El final de la retórica

Cuando yo tenía 13 años ya salía a manifestarme el 11 de septiembre a favor de la independencia. Y entonces no conocía ni a Artur Mas ni a Puigdemont. Nadie me ha lavado el cerebro. Ni a mí ni a los 3 millones de catalanes que ayer salieron a votar con una sonrisa en los labios. De esos, la mayoría (los que votaron SÍ) cada vez siente menos lazos de unión con un Estado rancio que sigue encumbrando en el poder a un partido anacrónico, corrupto y de ADN predemocrático (es decir, franquista) que no tolera que se rompa la sagrada unidad de España, recogida, como todos sabemos, en el Antiguo Testamento.

Al menos en Catalunya el PP está en la cola parlamentaria, sólo por eso ya somos diferentes (a lo mejor es eso lo que les genera tanto odio ).

Los catalanes no somos ni peores ni mejores que nadie, pero igual que cualquier ser humano no merecemos ser tratados a porrazos por querer expresarnos. Eso es de otras épocas.

Y ojo: no se trata de ir de cabeza a una guerra civil, son Rajoy y su atajo de lumbreras los que van a intentar implantar esa idea (no caigamos en la trampa, por favor, los tanques los tienen ellos, nosotros sólo esgrimimos esperanza): vivimos una partida de ajedrez entre un clamor mayoritario en Catalunya por la libertad de expresión y un Estado que hace lo que hace (machacar a gente desarmada) porque, entre otras cosas, sabe que con cada hostia de un policía a un catalán va a recaudar un voto más de los ultras en la sombra que alimentan su poder. David contra Goliat.

Yo, por mi parte, seguiré teniendo muchos amigos, aquí y en Madrid, que piensan o no piensan como yo. Y si defiendo mis ideas, entre otra cosas, es por mi madre, que era de Cehegín (Murcia) pero siempre respetó mi forma de pensar, porque mi madre creía con el corazón que nadie puede mantener amordazado a nadie. Eso es de maltratador. En resumen: a los que no piensan igual que yo nunca intentaré convencerlos por la fuerza, ni siquiera usando la excusa de unas leyes caducas y de un puñado de jueces que estén a mi servicio. Es triste, sí, pero creo que en estos momentos pedir diálogo es pedir que crezcan cipreses en la Antártida. O se implanta un nuevo cerebro democrático al hipotético interlocutor por parte de España o todo lo demás es retórica para justificar lo que nos hicieron ayer a la mayoría del pueblo catalán. Para justificar lo injustificable.

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33 y pico

De pequeño tenía la absoluta certeza de que moriría a los 33. Había nacido un 25 de diciembre, mi madre se llamaba María y mi padre José y era carpintero; y, para más INRI, el día que nací nevó abundantemente en mi pueblo natal, Premià de Mar, un lugar  de la costa del Maresme donde  sólo caen cuatro copos de nieve una vez cada veinte o veinticinco años.

Los primeros colegios a los que fui fueron las monjas de la Divina Pastora y los Hermanos de la Salle, que, lógicamente (es su modus vivendi) echaron más leña al fuego. Total, no es que me creyera el nuevo Mesías en la tierra (nunca he tenido la autoestima de un Albert Rivera, pongamos por caso) ni que me imaginara el desenlace al pie de la letra, con taparrabos y crucificado entre dos ladrones, pero tantas casualidades juntas el día de mi nacimiento me parecían demasiadas (de pequeño aún no había leído a Paul Auster), y pronto asumí que a los 33, de algún modo, se acabaría el show.

Para acabar de rematarlo, pasó lo de mi corazón.

Resulta que a los quince años me quedaba exhausto en cuanto daba cuatro pasos, y mis padres decidieron llevarme a un cardiólogo. Recuerdo que era un señor calvo, muy serio, y que dijo que yo tenía el ventrículo izquierdo hipertrofiado.

Yo pensé: signifique lo que signifique eso, ya estamos, de los 33 no paso.

Él dijo: claro que pueden pedir una segunda opinión.

Y nos dio la dirección de un centro súper mega especializado, donde me miraron con lupa y dijeron: el corazón no tiene nada, sólo una forma muy rara. Resumiendo: mi corazón (feo que te cagas pero sano, al parecer) me sirvió para librarme de la mili. Perdón: de la objeción de conciencia y de la cárcel.

Pero yo seguía convencido de la inevitabilidad de mi muerte precoz. Así que animado por las sanas tendencias suicidas de cualquier adolescente, me puse a fumar lo que no ha fumado ni Dios. Me compré un libro de recetas de cócteles y los probé todos, varias veces.  Escribía como un loco, aporreando el teclado. Apenas dormía. A los 23 me casé con mi primera mujer, me separé a los 27 y a los 28 conocí a la actual.  Y por fin, la víspera de cumplir los 33, volví a recordar la profecía por primera vez en mucho tiempo, y pensé: qué le vamos a hacer, has vivido lo que has podido.

Entonces pasó un día. Y otro. Y otro más.

Y comprendí que necesitaba un plan B.

Y en eso estamos.

 

 

7

Diumenge Dunkirk

Anar a veure «Dunkirk» al cine Phenomena, un dels pocs del món que la projecta en 70 mm. Que et facin una intro dient que el mateix Cristopher Nolan va acostar-se a la sala per ajustar la imatge i el so. I que, a sobre, et regalin un tros de negatiu de la pel·li, com si sabessin les coses que de debò consideres importants a la vida. I pensar per primera vegada: hi ha res millor que els diumenges a la tarda?

4

Demuestra que eres humano

Me llaman la atención los métodos que usan la mayoría de webs para demostrar que soy humano. Copiar una serie de letras. O hacer una suma del tipo 4 + 1.

¿Pero qué mierda es esta?

¿Es eso lo que me diferencia de un robot? Joder, cuando me cortan la cabeza no suelto un líquido blancuzco que parece semen. Pago autónomos. Y a veces entorno los ojos y cito a Ambrose Bierce para hacerme el chulo.

Eso los putos robots no lo hacen (creo).

Además, si yo fuera un malo malote de los de las pelis de James Bond y hubiera inventado una máquina de inteligencia artificial con la intención de colarme en una web con intenciones ponzoñosas, a lo mejor (y lo recalco: sólo es una hipótesis) le habría instalado una cámara para poder leer las series alfanuméricas. Incluso le habría añadido una calculadora de bolsillo, que no falte de ná.

A lo mejor es que las pruebas para demostrar que soy humano las hacen los robots.

O a lo mejor es que algunos no-robots se están deshumanizando. Y sí, lo habéis acertado: lo digo por una situación concreta que estoy viviendo estos días y que me tiene flipado. Muy flipado.

Lo voy a dejar ahí, en subtexto. No sea que haya robots espiando mi post.

 

3

Tildapatía

Sábado tarde. Leo el capítulo que me ha mandado una alumna de novela. La protagonista tiene visiones donde aparece un enigmático personaje encapuchado. Se quita la capucha y es una mujer rapada al cero: Tilda Swinton.

Sábado noche. Pongo el catálogo de pelis de Movistar y la primera que aparece es Dr. Strange. Me la perdí en su momento, así que vamos allá. A los pocos minutos aparece un personaje encapuchado. Se quita la capucha y es Tilda Swinton.

Joder, casi me caigo del sofá del susto.

Luego pienso: seguro que mi alumna habrá visto la peli. Es una cita.

Y consigo dormir.

Lunes tarde, clase de novela. Le pregunto a mi alumna y no. No ha visto Dr. Strange. Dice que pensó en Tilda porque su rostro era perfecto para esa visión, pero que visto lo visto pondrá el nombre  de otra actriz.

Pero el mal ya está hecho. ¿Casualidad? ¿Superpoder? ¿Tengo que hacer la primitiva?

A veces me doy miedo.

2

Los rodajes y yo

Voy poco a los rodajes de mis guiones porque lo paso mal. No por falta de confianza en el equipo, sino todo lo contrario. Creo que el guion es la primera pieza de una larga cadena de montaje, y que  cuando entrego la última versión, mi trabajo ha terminado; y esa historia, esos diálogos, esas imágenes escritas que hasta entonces sentía que me pertenecían, pasan a ser propiedad de otros: del director, de los actores, del operador de cámara, del atrezzista.

Pertenezco a una generación y a un país donde la figura del guionista-productor ejecutivo nunca se ha contemplado seriamente, así que hace tiempo que asumí con orgullo mi rol de escribidor profesional y punto. Así que en mi caso, el cine consiste precisamente en eso, en facilitar que ese trasvase de poderes desde la escritura hasta la pantalla sea lo más fluido posible. Y por eso tengo la sensación que  no pinto nada en los rodajes, de la misma manera que me pondría nervioso pillar a los actores espiándome por encima del hombro mientras acabo la última versión del guion.

Eh, y estoy contento así. Después de todo, creo que me ha tocado una de las mejores partes de la criaturita-película: desde que aún no ha nacido hasta que empieza a balbucear sus primeras palabras. Entonces llega el relevo de profesionales, la acogen, la hacen suya y le enseñan a crecer, a tomar forma, a volar por su cuenta. Y al final, en el aterrizaje, pasa a ser de los espectadores.

Ahí sí que suelo disfrutar: viendo en la pantalla en qué se ha convertido esa cosa inmaterial con la que jugaba mentalmente al principio del proceso. Pero en los rodajes me ataca una absurda ansiedad, el mismo miedo irracional que siento ante mi hija adolescente: Oh, Dios, ¿qué estudiará? ¿Conseguirá trabajo? ¿Encontrará una pareja que la quiera como se merece? En fin, como le repetía el vizconde de Valmont a Madame de Tourvel: «No puedo evitarlo.»

 

1

Para Jordi Gago

Esta es una de las pocos fotos que tengo de él. Es de la época de La Cosa Nostra. Finge hablar por teléfono, pero es mentira. Lo descolgó en el último segundo para «salir más natural en la foto.» Jordi Gago era así: absurdo, imprevisible, un genio (pero de los de verdad, no en el sentido trillado con que últimamente suele usarse esta palabra).

Para ser más preciso, era un genio a contratiempo: no tenía whatsapp, ni facebook, ni twitter, ni Instagram. Ni siquiera tenía móvil. Correo electrónico sí, pero lo usaba lo mínimo y si no había más remedio.

Eso sí: siempre me llamaba el día de mi cumpleaños (mejor dicho: el día antes o el día después, porque llamar el mismo día le parecía «de mal gusto»); y con la excusa de felicitarme hacíamos balance de cómo nos había ido el año. Y os puedo asegurar que no eran charlas cortas, hubo una que pasó de la hora y media. Aún tengo media oreja roja.

Era uno de esos amigos a los que veía muy poco, una vez cada tres o cuatro años. Y sin embargo, cuando se producía el encuentro, era como si acabáramos de vernos el día antes. Como si Jordi fuera mi compañero de piso, mi sombra, mi hermano. Eso es algo que me ocurre con muy poca gente, Jordi, que lo sepas ahora, que nunca te lo dije.

Una vez, a la salida de una reunión con los jefazos ,  le comenté partiéndome de risa: «Joder, no he conocido a nadie que intente colar lo mismo con tanta insistencia». Porque por esa época llevábamos la tira de reuniones juntos, y él siempre acababa echando mano de su libreta llena de gags que aún no le habían aceptado. Esperaba un mes o dos, y volvía a presentarlos como si fueran nuevos. Y si no salía bien, vuelta a insistir.

Entonces, él se encogió de hombros y murmuró con su rostro impertérrito, a lo Buster Keaton: «Que no te compren una idea no quiere decir que sea mala. A lo mejor los que la han rechazado no estaban preparados en ese momento. ¿De qué sirve que intentes pensar otras?»

Alguien debería esculpir estas palabras. Mientras, por favor, recordad que fue mi amigo Jordi Gago quien las pronunció.

Siempre a tus pies, compañero.

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Nous guionistes

Repte superat un any més. En menys de dos mesos, aquests cracks que veieu a la foto han assimilat la teoria de com s’escriu una sèrie per a la televisió i han presentat la Bíblia de dos projectes, «Falsa moneda» i «Julia», que inclou el guió del pilot i l’arc argumental de la primera temporada. En resum: han currat com cabrons.

Buf! Encara no m’ho crec.

Que un grapat d’estudiants de l’Escola Universitària Politècnica de Mataró aconsegueixi el que és a l’abast de pocs guionistes professionals, cada any em sembla un miracle. Així que, nanos, moltes gràcies per l’esforç, per la passió, i per demostrar-vos a vosaltres mateixos que els números de loteria s’han de comprar amb suor. Ara, ja ho sabeu: sortirà escollit un dels dos projectes. El jurat ho té difícil. Però guanyar, ja heu guanyat tots dos grups. Heu parit dues grans sèries. I ho dic de debò.

A partir d’ara, s’acaba el guió i… Bon rodatge!

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