierto tiempo que me acompaña. Y nunca me ha decepcionado. Al revés: creo que una de las cosas que más me gustan de él es su capacidad para quebrarme la cintura y no hacer nunca el disco que espero.

Hacía tiempo que quería dedicarle un blog. Este directo me lo ha puesto a huevo. En el programa de David Letterman. Con George Clooney de público. Una balada que podría haber cantado en sus orígenes. Hay gente que  posee el secreto de la eterna juventud.

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