El erizo gilipollas (fábula moral)

Cuenta el sabio Salomón Guilapo que estando Joe, un erizo de setenta kilos y pico, durmiendo boca arriba, despertó de golpe y, al tratar de incorporarse, descubrió que la había cagado y bien, pues las aceradas púas de su espalda le mantenían inmovilizado en el suelo.

-¡Joder, qué burro soy! -pensó en voz alta-. Juro que si McFurny, el piadoso Dios de los Erizos, me concediera una segunda oportunidad, jamás volvería a cometer tamaña estupidez.

Cuenta Salomón Guilapo (Otra vez El Sabio, no el homónimo hacker argentino) que oyendo al erizo lamentarse de esta guisa, decidió apiadarse de él, murmuró “¡Sea!”, y Joe el Erizo volvióse a encontrar de golpe sobre sus cuatro patas.

Pasaron las horas, llegó la noche y Joe convocó a todos sus amigos y familiares. Se aclaró la garganta y dijo:

-Queridos amigos y familiares, fui un tonto; me acosté bocarriba y no pude levantarme; y menos mal que McFurny dióme una ocasión de redimirme. Y voy a aprovecharla, pues muy gilipollas tendría que ser para volver a acostarme sobre la espalda después de lo ocurrido.

Todos le aplaudieron y vitorearon su nombre repetidas veces (concretamente dos: “Joe, Joe!”), y cuenta el sabio Salomón Guilapo que había lágrimas de emoción en los rostros de los erizos. Y que bebieron y fornicaron hasta que uno dijo: dejemos estos temas espinosos y vayamos a dormir.

-De acuerdo -dijo Joe-. Estoy hecho una piltrafa, la edad no perdona.

Y cerrando los ojos, se dejó caer de espaldas.

El Sabio Salomón Guilapo no añade moraleja alguna. Ni falta que hace.

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La muerte anunciada

Cuando tenía catorce o quince años (iba al Instituto) soñé que un desconocido me apuñalaba en el estómago. Nunca olvidaré su cara. Sus ojos diminutos y malignos, su sonrisa mientras se acercaba parsimoniosamente con el cuchillo en la mano izquierda (era zurdo, recuerdo que ese detalle, absurdamente, me distrajo un instante durante el sueño). Su aliento a tabaco y a alcohol mientras me hería de muerte. Ha pasado mucho tiempo, pero sigo recordando hasta el más mínimo detalle de mi muerte soñada. Todo sucedía en mi antiguo colegio de EGB, La Salle de Premià. Yo me encontraba en la segunda planta (por ningún motivo concreto: los sueños son así) cuando una voz de mujer muy asustada gritaba por megafonía que nadie saliera de las aulas. Y comenzaba a rezar en latín. El latín siempre acojona.

Entonces aparecía ese hombre. No decía nada. Subía muy despacio las escaleras, venía hacia mí, sonriendo de oreja a oreja, y me hundía la hoja hasta la empuñadura.

Yo caía al suelo de rodillas y empezaba a desangrarme, pero un segundo antes de volverse todo negro veía un reloj de agujas que señalaban las ocho y quince. Y, justo al lado, un calendario de pared: 20 de Junio de 2015.

Lo recuerdo porque, por aquellas épocas, me encantaba jugar con los números igual que con las palabras, y lo primero que pensé al despertar fue que las tres cifras, en realidad, eran la misma, porque las ocho y quince también podían ser las 20:15. Y que 20 de junio también podría ser 20/6 (y por tanto, rizando el rizo, 20:1+5). Es decir: tres veces 2015.

Hoy me levanto, miro el calendario, y veo que el sábado fue día 20. De Junio. De 2015. Y que sigo vivo (moderadamente, porque soy autónomo).

Menos mal que no creo en los sueños premonitorios. Me he ahorrado cerca de cuarenta años de ansiedad inútil.

 

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Y yo sin saberlo

Voy por la calle pensando en mis cosas y, de pronto, un cincuentón (barbudo, gafas de sol, barriga cervecera, no lo he visto en mi vida) se me planta delante y me dice:

-Tú eres Bras, ¿verdad? El de Exemplar gratuït. Tío, tú inventaste el Twitter. 

Tardo unos segundos en comprender que habla en serio. Le digo que si hubiera inventado el Twitter no tendría que conducir un coche que tiene 18 años ni llevar las mismas gafas que en 2009, porque a mí, por naturaleza, me encanta cambiar de gafas compulsivamente. Él se ríe con una risa de hiena de dibujos animados.

-Ya sabes por qué lo digo, hombre. Por los microcuentos. Es lo más genial que has escrito.

Y se va. El cabrón me suelta la bomba de Hiroshima, zasca, y me deja tirado como un perro calvo en la Gran Via de Premià.

Qué triste, amigos. Exemplar gratuït se publicó en febrero de 1987 (un mes antes que El vaixell de les vagines voraginoses). Si mi anónimo lector tiene razón y, sin saberlo, inventé Twitter antes que la telefonía móvil (cosa que no tengo por qué poner en duda: todos mis lectores son muy inteligentes, a la par que atractivos), en estos momentos yo estaría pilotando mi propio jet por el Caribe, viendo a Beyoncé y a Charlize Theron luchando en una piscina de barro o lo que sea que hagan habitualmente en sus ratos de ocio los inventores de redes sociales. Y, en vez de eso, aquí estoy, una tarde del sábado, tecleando chorradas en un blog mientras hago tiempo antes de reírme con los silbidos de la Copa del Rey (espero que no me multen por decir eso, o me tocará estar otro año con las mismas gafas).

La próxima vez que se me ocurra algo genial procuraré tener más visión de futuro.

 

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El descubrimiento de Sión (cuento de navidad)

Mi abuela Sión nació en Guanxuma, una diminuta aldea de la isla brasileña de Ilhabela donde el progreso apenas había llegado. Al cumplir siete años, por una serie de circunstancias que no afectan a este relato, se mudó al esplendoroso París de 1920.

Hubo tres cosas que la impresionaron. La primera fue la ciudad en sí, que, según me contaría muchos años después, la hizo sentir insignificante. La segunda fue descubrir la tienda más maravillosa del mundo. Estaba en el 63 de la Rue de Sèvres, se llamaba Au Bébé Bon Marché, y mi abuela creía que era el lugar donde se reunían todas las muñecas para ser admiradas. Había muñecas altas como niñas y pequeñas como un pulgar. Muñecas rubias, morenas, mulatas, que sonreían o se mostraban enfurruñadas, con el pelo lacio o ensortijado. Muñecas que parecían damas, novias o princesas. Y para todas ellas existían vestidos y sombreros y zapatos y bolsos y guantes y hasta espejos de tocador (como insinuando que, además de presumidas, las muñecas eran capaces de verse a sí mismas), y preciosas casas de madera tan bien decoradas que, si no fuera por su tamaño reducido, sería imposible distinguirlas de un hogar real. Y por toda la tienda había miniaturas pensadas para hacer más placentera la vida de las muñecas: mesas de comedor y sillas, platos, cubiertos y bandejas con su tetera y sus dos tazas, butaquitas con sus cojincitos, lámparas, cortinas y sábanas, incluso cuadros tan bien hechos que estudiándolos con una lupa revelaban la firma del pintor.

Fue en Au Bébé Bon Marché donde su madre adoptiva le dijo que escogiera la muñeca que más le gustara, y Sión, sin dudarlo, señaló una de las más baratas, una muñeca mulatita de un palmo de altura, vestida con un sencillo vestido de algodón; y la llamó Maria, porque le recordaba a Maria Aparecida, su amiga del alma de Guanxuma a la que creía que nunca volvería a ver.

Empezó a hacer frío. Luego hizo más frío aún. Y más. Hasta que una mañana, al despertar, mi abuela miró por la ventana y se quedó boquiabierta al verlo todo blanco. Esa fue la tercera cosa que más la impresionó de París. La nieve no existía en Brasil, pero todos los niños del mundo nacen con el instinto de saber qué hacer con ella; así que Sión fue corriendo a despertar a su padre, y poco después ya estaban en la calle, persiguiéndose el uno al otro, arrojándose bolas cada vez más grandes, fingiéndose heridos de muerte al recibir cada impacto y riendo a carcajadas. Nunca se había sentido más feliz.

Entonces llegaron las fiestas navideñas y descubrió que en París hacían un montón de cosas que no hacían en su antigua aldea. Para empezar, pusieron un árbol en una esquina del salón y lo adornaron con bolitas de cristal de color rojo. Trataron de explicarle que en Nochebuena un hombre mágico llevaba regalos a los niños. Pero unos decían que se llamaba Bonhomme Noël y que vestía una larga túnica blanca con vivos dorados, y los otros que era Père Noël y que iba de rojo y blanco. Sión decidió averiguar quién tenía razón. Y sólo se le ocurrió un modo: permanecer despierta la noche del 24 al 25 de diciembre.

Después de cenar dejó que su padre la acostara y, como siempre, le contara el cuento favorito de todos los niños de Guanxuma: el de Gápanemé, el gigantesco jaguar que, según la leyenda, al ser herido en el ojo izquierdo por la lanza del guerrero Tárcio, soltó un rugido que hizo temblar todo el territorio, dividiéndolo en las cuatro islas y los seis islotes que formaban el archipiélago de Ilhabela. No es fácil contar la misma historia cada noche y que resulte interesante. Pero su padre sabía cómo hacerlo. Llenaba de presencias inquietantes las sombras de la selva; hacía que retumbaran los latidos en el corazón del héroe; que pareciera majestuoso el doble gesto de Gápanemé, irguiéndose sobre las patas traseras y arrancándose la lanza del ojo con un zarpazo; conseguía que Sión oliera el aliento putrefacto del jaguar al acercarse a Tárcio. El cuento terminaba con el héroe y su rival frente a frente, contemplándose. Hasta que Gápanemé se daba la vuelta y desaparecía. Moraleja: la única forma de vencer a un enemigo invencible consiste en no mostrarle tu temor. Lo malo es que su padre alargaba tanto el camino hasta ese punto que Sión nunca lo alcanzaba despierta.

Esa noche, la de su primera navidad en París, esperó un tiempo prudencial, y en cuanto Tárcio comenzó a encender la hoguera para atraer la atención de Gápanemé, Sión cerró los ojos y se puso a respirar profundamente como si durmiera. Oyó la voz narcótica de su padre continuar con el relato unos segundos y, de pronto, detenerse. “No abras los ojos. Seguro que te está mirando”. Un suave beso en la frente. Unos pasos alejándose. Una puerta que se cierra. “No los abras todavía, a lo mejor te pone a prueba.”

Se incorporó con un grito ahogado en la garganta. Todo estaba oscuro y silencioso. Lo único que parecía vivo era el tic-tac del reloj de la mesita: pasaban de las tres. ¡Había estado durmiendo más de cinco horas! El hombre mágico de los regalos (¿Bonhomme? ¿Père?) había tenido tiempo de sobras para hacer su trabajo, y ella tendría que esperar hasta las próximas navidades para descubrir su verdadera identidad. Sin embargo, como la frustración que sentía era menor que sus ansias de echar un vistazo a los regalos, no tardó en saltar de la cama y bajar sigilosamente las escaleras.

La puerta del comedor estaba entornada. La fue empujando milímetro a milímetro. A la luz agonizante de la chimenea se distinguían los regalos arracimados en torno al árbol. Enseguida reconoció el que hacía más bulto, la casa de dos plantas con buhardilla que había pedido para Maria, su muñeca. Tan contenta se puso que estuvo a punto de ponerse a chillar.

Entonces lo vio.

Al principio era una sombra junto al árbol. Pero de pronto cobró vida y se irguió sobre las patas traseras. Era más grande de lo que Sión había imaginado jamás. Y sus ojos llameaban.

-¿Qué haces despierta? –rugió Gápanemé.

La primera vez que mi abuela me contó la historia, yo tenía cinco años. Recuerdo que al llegar a este punto me eché a temblar.

-¿Y qué te hizo, abuela?

-Nada. Al día siguiente desperté en mi cama sin un solo rasguño.

-Entonces, ¿lo soñaste?

-Supongo. Lo más raro es que cuando mis padres vinieron a buscarme y bajamos al comedor, ahí estaba la casa de muñecas: en el mismo lugar exacto que en mi sueño.

Me quedé un rato pensando. Luego dije:

-A lo mejor no es tan malo como te contaron, abuela. A lo mejor Gápanemé es un ser mágico como Papá Noël y te siguió desde Guanxuma para traerte la casa de muñecas.

Y mi abuela sonrió.

(Este cuento es, en realidad, un pequeño juego literario escrito a partir de una propuesta de Nelleke Gel, mi querida editora en Holanda. Nelleke me pidió la cuadratura del círculo: un breve relato navideño que funcionara por sí mismo y, a la vez, sirviera de carta de presentación de los personajes y el estilo de mi novela  “La niña que hacía hablar a las muñecas”. Espero haber estado lo más cerca posible de conseguirlo)

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Qué cuento tienes

El día que estrené la sección “Qué cuento tienes” en “A vivir que son dos días” de verano (Cadena Ser) , Lourdes Lancho me preguntó si me había inspirado en la que hizo Paul Auster en la Radio nacional Americana (la que acabó dando como fruto el libro de relatos “Creía que mi padre era Dios”). Yo le dije la verdad: que tengo demasiado respeto a Auster para inspirarme en él; simplemente, le había plagiado la idea. ¿Para qué darle más vueltas, si es perfecta? Yo también creo, como él, que todo el mundo tiene, al menos, una historia que contar. Grande o pequeña, pero única. Triste, emocionante, divertida, pero tan original que parece inventada por algún retorcido guionista. ¿La realidad supera a la ficción? No lo sé,la verdad. Pero intentando escoger entre todas las historias de los oyentes que me van llegando, de algo estoy seguro: la vida humana es más imprevisible y adictiva que cualquier serie de HBO. Si decides sumarte al club y contarnos tu historia, sólo tienes que escribirnos a avivir@cadenaser.com o bien llamarnos los sábados en directo de 11 a 12h al 902 14 60 60.

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La vida

Al principio dormían siempre juntos, pero con los años Juan se fue volviendo más y más nervioso, y los ronquidos de su mujer lo despertaban cada vez un poco antes. Lo probó todo: se puso tapones en los oídos, tomó manzanilla con miel, valeriana, ansiolíticos justo antes de acostarse, pero nada funcionaba. “Despiértame si ronco”, le dijo ella, como insinuando con su tono de voz que deseaba dormir con su marido más que otra cosa en el mundo. Juan intentó hacerlo: cuando los ronquidos de ella se volvían insoportables intentaba despertarla haciendo un sonido molesto con la lengua y el paladar (el que solemos hacer instintivamente cuando estamos en desacuerdo con algo, sólo que Juan lo hacía varias veces seguidas, como una ametralladora de sonidos discrepantes) o poniéndole una mano en el hombro suavemente, para no asustarla. Pero era inútil: su mujer cambiaba de posición y dejaba de roncar; pero sólo unos segundos. Juan los iba contando en la oscuridad, consciente de que había comenzado la cuenta atrás, y la angustiosa presión por tener que aprovechar esa oportunidad para dormirse hacía que nunca lo consiguiera.

Casi sentía alivio cuando el primer ronquido de ella volvía a rasgar el silencio.

Entonces, se levantaba de la cama procurando no hacer ruido y se iba al comedor a leer. Al cabo de una hora el cansancio solía vencerle y podía volver a dormirse tumbado en el sofá.

Vivieron así unas semanas, tal vez meses.

Una noche, Juan se quedó a dormir en el sofá sin pasar antes por la cama, y eso se convirtió en costumbre. Dormía de un tirón, y se levantaba descansado y lleno de energía.

A su mujer no le gustaba la situación, e intentó diversos remedios: hizo gárgaras antes de acostarse, se compró aquellas tiras adhesivas para la nariz que anunciaban por la tele y con las que, en teoría, uno respiraba hasta seis veces mejor. Intentó cambiar de posición. Incluso se planteó operarse.

Juan le dijo: “No pasa nada, no me molesta dormir en el sofá”.

Lo malo es que los muebles envejecen, igual que las personas.

Fue pasando el tiempo, el sofá dejó de ser tan cómodo y la espalda de Juan comenzó a notar el peso de los años.

Su carácter cambió, se volvió malhumorado. Comenzó a hablar menos con su mujer, a no decirle con tanta frecuencia lo mucho que la quería.

Ella seguía buscando soluciones. “Podríamos poner una cama plegable en el cuarto de la niña, yo dormiría ahí”, decía. Pero ambos sabían que no eran soluciones realistas. La niña ya era una adolescente y su habitación era su mundo impenetrable.

Pasaron diez, veinte años más, y Joan empezó a sufrir fuertes jaquecas. Fueron al hospital, le hicieron pruebas y le diagnosticaron una enfermedad hasta entonces desconocida. Según el médico, dormir cada noche tan cerca del router de fibra óptica del comedor había alterado sus neuronas de un modo extraordinario, y ahora era incapaz de vivir el presente sin contemplar el pasado y el futuro a la vez, lo que inevitablemente acabaría volviéndolo loco y peligroso para la sociedad.

“Te quiero”, le dijo por última vez a su mujer, la noche en la que lo ingresaron en la suntuosa habitación 2378 de la UEPED, la Unidad de Eutanasia Para Enfermedades Desconocidas. En el equipo de música sonaba una preciosa aria que nunca había oído. “Creo que es de Handel”, le dijo la enfermera que le puso la inyección. Él se quedó mirando al techo blanco. La cama era tan cómoda que, sin poder evitarlo, empezó a llorar de alegría.

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Otro breve cuento idiota

Un señor sueña que juega al golf en un green interminable. Después de tres días, tres noches y seis mil setecientos veintiocho golpes, consigue situarse a un palmo del hoyo con la banderita. Impulsa la pelota y comprueba, satisfecho, que desaparece bajo tierra.

El señor se arrodilla, dispuesto a recuperarla, y entonces ve que no es un agujero de golf sino el ojo de una cerradura.

-Ja, ja. Mejor. Así podré espiar a la guarra de la vecina mientras se ducha.

Lo hace, y la experiencia resulta inolvidable hasta que suena el despertador.

-Mmm. ¡Qué sueño más bonito! –piensa.

Abre la boca para bostezar, en el preciso instante en que una pelota de golf cae del techo. Le queda encajada entre el paladar y la garganta. El señor se ahoga, sufre un choque y muere al instante. Entonces, la vecina sale de la ducha chorreando jabón, ve el cadáver en la cama y chilla.

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Un breve cuento idiota

Un señor sale del Metro y decide comer en la terraza de una marisquería de moda. Se sienta farfullando en la única mesa que no está reservada, la que queda empotrada entre un buzón y un contenedor de residuos orgánicos. El señor espera unos minutos. Levanta el dedo índice. Se aclara la garganta y grita: “¡Estoy aquí!” Patalea en el contenedor con los dos pies. Arranca el mantel acribillado de excrementos de paloma y lo usa de pancarta después de haber escrito en él: “¡Atiéndanme de una vez, joder, que no tengo todo el día!”

El camarero se acerca de mala gana. El señor, sin mirarle, señala una enorme langosta que ejecuta cabriolas circenses en el acuario.

-Ya. ¿Y para es-pe-rar? –pregunta el camarero, recalcando con ironía cada sílaba.

-Aceitunas sin hueso –gruñe el señor-. Y un vaso de agua. Del grifo.

El camarero escupe al suelo con rabia y entra en el restaurante. Al cabo de una eternidad regresa. En la bandeja lleva un platito con seis olivas, un vaso vacío, un vaso lleno de palillos y una botella de litro y medio del agua más cara.

-¡La he pedido del grifo! –protesta el señor.

-No nos queda.

El señor masculla algo entre dientes. Respira hondo. Cuenta mentalmente hasta diez. Sigue sin calmarse. Lleno de rabia, coge un palillo. Fija la mirada en una aceituna y se imagina que es un ojo (extremadamente verde, retocado con photoshop, quizá) del camarero. Se concentra en ensartarlo. Apunta. Falla. La aceituna (porque es una aceituna, no un ojo, sólo entonces se da cuenta) sale disparada. En la mesa de al lado hay una señora fugada de un cuadro de Botero que se dispone a sorber un café con leche hirviendo. La aceituna se anticipa. Se desliza entre el borde de la taza y la nariz de la mujer y le salpica un ojo con café con leche hirviendo. La gorda se levanta gritando y pestañeando, chilla, pestañea, ruge, pestañea. Da dos pasos a ciegas y clava la rodilla en la entrepierna del camarero, que acababa de extraer del acuario la langosta del señor.

El camarero se queda sin aliento. Dice “¡Uf!”, y la langosta se le escapa de los dedos. Vuela por los aires, rebota contra el sombrero mexicano de un turista que pasaba por allí y va a parar al asiento del copiloto de un descapotable que, justo en ese instante, se detiene ante el semáforo. El semáforo se pone verde. El conductor del descapotable (que no ha visto caer la langosta) sube al máximo el volumen del equipo de música y pasa de cero a ciento ochenta en tres segundos. Llega a la autopista con los neumáticos sacando humo y los doce altavoces a punto de explotar.

Estresada por tantas emociones, la langosta decide vengarse de su secuestrador: escala el respaldo, da un salto, aterriza sobre su cabeza y le pellizca la nariz con toda la fuerza de su pinza izquierda (es una langosta zurda). El del descapotable grita de dolor y de pánico a partes iguales. Suelta el volante y se pone a buscar en la guantera una pistola o un objeto contundente o algo, lo que sea, para defenderse. El coche se desvía. Rompe la valla lateral de la autopista, atraviesa unos naranjales, recorre bosques, cae por barrancos profundos, y por fin, dando vueltas y más vueltas de campana, atraviesa la alambrada que protege una estación secreta del ejército de los Estados Unidos (de América). El radar del Pentágono detecta un ataque suicida y, en legítima defensa, dispara misiles con cabezas nucleares en todas direcciones.

Total, que mientras el señor sigue quejándose al camarero porque la langosta tarda, se oye un Pum fugaz y el mundo se destruye.

4

La segunda oportunidad

Hoy hace tres  años y tres meses que escribí el siguiente post:

“Idea para un cuento a lo Richard Matheson: un matrimonio de cuarentones regresa a casa. Es tarde, la mujer se ha dormido y él conduce. Da varias vueltas a la manzana buscando aparcamiento, hasta que encuentra un hueco libre. Es muy pequeño, pero finalmente consigue meterlo. Al bajar, ve que el coche ha quedado a un palmo y medio del bordillo, pero decide dejarlo así.

Al día siguiente, cuando el protagonista se dirige a su coche y ve que está en el mismo sitio donde lo dejó, pero… completamente pegado al bordillo.No ha cambiado nada más. Las puertas del coche están cerradas, el cenicero limpio, no falta ni un papel en la guantera.

Llama a su mujer para contárselo, pero ella no recuerda que la noche anterior aparcara mal. En el trabajo, todos le quitan importancia: era de noche cuando volvió a casa; seguramente se imaginó que había más distancia hasta la acera, estas cosas pasan.

Él acaba olvidándose del tema.

Dos semanas después, discute acaloradamente con su mujer por cualquier motivo (a lo mejor uno ha descubierto que el otro tiene un/a amante, o a lo mejor discuten, simplemente,  porque hace calor y el aire acondicionado se ha estropeado, eso da igual); él la empuja y, accidentalmente, la mata. Asustado, actúa por instinto: mete el cadáver en el maletero, conduce hasta las afueras y lo entierra.

Regresa a casa, se toma un un cóctel de ansiolíticos regado con alcohol y se queda dormido.

 

Al día siguiente, lo primero que oye al despertar es el sonido de la ducha y la voz de su mujer cantando.

(Bien pensado, a lo mejor da para algo más que un cuento. Mejor lo dejo aquí)”

Hasta aquí lo que escribí. Pues eso: han pasado tres años y tres meses y sigo pensando exactamente lo mismo. Es decir: mejor lo dejo aquí.

Hasta el tercer intento.

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Señor Cros (fragmento)

Al señor Cros le gustaban mucho los sábados por la tarde. Los sábados por la tarde –no todos, pero sí la mayoría-, Eva, su mujer, lo esposaba al radiador del salón. Esposado, desnudo, amordazado con cinta de embalaje y tumbado boca arriba sobre el parquet de haya flotante, el señor Cros se sentía un superhombre a merced de los caprichos de su hembra de kryptonita. Y eso que Eva, desestimando un raudal de alternativas más audaces, se limitaba a introducirse en la vagina, muy despacio, el pene erecto –y ni siquiera todo: el glande y unos pocos centímetros más- y a iniciar unos suaves movimientos rotatorios de cadera, al tiempo que repetía con un hilo de voz:

-Cerdo, cerdo, cerdo…

Al señor Cros le encantaba correrse mientras Eva le insultaba, y a Eva la llenaba de dicha ver contento a su marido.

(Inicio de “Señor Cros”, cuento inédito escrito en 2008)

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