Archivo de la categoría: CRÍTICAS

In-Edit para leer

“Era uno de esos sábados nublados en los que el sofá de casa parece dar sentido a tu existencia. La siesta familiar más larga del mundo (en pijama, de profesionales) dio paso a una ensaladera llena de palomitas y a su correspondiente peli. Escogimos el documental del que todo el mundo hablaba, uno que había ganado el Óscar y que contaba la vida de un cantante que no conocía ni Dios. Y ya está. En el momento de darle al play, esos eran todos los datos que mi hija, mi mujer y yo teníamos de Searching for Sugar Man.”

Así arranca “El día que Sugar Man hizo llorar a Alba”, mi artículo para el súper libro de Toni Castarnado sobre el Festival In-Edit, que cuenta con la colaboración de muuuuucha gente sabia (y ahí es donde destaco yo, como nota discordante).

El día 4 de octubre se presenta en la Moritz.

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10 motivos para leer “El tiempo de la luz”

  1. Los personajes. Siempre comparo una novela con el ajedrez: no puede haber piezas que ejecuten el mismo movimiento o la partida no chuta. En la novela de Sílvia Tarragó los roles de los personajes, lo que les impulsa a actuar y sus conflictos están meditados al milímetro. A la luz se opone siempre su sombra. Hay un doctor Artigas como contraste a Manuel.
  2. Las tramas. Dejad que lo diga claramente: hay novelas románticas tan empalagosas y con tan poca chicha que deberían estar prohibidas por sanidad, por respeto a la salud mental de los lectores y lectoras. En “El tiempo de la luz” nunca pasa eso, porque la historia de amor principal sólo es el tronco del que van surgiendo otras historias.
  3. Escenarios fascinantes. Empezando por la Avenida de la luz, del título; pero también la Casita Blanca, el Liceu la noche en que debutó Josep Carreras o el Bellamar de Premià.
  4. Un riguroso trabajo de documentación que va desde hechos históricos a los pequeños detalles (para mí los más importantes) . Por citar un ejemplo, esa cita de los Mad Men españoles de la época: “No se pinte los labios. Avívelos con Marilú de Pimpinela”. Eso contribuye a hacer creíble un paseo histórico de medio siglo, desde 1940 al epílogo de 1990. Y en el que la actitud de los personajes también está “documentada” (como la mentalidad machista de todas las mujeres, a excepción de Lorelei… y porque viene de fuera)
  5. El ritmo. Cuando conviene, la escritura es pausada, reflejando el ritmo de una época anterior a twitter. Como cuando Rosita y Coral pasean por las Ramblas. Pero si hay que acelerar el ritmo en una escena en la que alguien es tiroteado, la autora se arremanga y lo hace sin que le tiemble el pulso.
  6. Recursos narrativos. Ligado con el anterior. Pero no sólo hay un dominio del ritmo. También hay giros sorprendentes en esta novela, como cuando resurgen personajes del pasado. O momentos en los que el lector es el único testigo de que alguien ha sido acusado injustamente de un asesinato. O ese recurso (tan querido por los guionistas de series) del cliffhanger, en este caso acabando en alto muchos capítulos para obligarnos a seguir leyendo.
  7. Coral sí, pero… En mis clases de novela en l’Escola d’Escriptura de l’Ateneu suelo pelearme con alumnos que no entienden este concepto: una novela puede ser coral, pero al menos tiene que haber un héroe con el que identificarse. En El señor de los anillos sale mucha peña, y la mayoría hace cosas heroicas… pero de héroe real (en el que volcamos toda nuestra empatía) sólo hay uno: Frodo. Sílvia Tarragó tiene esa lección bien aprendida, y aunque en su novela hay un montón de personajes, desde el principio queda claro por quién apuesta: Julia.
  8. Camaleonismo estilístico. Que es una forma súper complicada de decir “bien escrita”. Cuando el estilo tiene que ser poético, lo es (“En ese ámbito robado a la oscuridad se había abierto un paréntesis en el que el ayer confluía y el mañana había dejado de existir”); y cuando el cuerpo del lector le pide marcha, no se corta (“De un manotazo le desgarró las bragas, la apoyó contra la pared y la penetró”).
  9. El humor. No hay mucho, y quizás no muy evidente, pero el que hay provoca una sonrisa. A mí, al menos, me hace mucha gracia que todo un Almirante de la marina se quede tieso viendo Blancanieves.
  10. Conozco a Sílvia,  me cae muy bien y, además, también le gustó mi último libro.  Así que vamos uno a uno.
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Amrita

Una vida apasionante. Una mujer nacida para convertirse en mito. Descubridla en este libro de Alfredo de Braganza, su opera prima literaria, que exhibe un trabajo de documentación admirable y una gran habilidad para entretejer la realidad con la  ficción. Tenéis que leerlo. Así, cuando se estrene la película (algo que sucederá tarde o temprano) podréis decir aquello de “Me gustó más el libro”.

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¿Subimos o bajamos?

La humanidad ha tardado siglos de historia en plantearse preguntas cruciales como la que ha triunfado esta semana: ¿el gato sube o baja?

Desde todos los confines han aparecido seres dispuestos a desentrañar la respuesta, tal vez los mismos pioneros que, en su día, trataron de averiguar si aquel famoso vestido era blanco y dorado o, por el contrario, azul y negro. Respiro tranquilo porque sé que, a este paso, mi hija va a vivir en un mundo decidido a solucionar sus problemas más cruciales, cueste lo que cueste.

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Mi vida con Corbacho

La otra noche, sentado en el patio de butacas del Teatre Barts de Barcelona descojonándome con “Corbacho 3G”, me dio por echar la vista atrás, y descubrí que hace quince años que Jose y yo nos conocemos. Empezamos nuestra relación de un modo casual e indirecto, porque sin que nos conociéramos me tocó escribir el primer sketch con el que Jose empezó su colaboración con El Terrat, en La Cosa Nostra. Si no recuerdo mal, su papel era el de un tiburón de Telefónica que acababa de adquirir el plató: irrumpía a medio programa e iba comentando los cambios que harían. Acabé de ver el sketch y pensé: “Es la primera vez que alguien larga un texto mío sin saltarse una coma.” Afortunadamente, no sólo lo pensé sino que lo dije en voz alta, así que tengo testigos. Jordi Gallur estaba ahí.

Luego, Jose y yo empezamos a coincidir en mil proyectos. Recuerdo con especial cariño tres: la mini-serie de sketchs “Buscar al soldado Ramos”, los “A pèl” con Santi Millán y, sobre todo, “La última noche”, ese hijo putativo del Sathurday Night Live que parió Corbacho y que Tele 5 se cargó en el peor momento, cuando iba más lanzado. ¡Cuánto talento llegó a reunirse en ese barracón de guionistas!  Tuve la ocasión de trabajar con los Olivares brothers (Javier y Pablo), con Juan Cruz, Eloy Salgado, Fernando Eiras… ¡Cómo disfrutamos imaginando esa parodia de saga espacial en la que el androide de a bordo tenía apariencia de centollo y el comandante se llamaba Paracetamol!  La noche de “Corbacho 3G” volví a encontrarme con uno de los actores de “La última noche”, Juanjo Pardo (al que no veía desde entonces), me reconoció a pesar de la calva y recordamos con nostalgia esos momentos. Eso es algo que en este mundillo no suele ocurrir.

Pero con el de l’Hospitalet hemos vivido muchas aventuras más. Muchísimas. En tres meses llegué a escribir dos versiones distintas de un largometraje protagonizado por el Neng de Castefa (el gran Edu Soto) que tenía que dirigir Jose y que, al final, no pudo ser. Luego vino el exitoso “Homo zapping” (que viví más de lejos que otros programas, porque ya había sufrido mis primeros trescientos ataques de ansiedad y me había convertido en uno de esos tipos que van de guay y mandan los guiones desde casa).  Y vinieron más programas. Y galas de premios. Y de pronto, Jose y Juan Cruz volvieron a confiar en mí para parir una serie de televisión, que al cabo de un año, más o menos, acabó derivando en otra distinta, ya sin el primer equipo (estas cosas suceden en televisión); pero que me quiten lo bailao, porque nunca he aprendido tanto en mi vida de contador de historias. Y luego vino una peli de animación de Mariscal con la que Jose y yo batallamos durante meses (excursión a Formentera incluida), y que, afortunadamente para el mundo del cine de este país, tengo entendido que sigue en marcha, aunque con otro equipo (y sí: estas cosas también suceden en animación).

Y llegamos al punto en el que Jose se puso a preparar este último espectáculo, “Corbacho 3G”, y aunque yo ya no estaba en El Terrat, un día me llamó, me mandó el texto, a la mañana siguiente quedamos en una cafetería de Vilassar de Mar (que sería como la versión pija de otra cafetería con el mismo nombre, que a su vez también tiene una tienda, llamada igual, donde puedes encargar pollastres a l’ast  y otras comidas por teléfono), nos tomamos un café con leche, y yo le dije tres o cuatro tonterías que me habían pasado por la cabeza. Él las apuntó (no lo parece,  pero es muy disciplinado); y, sólo por eso, ya me ha puesto de colaborador en el programa de mano. Eso demuestra cómo es este personaje al que a lo tonto, como decía, conozco desde hace quince años. Los mismos que tiene mi hija. Y no sé cual de los dos me ha dado más trabajo.

Por eso, y por otras muchas cosas, ya tocaba dedicarle un post. Un post que terminaré diciendo: corred a ver “Corbacho 3G”. Porque sí, porque el artista lo vale. Y lo más importante: porque te ríes mucho.

 

 

 

 

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El crítico

De todos los personajes relacionados con el mundo de la creatividad, es el crítico quien despierta mi mayor ternura. Desde mi punto de vista, el crítico es alguien que tiene tanto miedo de crear algo mediocre que, en vez de intentarlo, dedica todo su talento y energía (su vida, en definitiva) a buscar la perfección en los demás.

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La paciencia y el arte

Esto no es una foto. Es una pintura al óleo sobre madera de Bryan Drury. Hiperrealismo en su máxima expresión. No soy crítico de arte, así que no pienso meterme en el pantanoso debate sobre si las obras de este estilo tienen más o menos mérito que, pongamos, las de un Tàpies. Sólo quiero decir dos cosas: 1) No te levantas un día cualquiera, haces el pis matutino y, antes de desayunar, te plantas ante una tela en blanco (una madera, en este caso) y, en un arrebato de genialidad, pegas cuatro brochazos furiosos y  ya lo tienes. Una obra así exige mucha energía y disciplina, además de un dominio absoluto de la técnica. Intuyo que es como escribir una novela (sumando árbol tras árbol hasta completar el bosque, como diría Murakami), sólo que con un pincel. Prohibido precipitarse, o todo se va al carajo. Y 2) ¿Te imaginas que, una vez terminado, la modelo le echa un vistazo y te dice: “Uy, no, me has sacado demasiado seria. Píntame otro.”

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Gravity: viaje alucinante al fondo de la depre

Gravity podría haber sido uno de aquellos ñoños telefilms de sobremesa de un domingo por la tarde en Antena 3. Podría haber arrancado con una madre que despide amorosamente a su hija a la puerta de la escuela, se va al trabajo (de doctora especializada), y la llaman para comunicarle que su hija ha muerto en un estúpido accidente.  La protagonista cae entonces en una profunda depresión  acompañada de las inevitables crisis de ansiedad; le baja la autoestima (con frases tipo “Dios, yo no sirvo para esto”), deja su trabajo y contempla cómo su marido, también golpeado por la tragedia, se va distanciando cada vez más, hasta que llega un momento en que no le reconoce, es un hombre destrozado, un lastre más en su vida. Por eso, aunque su psicólogo le aconseje que se agarre a él, no tiene más remedio que abandonarlo. En cualquier caso, menos mal que cuenta en todo momento con su psicólogo, que además de tener sentido del humor es guapo (aunque no tenga los ojos azules sino castaños), y que le enseña a respirar a sorbitos y no a tragos largos para superar las crisis de ansiedad. Pero llega un punto en que ella adquiere dependencia de él, se siente atada como con un cordón umbilical, y él, que es un peazo profesional, corta ataduras y le dice que es el momento de superarlo sola (“Tú puedes, nena: yo confío en ti”).

Ella busca puntos de anclaje diversos: tal vez una visita a su madre, que vive a cien kilómetros, y que le ofrece un refugio temporal; hasta que discuten y la cosa acaba incendiándose. Tal vez un revolcón fugaz con otro hombre (ruso o asiático), que está a punto de hundirle en otra profunda depresión; pero entonces recuerda los consejos del psicólogo, saca fuerzas de flaqueza y sigue adelante. Tal vez emprende una nueva vida en otro país exótico…

Buf. Eso podría haber sido Gravity. Un pestiño indigerible. Afortunadamente, en manos de Cuarón todo lo trillado se convierte en metáfora visual, y el resultado es hipnótico, emotivo y apabullante. Y  lo más extraordinario es que como peli de acción también funciona.

Hay, incluso, quien la confunde con una peli de astronautas.

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Los planos invisibles

Hay en “Amor” (Michael Haneke, 2012) tres planos que son maravillosos porque no existen. 1) Al principio, cuando los bomberos entran en la casa de Georges y Anne, la vemos a ella en la cama, rodeada de flores. Pero no a él. Luego, al final de la película, comprendemos por qué: mostrar el destino real de Georges habría roto de un hachazo la poesía del desgarrador sueño final, cuando Anne le llama para salir juntos y le dice que coja el abrigo, como si fueran a un concierto. 2) Sucede al final del breve flash-back en el que Georges contempla a Anne tocando el piano. Seguir leyendo Los planos invisibles

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