Una vida con Tom

Iba al instituto cuando descubrí a Tom Waits. Fue con su LP Small Change, lleno de maravillas como Tom Traubert’s blues, The piano has been drinking o Invitation to the blues. 

Así que hace cierto tiempo que me acompaña. Y nunca me ha decepcionado. Al revés: creo que una de las cosas que más me gustan de él es su capacidad para quebrarme la cintura y no hacer nunca el disco que espero.

Hacía tiempo que quería dedicarle un blog. Este directo me lo ha puesto a huevo. En el programa de David Letterman. Con George Clooney de público. Una balada que podría haber cantado en sus orígenes. Hay gente que  posee el secreto de la eterna juventud.

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¿Subimos o bajamos?

La humanidad ha tardado siglos de historia en plantearse preguntas cruciales como la que ha triunfado esta semana: ¿el gato sube o baja?

Desde todos los confines han aparecido seres dispuestos a desentrañar la respuesta, tal vez los mismos pioneros que, en su día, trataron de averiguar si aquel famoso vestido era blanco y dorado o, por el contrario, azul y negro. Respiro tranquilo porque sé que, a este paso, mi hija va a vivir en un mundo decidido a solucionar sus problemas más cruciales, cueste lo que cueste.

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Bien, gracias

Cuando escribo (cuando escribo DE VERDAD) soy un adicto, un maníaco peligroso. El Leatherface  de Premià. La mayoría de días suena el despertador a las cuatro de la madrugada y llevo ya tiempo dando vueltas a la escena que me toca afrontar. Odio todo lo que me roba tiempo para escribir. La hipoteca y sus malvados secuaces: los trabajos. Los desplazamientos absurdos. Las reuniones. Que el cartero llame a la puerta. Que llamen al teléfono. Odio tener que comer y cenar, entendidos como mal menor para no desmayarme sobre el teclado. A veces estoy viendo una buena peli, una serie a la que estoy enganchado, leo un libro que me apasiona, y, de pronto, abandono sigilosamente mi cuerpo y regreso a finales del siglo XIX, la época de mi novela, la única que me interesa de verdad. Creo que si Charlize Theron (por poner un ejemplo al azar) apareciera desnuda en nuestra cama a las cuatro de la madrugada y nos propusiera a mi mujer y a mí montar un trío, antes de preguntarle si se refiere al musical o al otro saltaría por encima utilizando mi erección a modo de pértiga y acudiría puntual a mi cita con la escritura (luego me daría cabezazos contra la pared, pero lo importante es que tendría listo otro capítulo).

Así de chunga es esta enfermedad.

Mi teoría es que cuando un escritor escribe (DE VERDAD), deja de serlo y se transforma en su primer lector. Y si lo que va leyendo le gusta lo suficiente, quiere saber qué más va a suceder (o, en el caso de los escritores «de mapa»,  el modo en qué sucederá, que viene a ser lo mismo). Aunque eso signifique olvidarse de todo lo demás. Incluidas cosas tan vitales como Facebook, Twitter, Pinterest o Linkedin.

En resumen: que nadie pase ansia. Aunque tarde en dar señales, sigo vivo. Más que nunca, en realidad.

Emoticono de bailarina.

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Mi iaia Sión

He tardado 44 años en escribir una novela.

Empecé a escribirla a los 7, cuando mi abuela Sión me hizo soltar uno de los tebeos a los que era adicto (creo que era un Tío Vivo), me agarró de la mano y me llevó hasta la única librería que había en el pueblo, la del señor Muñoz.

-¿Ha llegado lo que le encargué? –le preguntó.

Por toda respuesta, el señor Muñoz apuntó una sonrisa bajo su frondoso bigote, se agachó rápidamente debajo del mostrador y, como si fuera un mago, volvió a aparecer con un paquete envuelto con un lazo rojo. Era un regalo de mi iaia para mí, un precioso ejemplar de “Las mil y una noches” que todavía conservo. Ese fue mi primer libro de verdad, el primero que hizo que me olvidara durante semanas de todo lo que ocurría en el aburridísimo mundo real.

Y así, hasta ahora.

La novela que he tardado casi toda mi vida en escribir se titula “La niña que hacía hablar a las muñecas”; y, aunque por el camino he escrito otras, esta la considero especial. No habría podido escribirla a los veinte, cuando confundía literatura con apasionamiento y era capaz de teclear tres cuentos en una  noche, encendiendo un cigarrillo con otro; ni a los treinta, cuando  me preocupaba tanto el cómo que olvidaba el qué. El secreto para poder escribirla es que he tenido tiempo de vivir, o, lo que viene a ser lo mismo: de leer muchos libros más. Por eso la novela tiene esta dedicatoria:

“A mi iaia Sión. Ella y mi padre me hicieron escritor.”

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El pintor del futuro

Mirad con atención esta foto. Es malísima, lo sé, y pido perdón por ello (mi móvil, como cámara, es una patata con flash), pero hay un detalle que me llamó la atención y quería compartirlo con vosotros. Es uno de los muchos cuadros que decoran un outlet de ropa de marca de la calle principal de mi pueblo, Premià. Creo que vale la pena que entrecerréis los ojos un segundo e intentéis descifrar lo que pone justo encima de la firma del pintor. Ya os lo digo yo: «Verano 2014». Es decir: este hombre se tomó la molestia de viajar en el tiempo (poco, es cierto: apenas unos meses más adelante) para poder usar como modelo unas florecillas rojas que sólo tienen de especial eso: que, a día de hoy, ni siquiera han empezado a brotar. Porque, que yo sepa, justo hoy arranca la primavera. Les falta una estación.

Sólo por este audaz esfuerzo,  el artista se ha ganado mi respeto.

 

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Episodio piloto

Tercera clase del curso «Parir una serie» y ya tenemos el piloto CLARÍSIMO. Objetivo cumplido.

Muy contento y orgulloso de mis alumnos (a los que desde el primer momento nunca he llamado alumnos, sino guionistas, porque es lo que demuestran ser en cuanto cruzan la puerta del aula), un subidón. Sólo tenéis que echarle un vistazo al aspecto de la pizarra al final de la jornada, plagiarlo todo y tendréis la mejor serie española del futuro inminente. Como mínimo.

Me estremezco imaginando qué pueden dar de sí las próximas sesiones.

 

 

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