Gatsby y las chonis

Llego diez minutos antes de empezar la peli y las dos adolescentes del asiento de atrás ya han empezado su charla:

-El tío va de enrollado pero es un perroflauta, tía.

-¿Un qué? Querrás decir iaioflauta.

-¿Qué? No lo pillo, tía.

-Iaioflauta. Son los viejos que van a las manis. Es iaioflauta, no perroflauta. ¿De dónde has sacado perroflauta, tía?

-Que te juro que se llama así, tía. Es otra cosa distinta. Los perroflautas no son viejos, son tíos que van rapados.

-No, tía. Eso son… ¿Cómo se llaman? Los que mataban judíos, pero de ahora, tía. Tienen otro nombre seguro.

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El Jajajajaja

El otro día un amigo me mandó por email una cosa tremendamente graciosa y yo no le respondí con Jajajajaja. ¿Me convierte esto en una mala persona? Ni idea.

El caso es que me cuesta engancharme a esta moda (llámalo moda, llámalo como te dé la gana), seguramente porque en una conversación cara a cara no suelo reírme a carcajadas ni con mis amigos más graciosos. Ni siquiera me reí a carcajadas cuando el telediario de TVE recomendó a los parados un remedio infalible para calmar la ansiedad: rezar. Rezar y poner velas.

Ja.

(¿Lo veis? El chiste es genial, y sólo me provoca una hierática sonrisa. Qué raro)

En fin. Supongo que los Jajajajajaja aspiran a sustituir a los tristemente célebres emoticones de la risa, que ya nacieron horteras y mariquitinis.  Sería como apoyar la tesis contraria a “Una imagen vale más que mil palabras”, e ir añadiendo un “Ja”, y otro, y otro más, a medida que queremos simular un mayor descojone.

Supongo.

Y supongo que si la cosa funciona, pronto se hará extensivo a otro tipo de reacciones. Si alguien te manda un comentario erótico, deberás responderle “Ahhhhhhhhhhh”, así, como corriéndote; si te dice algo que te duele,  “Ayayayayayay”. Y si te pide que imites una moto arrancando, “Brumbrumbrumbrum.”

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Asesinos en serie

Me despierto con una idea de serie en la cabeza. Una mezcla de “Instinto Básico” + “Twin Peaks” + “Fringe”. Un detective especializado en casos paranormales sigue la pista de una asesina en serie (rubia, por supuesto) que posee un curioso método de asesinato: folla con sus víctimas y, en el momento del orgasmo, emite un  chillido ultrasónico que les fríe el cerebro.

Me da el subidón típico del café de primera mañana y pienso: recórcholis, he aquí la semilla de la HBO española. La tele del futuro. La polla en vinagre.

Luego pongo la radio, me desnudo, me meto en la ducha y oigo lo del tijeretazo a la ley de dependencia de Rajoy.

Mierda.

Como de costumbre tendré que pensar otra idea.

También en asesinos en serie la realidad supera a la ficción.

(En la foto, el Lecter español en sus inicios)

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Asco de derecha

La derecha da asco en general, pero en España más. Será por esa mierda de transición, tantas veces elogiada, y que a la larga sólo sirvió para que no se juzgara a nadie por sus crímenes de guerra, para que algunos cerdos franquistas siguieran chupando del bote varios lustros más y para que la extrema derecha no necesite más que un partido supuestamente de centro para seguir influyendo en el poder.

La derecha en España da asco, porque cuando está en la oposición miente para llegar al poder; y, cuando ya lo tiene, sigue mintiendo para conservarlo. Pero con más chulería.

El ejemplo más reciente es su actual campaña contra  la Plataforma de afectados por la Hipoteca. Continuar leyendo «Asco de derecha»

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Puesta en escena

Observad atentamente esta foto. ¿No hay algo que os llama la atención? Una pista: no son los dos tipos con corbata que hay en primer plano, Hollande El Guay y Monti El Tecnócrata. Correcto: son los otros, los de la casaca y el el gorro a lo Marge Simpson. Empiezo a sospechar que lo que distingue a un mandatario de un indignado es eso, que mientras unos aporrean cacerolas los otros revisten el más insubstancial de sus actos públicos con una puesta en escena que haría las delicias de Andrew Lloyd Webber. Que sí, que a la gente normal nos pueden parecer rimbombantes, anacrónicos, ridículos. Pero, a criterio de sus asesores de imagen, les sigue funcionando, igual que les funciona, aún, al Papa de Roma y sus secuaces. A lo mejor es que el hombre del siglo XXI no ha evolucionado tanto, y sigue adorando al César porque siempre se presenta ante el pueblo rodeado de legiones.

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El colibrí enano, Batman y los listos

Hay gente que entiende tanto, pero tanto, de una cosa (de literatura, Formula 1 u ornitología, eso da igual) que muere un poco por dentro cada vez que tú  (que, por supuesto, entiendes mucho menos), coincides con él en la valoración del último Houellebecq, los neumáticos que debería usar Fernando Alonso o el potencial erótico del rito de apareamiento del colibrí enano de Borneo. Notas en el brillo de sus ojos ese halo de fingida condescendencia, como diciendo: “No, si al final acabarás entendiendo”. Mientras por dentro se pregunta: “¿Me habré equivocado esta vez? Si le gusta a ese paleto, no puede gustarme a mí.”

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España

A lo mejor saldría a cuenta hacer lo que se hace cuando algo no funciona: exigir que nos devuelvan el dinero.

A lo mejor saldría a cuenta dejar de esperar algo decente de esa gente con corbata que aplaude sin rubor  sus propias mentiras.

A lo mejor saldría a cuenta subastar por Ebay todos los gadgets militares y dejar que alguno de nuestros miles de países enemigos (o, incluso, una malvada civilización extraterrestre con garras mutantes y fobia al rojo y gualda) nos invadiera. Peor no nos iría.

A lo mejor saldría a cuenta apostar en I+D, aunque sólo fuera por inventar Matrix y poder mandar al campechano Rey y a toda su estirpe a chupar de un bote virtual.

A lo mejor saldría a cuenta disfrazarse de minero. Todos. Con pico y pala. Y esperar a esos canallas, uno a uno, en una calle oscura. Sólo para darles un sustito.

A lo mejor saldría a cuenta eliminar el fútbol por decreto ley, para que a nadie le quedara esa expresión de gilipollas por haber estado gritando “Españaaaaa” una semana antes del gran batacazo.

En serio.

A lo mejor saldría a cuenta.

Lo digo por reconvertir en pensamientos positivos toda la mala leche que ellos, y solo ellos, se empeñan día a día en inculcarnos.

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Mr.Marshall

Llamadme clásico pero a mí Las Vegas, como concepto, me gusta en Las Vegas. Las Vegas era un desierto antes de existir. Era La Nada. Y la idea que  de La Nada surjan, como setas, montones de casinos, hoteles, cañones de luz que se ven desde la Luna y curas disfrazados de Elvis a mí no me molesta. Lo que me molesta es que, de pronto, hablen de meter toda esa marcianada no en un área de Port Aventura, que molaría, sino a costa de unos campos de cultivo que no tienen ninguna culpa; a costa de un país como Catalunya que, durante años, ha vivido de un turismo atraído, entre otras cosas, por su legado cultural. Pensar que, de la noche a la mañana, podemos ver el sky line del Baix Llobregat roto por un hotel imitando las torres de la Sagrada Familia pero con antenas parabólicas en la punta y un cartel de neón anunciando “Hotel El Black Jack modernista”, me pone los metafóricos pelos de punta. Así que cruzo los dedos y espero que, de nuevo, Mr. Marshall pase de largo, siga su camino hacia Madrid (donde el invento pega más) y nos deje pensar soluciones contra el paro a nuestra manera.

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El periodista indeseable

Cuando estudiaba primero de periodismo en la Autónoma, todos queríamos ser Günter Wallraff, etiquetado como “El periodista indeseable” desde que Anagrama tituló así un libro de los setenta que resumía su vida y milagros. Éramos unos críos. Soñábamos que algún día haríamos en nuestro país lo que hacía el alemán. Soñábamos que en un futuro 2012, cuando ya fuéramos periodistas bragados, nos pondríamos un bigote postizo y, hablando catalán con acento de guardia civil, nos infiltraríamos en los Mossos de Esquadra durante meses, para ver qué consignas nos daba Felip Puig para enderezar a esos cabrones perroflautas del 15M. Nos pondríamos un traje azul marino y una corbata fucsia y nos infiltraríamos en el PP (o en Bankia), para ver en qué se estaban pateando los 100.000 millones de euracos del rescate: en percebes o en putas. Sí, amigos: Wallraff era nuestro gurú, el bad good boy con cierto halo de detective privado chandleriano que metía la nariz donde nadie le llamaba, y destapaba toda  la mierda que hasta entonces había permanecido oculta.

Joder, cómo ha cambiado todo.

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La derrama

Vivo en una comunidad con muchos bloques y cerca de un centenar de pisos. Eso se traduce en  navajazos en las reuniones de vecinos. Sin embargo, hay temas que se aprueban porque no hay más huevos. Por ejemplo: el pasado año se detectó humedad en la fachada, nos presentaron un informe técnico, varios presupuestos, y  nos tocó pagar un pastón de derrama, seiscientos euros por piso.

Por lo visto, ahora, con lo de Bankia, la torta nos sale todavía más cara: quinientos euros por vecino de esa cada vez más decadente comunidad llamada España. He dicho por vecino, sí, no por familia. Como en casa somos tres, eso son mil quinientos euracos.

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