Aperitivo inédito

Al principio fue muy delicado.

La tumbó sobre la cama y le susurró al oído:

-Cierra los ojos.

Obedeció, aunque lo mismo hubiera dado lo contrario porque la habitación estaba a oscuras. Él comenzó a besarla despacio, muy despacio, por todas partes menos en la boca. Iba posando los labios (a veces solo una brizna de aliento) en la frente, las mejillas, la nariz, las pestañas, las orejas, el cuello. Al menor estremecimiento cambiaba de objetivo. Naira se dejaba hacer, sorprendida y excitada por el extraño dominio que ejercía tanta ternura sobre ella. Pronto a los besos se sumaron las caricias. Las manos de Joan eran  fuertes y parecían abarcarlo todo al mismo tiempo, recorrían la suave llanura del vientre y las caderas y masajeaban los senos y se deslizaban bajo el camisón e iban y venían  entre los muslos con los dedos al rojo vivo.

Naira lanzó un suspiro y separó las piernas.

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Encuentro con mi asesino

A los doce años tuve uno de los dos sueños más horribles de mi vida. Yo era un hombre mayor, me veía las manos y eran arrugadas y con la piel llena de pequeñas manchas que parecían semillas esparcidas con un soplido. Tenía una cita con alguien (aunque no recordaba con quién) en La Salle de Premià, la escuela donde yo estudiaba. Era muy extraño porque al llegar a la escuela no había nadie y, sin embargo, se oían murmullos por todo el patio, como si hubiera una multitud hablando de sus cosas. Asustado, entraba al edificio por una puerta lateral. La luz de fuera se derramaba por los ventanales, haciéndome parpadear. Continuar leyendo «Encuentro con mi asesino»

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Charla con mi vecino

Hace veintitantos años (fue al principio de mi primer matrimonio, en el piso de la calle Verdaguer) tuve un vecino que había comido carne humana. Lo sé porque él mismo (Álvaro) me lo acabó contando una noche que vino a cenar con su mujer (Ana). La cena (albóndigas con sepia que cociné yo) había terminado hacía rato. Mi ex (Laura) y Ana se habían metido en la cocina, se las oía hablar entre susurros y sonidos de platos y cubiertos encajando en el tetris del lavavajillas. Álvaro me caía bien. Era mayor que yo, cuarentón, pero estaba lleno de energía. Tocaba la trompeta. De hecho, así nos conocimos: una noche se puso a practicar con su nada discreto instrumento a las tres de la madrugada. Yo tenía que levantarme temprano y fui a quejarme. Él se disculpó, y al día siguiente Ana y él se presentaron en casa con una botella de Moët Chandon. “Si vuelvo a ensayar a esas horas, me das con ella en la cabeza”, me dijo. Continuar leyendo «Charla con mi vecino»

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Mis dobles

Vi el otro día por casualidad a mi doble del barri de Gràcia (fue a la salida del Verdi, después de haber llorado hasta quedarme deshidratado con el último dramón de Zhang Yimou) y caí en la cuenta de que aún no os había hablado de ellos, de mis dobles.  Los tengo repartidos por todo el mundo y es una ventaja, un modo como cualquier otro  de vivir distintas vidas sin temor a meter la pata.

Pierre, por ejemplo (mi doble de París) es taxista y padre de seis hijos, aunque, de niño, le hubiera gustado ser pintor impresionista de los que plantan el caballete en Montmartre y ya no se mueven en todo el día (la vida es así de injusta). Continuar leyendo «Mis dobles»

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Charla en La Zarzuela

-¿Te he comentado que Sofía odia el humo? -pregunta el Rey, pero Mariano, que no atiende a indirectas ni de Dios desde que tiene mayoría absoluta, sigue chupando su puro largo y grueso como un antebrazo.

-Majestad -dice-: he venido a decirle que voy a salvar España. Pero para eso voy a tener que dar por saco a mucha gente. En realidad, a la mayoría de españoles. Los muy pobres, pobres, de clase media y media-alta, básicamente.

-¿Y qué problema hay? Mientras ganemos la Eurocopa…

-¡Es que no puedo esperar tanto! Esa maldita zorra me está presionando. Continuar leyendo «Charla en La Zarzuela»

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Quiero todo esto (a la manera de Goytisolo)

(Escrito para el programa de Rosa Badia «Tot és comèdia» de Ràdio Barcelona-Cadena Ser, en su sección de homenaje a José Agustín Goytisolo. Emitido el sábado 14 de abril de 2012)

Quiero dormir doce horas de un tirón y despertarme oliendo a café recién hecho

Quiero casarme cantando en una peli de Bollywood mientras caen pétalos rojos del cielo

Quiero que la policía se disuelva pacíficamente.

Quiero sentirme una persona sana mentalmente aunque no tenga un Iphone

Quiero vivir en un país brillante y no en el páramo mediocre en el que intentan convertirlo

Quiero que me beses como a un desconocido

Quiero batir el récord mundial de los cien metros lisos, cruzar la meta, seguir corriendo y desaparecer.

Quiero que el Barça juegue siempre como ahora

Quiero que Catalunya no sólo se independice de España, sino de Europa: que se arranque de la península, se aleje nadando por el mediterráneo y acabe instalándose en algún lugar con más futuro, entre Japón y New Jersey.

Quiero comerme seis tarrinas de helado de chocolate belga y perder una talla de pantalón

Quiero que Bill Gates se arruine y se tenga que ir a vivir con sus padres

Quiero que construyan la mezquita más grande del mundo justo al lado del Vaticano, para hacerle sombra al Papa

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La rebelión de los adjetivos

Llaman, el escritor abre la puerta sin mirar por la mirilla y se encuentra a doscientos adjetivos con cara de pocos amigos. Reconoce a algunos. El que se comporta como el cabecilla (Exuberante) es uno que el escritor había usado hasta la saciedad en sus primeros relatos pornográficos de juventud, como “Coñac en el coño” o “Mmmmm”.

-¿Qué queréis? -les pregunta.

-¿A ti qué te parece, calvo cabrón? -salta Exuberante, que tiene unos nunchaku asomando por el bolsillo del vaquero-. No somos tu puto klínex  ¿Crees que puedes abusar de nosotros y dejarnos tirados cuando te sale de la punta del nabo? ¿Eh, eh?

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Pequeños objetivos

Estuve practicando varios meses sin que ella se diera cuenta. Por fin llegó el día. Conté hasta tres mentalmente y me di la vuelta. Nunca lo había hecho tan rápido. Durante una fracción de segundo mi sombra se quedó quieta, sin saber qué hacer. Luego solté una carcajada, ella no dijo nada y todo volvió a ser como siempre.

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