Soy

No paran de decirme que soy lo que como, lo que viajo, los followers que tengo, las series que he visto, lo que escribo, los vips que conozco, lo que gano.

Hubo un tiempo en que era tan imbécil que casi me lo creo.

En realidad es todo más sencillo y complicado a la vez.

Soy lo que amo.

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Demuestra que eres humano

Me llaman la atención los métodos que usan la mayoría de webs para demostrar que soy humano. Copiar una serie de letras. O hacer una suma del tipo 4 + 1.

¿Pero qué mierda es esta?

¿Es eso lo que me diferencia de un robot? Joder, cuando me cortan la cabeza no suelto un líquido blancuzco que parece semen. Pago autónomos. Y a veces entorno los ojos y cito a Ambrose Bierce para hacerme el chulo.

Eso los putos robots no lo hacen (creo).

Además, si yo fuera un malo malote de los de las pelis de James Bond y hubiera inventado una máquina de inteligencia artificial con la intención de colarme en una web con intenciones ponzoñosas, a lo mejor (y lo recalco: sólo es una hipótesis) le habría instalado una cámara para poder leer las series alfanuméricas. Incluso le habría añadido una calculadora de bolsillo, que no falte de ná.

A lo mejor es que las pruebas para demostrar que soy humano las hacen los robots.

O a lo mejor es que algunos no-robots se están deshumanizando. Y sí, lo habéis acertado: lo digo por una situación concreta que estoy viviendo estos días y que me tiene flipado. Muy flipado.

Lo voy a dejar ahí, en subtexto. No sea que haya robots espiando mi post.

 

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Los rodajes y yo

Voy poco a los rodajes de mis guiones porque lo paso mal. No por falta de confianza en el equipo, sino todo lo contrario. Creo que el guion es la primera pieza de una larga cadena de montaje, y que  cuando entrego la última versión, mi trabajo ha terminado; y esa historia, esos diálogos, esas imágenes escritas que hasta entonces sentía que me pertenecían, pasan a ser propiedad de otros: del director, de los actores, del operador de cámara, del atrezzista.

Pertenezco a una generación y a un país donde la figura del guionista-productor ejecutivo nunca se ha contemplado seriamente, así que hace tiempo que asumí con orgullo mi rol de escribidor profesional y punto. Así que en mi caso, el cine consiste precisamente en eso, en facilitar que ese trasvase de poderes desde la escritura hasta la pantalla sea lo más fluido posible. Y por eso tengo la sensación que  no pinto nada en los rodajes, de la misma manera que me pondría nervioso pillar a los actores espiándome por encima del hombro mientras acabo la última versión del guion.

Eh, y estoy contento así. Después de todo, creo que me ha tocado una de las mejores partes de la criaturita-película: desde que aún no ha nacido hasta que empieza a balbucear sus primeras palabras. Entonces llega el relevo de profesionales, la acogen, la hacen suya y le enseñan a crecer, a tomar forma, a volar por su cuenta. Y al final, en el aterrizaje, pasa a ser de los espectadores.

Ahí sí que suelo disfrutar: viendo en la pantalla en qué se ha convertido esa cosa inmaterial con la que jugaba mentalmente al principio del proceso. Pero en los rodajes me ataca una absurda ansiedad, el mismo miedo irracional que siento ante mi hija adolescente: Oh, Dios, ¿qué estudiará? ¿Conseguirá trabajo? ¿Encontrará una pareja que la quiera como se merece? En fin, como le repetía el vizconde de Valmont a Madame de Tourvel: “No puedo evitarlo.”

 

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Payasadas de ayer y hoy

La payasa de Alba se me plantó así delante el otro día, homenajeando sin saberlo (porque nunca lo ha visto) al mítico Arús de Nuñito de la Calzada.

Supongo que los hijos son eso, los verdaderos ministerios del tiempo.

5

El libro que toca y el que toca la fibra

En un mundo normal, nadie debería preguntar qué libro debe leer.

No existen los gustos literarios universales, del mismo modo que no hay una postura universal para disfrutar al máximo del sexo. Hay momentos para hacerlo sin prisas, con luz tenue y música de fondo; y otros, para un aquí te pillo aquí te mato. Y hay momentos para un novelón y otros para una novelita ligera. Lo importante es leer siempre lo que nos pide el cuerpo.

Salió este tema ayer mientras me entrevistaban en la radio, y dije lo que pienso, que los lectores esclavos de las novedades (la gente ansiosa por comprar y/o leerse los títulos que salen anunciados por la tele), a lo mejor se pierden miles de mundos imaginarios con los que disfrutarían mucho más (el día de Sant Jordi o el de Nôtre Dame de Mont Carmel, eso da igual). Y puse un ejemplo: a los dieciocho años salí a la caza de lectura por una de esas ferias de libros con tenderetes en la calle; me pasé un buen rato curioseando, tocando, hojeando. Y, de pronto, un título llamó mi atención: “Una tumba sin fondo”. Lo abrí por la primera página y leí:

“Una mañana de junio de 1872, temprano, asesiné a mi padre, acto que me impresionó vivamente en esa época.”

Lo cerré, conmocionado. Pagué y me lo llevé a casa temblando de emoción. Acababa de descubrir a Ambrose Bierce, uno de mis autores favoritos de todos los tiempos. Y todo porque no salí de casa decidido a conseguir la última novedad, esa que “tocaba” leer a todo el mundo. Salí a buscar algo que me apeteciera.

Y ése es el truco que intento inculcarle a mi hija desde muy pequeña. Creo que es la mejor manera de encontrarle el gusto a la lectura.

Por cierto: ya veis en la imagen que sigo conservando el libro de Bierce. Está hecho polvo, pobrecito, pero sigue siendo  uno de mis mayores tesoros.

3

El plan

No es habitual que un domingo a primera hora dedique un valioso tiempo de mi vida a pensar que si 66 personas decidieran sumarse de pronto a mis actuales amistades de Facebook tendría 999, que vistas al revés serían  666, el número de la bestia, y que eso (teniendo en cuenta que siempre he creído en el poder mágico de los números) podría acabar provocando que mi vida social (en el sentido virtual de la expresión) fuera un infierno. No es habitual, repito, pero el caso es que ni siquiera he desayunado aún y aquí estoy, trazando un desesperado plan de supervivencia: a partir de hoy solo colgaré pensamientos absurdos en la red para evitar que se me añadan más amigos.

Y vosotros diréis: este tío podría estar haciendo cosas más interesantes. Pues a lo mejor. Pero lo primero es lo primero.

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