Premoniciones de sobremesa

Desde hace cinco años estoy enganchado a unos calendarios-agenda de sobremesa franceses. Se llaman France d’autre fois y su gracia consiste en que cada semana viene ilustrada con una foto en blanco y negro de épocas pasadas; pero que, más o menos, coincide con lo que suele ocurrir esa semana.

Por ejemplo, en la primera semana de agosto puedes encontrarte a unos bañistas de principios de siglo; o en la última de diciembre a un grupo de gente vestida a los locos años 20 celebrando el fin de año.

Lo que más me fascina de estos calendarios, sin embargo, es su poder premonitorio. Mirad la foto que escogieron hace más de un año para ilustrar lo que sucedería la semana del 14 al 20 de octubre de 2019.

Casi te imaginas a los bomberos apagando los contenedores.

Y luego dirán que la sentencia no estaba escrita de antemano.

2

Lloro

La marca IMC TOYS, que no me patrocina, tiene en su catálogo una serie, los Bebés llorones, que sueltan lágrimas cuando les quitas el chupete. Pues bien: desde hace un tiempo me he convertido en una versión king size de esos patéticos muñecos. 

Lloro con todo. 

No solo cada vez que veo “Coco” o “Qué bello es vivir” (hay películas en las que uno debe llorar obligatoriamente a no ser que sea un psicópata).  

Lloro de risa. 

De emoción. 

De tristeza.

A veces lloro hasta de envidia, cuando nunca he sido envidioso.

Lloro a la mínima y continuamente.

Pongo una de Sabina y canta el estribillo:

“¿Qué estoy haciendo aquí? ¿De quién es esta vida?”

Y lloro.

Lloro con una frase de John Irving o de Auster que me parece perfecta, si contemplo un travelling majestuoso de Scorsese, lloro porque el Providence de Alan Moore consigue hacerme recordar a ratos el síndrome de Stendhal que me provocó la primera lectura de Watchmen, lloro si tropiezo por casualidad con una foto de mis padres.

Y con cada lágrima que suelto se me van más y más las fuerzas para volver a escribir nada que no sean los guiones que pagan la hipoteca. Nada, qué va. Ni un cuento. Ni mucho menos el capítulo de una novela. Ni siquiera un post. 

Este lo escribo para darle las gracias a un amigo. Ayer me recordó que aún queda gente en la que se puede confiar, gente que viene cuando se lo pides y te echa un cable a cambio de nada. Bueno, sí, a cambio de un Sofregit de pèsols del Maresme salteados con calamarcitos y gambas y regados con Rioja. Qué menos.

Total, que entre pitos y flautas ayer no me acordé de llorar.

A ver si me estaré volviendo insensible. 

6

L’herència

De dilluns a divendres el meu pare, Josep Bras March, es llevava a les quatre de la matinada per anar a treballar a la fusteria de la fàbrica de Can Sanpere.

El meu pare intentava no fer soroll, però la meva cambra era al costat de la seva i jo sempre he tingut un son molt fràgil.

Sentia com  es preparava un cafè amb la Melitta, el clinc clinc de la tassa sobre el plat, l’aigua de l’aixeta mentre ho netejava tot, el breu crepitar del paper de plata amb què s’embolicava l’entrepà.

Sovint no tornava a dormir-me fins que la porta del carrer es tancava.

El meu pare tornava a les dues del migdia, dinava a corre-cuita i feia una migdiada curta, perquè a les tres entrava a treballar en una altra fusteria.

Ni un sol dia va arribar tard a cap de les dues feines. Sempre em deia que la puntualitat és essencial, que arribar a l’hora acordada a un lloc és demostrar un respecte a la gent amb qui hem quedat. I que, si arribem tard, no confiaran mai en nosaltres.

El meu pare es passava el dia treballant de fuster i, malgrat tot, no va renunciar mai al seu somni de ser dibuixant. No sé d’on va treure el temps per apuntar-se a un curs a distància (l’equivalent als tutorials d’internet d’avui dia). Encara conservo tots els dibuixos que va enviar: a tots va treure un 10.

A mi allò em desesperava, tenia la sensació que no era just que una persona amb el seu talent per dibuixar hagués de dedicar-se a omplir-se les mans de butllofes i ferides de tant fer anar el xerrac i el martell. Després, a poc a poc, vaig entendre que el meu pare era feliç així, que Can Sanpere era el seu món, on tenia els seus amics, i que mai es va sentir frustrat. Dibuixar li agradava i punt, però no era cap meta. La meta, per a ell, sempre va ser el viatge.

Això sí: quan tenia cinc minuts lliures corria a tancar-se a la seva torre d’ivori, el petit despatx que s’havia muntat al costat del menjador. I dibuixava, és clar. Dibuixava de tot: caricatures dels seus amics de Can Sanpere; de la mama; de la meva germana; de la carnissera de sota casa; de gent famosa. Dibuixava historietes de l’únic personatge que va crear, «El Pistolero López». I dibuixava imatges que il·lustraven els llibres que escrivia (sempre a mà, ja de gran em va confessar que li hauria encantat tenir una màquina d’escriure) sobre les anècdotes viscudes a la fàbrica o durant la seva joventut a la postguerra.

Després, quan jo vaig complir 13 anys, vaig fer ús de la típica arrogància de l’adolescent i li vaig robar el despatx. Amb dos collons. I el meu pare no va protestar. Va buidar els calaixos de l’escriptori, per fer-me lloc, i va continuar dibuixant i escrivint al menjador.

Fins que un dia vaig començar a llevar-me a les quatre, suposo que per intentar assemblar-me una mica a ell. I axí fins avui.

Siguis on siguis, gràcies, papa. Espero haver merescut la teva  immensa herència.

13

El hombre que recordaba mi pasado

Viernes 10 de noviembre por la tarde-noche, llibreria Dòria, Mataró.

Termino de presentar «Kentucky», la primera (y fantástica) novela de mi amigo Aniol Florensa. De pronto se me acerca alguien, un caballero del público al que llamaremos Toni para no desvelar su auténtico nombre (que es Toni Gris), se presenta con mucha educación  y me dice que aún recuerda una historieta que publiqué en una revista de los hermanos de La Salle, cuando ambos estudiábamos allí, sobre la película «Rollerball».

Me quedo alucinado. Nada más llegar a casa la busco (soy capricornio, nunca tiro nada). La revista se llamaba «Vida y deporte» y en ella yo hacía mis primeros pinitos como desastroso dibujante y peor crítico cinematógrafico. Lo he calculado: tenía 13 años. Esa es mi disculpa cuando le echéis un vistazo.

Lo que me parece verdaderamente fascinante es la memoria de ese personaje, Toni, que vino a llamar a las puertas de mi pasado. Si recordaba eso de mí, más de cuarenta años después, ¿a qué espera para escribir su biografía? Dios, nunca nadie habrá llenado una historia con tantos ni tan minuciosos detalles. Babeo sólo de pensarlo.

Yo creo que Proust tiembla de celos en su tumba.

3

Primer amor

El de la foto soy yo con siete años.

La de la izquierda es mi madre, demasiado alta para el encuadre, y la de la derecha una niña de la Masia de Orrius donde fuimos a pasar las vacaciones del verano del 69. No recuerdo su nombre, sólo que me enamoré locamente de ella nada más verla, pero como yo antes de llevar gafas era muy tímido (y después también) jamás se lo confesé. En vez de eso pensé: lánzale sutilmente un mensaje inequívoco.

Y así lo hice: decidí posar en todas las fotos con la mano en el corazón, pensando que ella acabaría captando mis sentimientos, tomaría la iniciativa, nos casaríamos y seríamos felices.

Por eso salgo en una docena de fotos (que en la época analógica son un montón) en esta extraña postura napoleónica y con esta sonrisa idiota de chaval que intenta esconder que se desangra por dentro.

Luego, un día, mis padres hicieron las maletas, nos dijimos adiós y ahí terminó el cuento.

Borges lo llamó El jardín de los senderos que se bifurcan. Yo lo llamo vida.

 

 

9

Una alegria

De vegades (poques) les xarxes socials serveixen per donar-te una alegria. He rebut aquest missatge:

Hola, Pep. No sé pas si recordaràs els alumnes de la primera promo de comunicació audiovisual a l’Autònoma. Jo era una d’elles. Recordo aquella roda de premsa en què tu interpretaves en Michael Douglas acabat de sortir d’una clínica de rehabilitació per addicció al sexe. I nosaltres havíem de fer preguntes i escriure la crònica. Devíem fer tots cara de perduts in translation… Sé que sona a pilota però ho he de dir: Tinc molt bon record de les teves classes. Crec que teníem la certesa que no sabíem res però que podíem aprendre-ho tot. Jo he seguit escrivint, intentant fer-ne una professió… i costa però no defallim. He pensat que seria genial si volguessis acceptar-me en la teva xarxa del LinkedIn i així estar en contacte. Una abraçada.

Només vaig ser profe de redacció periodística durant un curs, a començaments dels 90; però de tant en tant encara em retrobo amb algun d’aquells 120 alumnes que se’n recorden de les bogeries que vaig fer. Perquè per aquelles èpoques pensava que avorrir  amb un etern blablabla és el primer pas per aconseguir que els alumnes no aprenguin res. I ho continuo pensant.

Moltes gràcies, Gemma, per recordar-m’ho.

(A la foto, Michael Douglas per aquelles èpoques)

3

El destello

Hoy he ido a visitar a mi padre.

Hacía dos o tres semanas que no lo hacía, porque últimamente salgo muy tocado y luego pasan días que no tiro. Le veo ahí, en su silla de ruedas de la planta 3 de la residencia, tan callado, cada vez más delgado, más poquita cosa, sin reconocerme. Duele.

Así que me pongo como excusa que voy desbordado de trabajo (¿y cuando no?), no voy a verle, y al acabar el día me siento peor. La eterna contradicción humana.

Hoy he hecho de tripas corazón y, como de costumbre, le he llevado algunos de los dibujos a lápiz  que hacía antes, cuando mi padre aún llenaba infatigables cuadernos de garabatos y escritos, cuando aún leía, hablaba, bromeaba, reía. Cuando todo eso, y los poquitos que le rodeábamos, daban dignidad a su existencia.

Hoy, como siempre, al ver el primer dibujo, ha habido un destello en su mirada: «¿Jo he fet això? No me’n recordo.»

No, papa, no te’n recordes.

Pero gracias por dejar que me aferre a ese destello. Quiero creer que es algo así como el big bang de tu existencia, el sol de tu galaxia, una huella digital de lo que fuiste y que sigue ahí, oculta pero indeleble en tu interior.

Y que permanecerá por mucho tiempo cuando, por fin, descanses.

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