El libro que toca y el que toca la fibra

En un mundo normal, nadie debería preguntar qué libro debe leer.

No existen los gustos literarios universales, del mismo modo que no hay una postura universal para disfrutar al máximo del sexo. Hay momentos para hacerlo sin prisas, con luz tenue y música de fondo; y otros, para un aquí te pillo aquí te mato. Y hay momentos para un novelón y otros para una novelita ligera. Lo importante es leer siempre lo que nos pide el cuerpo.

Salió este tema ayer mientras me entrevistaban en la radio, y dije lo que pienso, que los lectores esclavos de las novedades (la gente ansiosa por comprar y/o leerse los títulos que salen anunciados por la tele), a lo mejor se pierden miles de mundos imaginarios con los que disfrutarían mucho más (el día de Sant Jordi o el de Nôtre Dame de Mont Carmel, eso da igual). Y puse un ejemplo: a los dieciocho años salí a la caza de lectura por una de esas ferias de libros con tenderetes en la calle; me pasé un buen rato curioseando, tocando, hojeando. Y, de pronto, un título llamó mi atención: «Una tumba sin fondo». Lo abrí por la primera página y leí:

«Una mañana de junio de 1872, temprano, asesiné a mi padre, acto que me impresionó vivamente en esa época.»

Lo cerré, conmocionado. Pagué y me lo llevé a casa temblando de emoción. Acababa de descubrir a Ambrose Bierce, uno de mis autores favoritos de todos los tiempos. Y todo porque no salí de casa decidido a conseguir la última novedad, esa que «tocaba» leer a todo el mundo. Salí a buscar algo que me apeteciera.

Y ése es el truco que intento inculcarle a mi hija desde muy pequeña. Creo que es la mejor manera de encontrarle el gusto a la lectura.

Por cierto: ya veis en la imagen que sigo conservando el libro de Bierce. Está hecho polvo, pobrecito, pero sigue siendo  uno de mis mayores tesoros.

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El nou vaixell de les vagines voraginoses

30 anys després de la seva publicació, apareix una nova versió en format digital d'»El vaixell de les vagines voraginoses», IX premi La Sonrisa Vertical.

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Coberta El Vaixell de les vagines 2016El vaixell de les vagines voraginoses no era el meu primer llibre, però sí el primer que va aconseguir una certa popularitat. Va venir al món l’any 1986. I ho va fer amb un pa de pagès a sota el braç. El vaig escriure amb la fúria i la precipitació amb què ho escrivia tot als vint-i-tres anys: en tres setmanes, gairebé sense dormir, a ritme de tabac i cafeïna. Vaig tenir la poca vergonya de presentar-lo a un dels premis més prestigiosos de l’època, La Sonrisa Vertical; i vaig guanyar. Han passat tres dècades i encara em costa de creure. A vegades somio que truquen a la meva porta tots els membres del jurat (Luís García Berlanga, Juan García Hortelano, Jaime Gil de Biedma, Fernando Fernán Gómez, Juan Marsé, Ricardo Muñoz Suay i Beatriz de Moura) i que, partint-se de riure, em confessen que tot plegat va ser una càmera oculta.

En fi: prou de nostàlgies. L’any passat vaig recuperar els meus drets sobre el llibre i la meva agent, la Teresa, em va dir que estaria bé donar-li una segona vida en format digital. Vaig aprofitar l’estiu per treure i posar paraules, polir alguns diàlegs i, en resum, actualitzar  les mateixes aventures dels mateixos personatges de Txaitània. Estic content amb el resultat. Crec que el llibre s’ho mereixia.

I no em negareu que la nova imatge de la coberta és molt subtil. Molt!

Aquest és l’enllaç per aconseguir el nou vaixell (aviat, la traducció al castellà) a preu de rebaixes de gener.

http://www.amazon.com/dp/B019X3W7GE?ref_=pe_2427780_160035660

Bona lectura. Bon 2016!

 

 

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Amrita

Una vida apasionante. Una mujer nacida para convertirse en mito. Descubridla en este libro de Alfredo de Braganza, su opera prima literaria, que exhibe un trabajo de documentación admirable y una gran habilidad para entretejer la realidad con la  ficción. Tenéis que leerlo. Así, cuando se estrene la película (algo que sucederá tarde o temprano) podréis decir aquello de «Me gustó más el libro».

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Una entrevista

Creo que  es la primera vez que cuelgo en Diario de un calvo una entrevista que me han hecho. Hago una excepción porque esta toca (casi) todas las teclas: guión, literatura, amigos, neuras… Y porque se nota que Montse Bru y compañía me han investigado a fondo: incluso hay un enlace con mis dibujitos. Ahí me han dado.

http://montsebrumedia.com/detras-de-las-escenas-2/vivo-mas-fuera-que-dentro-de-la-realidad/

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La muerte anunciada

Cuando tenía catorce o quince años (iba al Instituto) soñé que un desconocido me apuñalaba en el estómago. Nunca olvidaré su cara. Sus ojos diminutos y malignos, su sonrisa mientras se acercaba parsimoniosamente con el cuchillo en la mano izquierda (era zurdo, recuerdo que ese detalle, absurdamente, me distrajo un instante durante el sueño). Su aliento a tabaco y a alcohol mientras me hería de muerte. Ha pasado mucho tiempo, pero sigo recordando hasta el más mínimo detalle de mi muerte soñada. Todo sucedía en mi antiguo colegio de EGB, La Salle de Premià. Yo me encontraba en la segunda planta (por ningún motivo concreto: los sueños son así) cuando una voz de mujer muy asustada gritaba por megafonía que nadie saliera de las aulas. Y comenzaba a rezar en latín. El latín siempre acojona.

Entonces aparecía ese hombre. No decía nada. Subía muy despacio las escaleras, venía hacia mí, sonriendo de oreja a oreja, y me hundía la hoja hasta la empuñadura.

Yo caía al suelo de rodillas y empezaba a desangrarme, pero un segundo antes de volverse todo negro veía un reloj de agujas que señalaban las ocho y quince. Y, justo al lado, un calendario de pared: 20 de Junio de 2015.

Lo recuerdo porque, por aquellas épocas, me encantaba jugar con los números igual que con las palabras, y lo primero que pensé al despertar fue que las tres cifras, en realidad, eran la misma, porque las ocho y quince también podían ser las 20:15. Y que 20 de junio también podría ser 20/6 (y por tanto, rizando el rizo, 20:1+5). Es decir: tres veces 2015.

Hoy me levanto, miro el calendario, y veo que el sábado fue día 20. De Junio. De 2015. Y que sigo vivo (moderadamente, porque soy autónomo).

Menos mal que no creo en los sueños premonitorios. Me he ahorrado cerca de cuarenta años de ansiedad inútil.

 

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Y yo sin saberlo

Voy por la calle pensando en mis cosas y, de pronto, un cincuentón (barbudo, gafas de sol, barriga cervecera, no lo he visto en mi vida) se me planta delante y me dice:

-Tú eres Bras, ¿verdad? El de Exemplar gratuït. Tío, tú inventaste el Twitter. 

Tardo unos segundos en comprender que habla en serio. Le digo que si hubiera inventado el Twitter no tendría que conducir un coche que tiene 18 años ni llevar las mismas gafas que en 2009, porque a mí, por naturaleza, me encanta cambiar de gafas compulsivamente. Él se ríe con una risa de hiena de dibujos animados.

-Ya sabes por qué lo digo, hombre. Por los microcuentos. Es lo más genial que has escrito.

Y se va. El cabrón me suelta la bomba de Hiroshima, zasca, y me deja tirado como un perro calvo en la Gran Via de Premià.

Qué triste, amigos. Exemplar gratuït se publicó en febrero de 1987 (un mes antes que El vaixell de les vagines voraginoses). Si mi anónimo lector tiene razón y, sin saberlo, inventé Twitter antes que la telefonía móvil (cosa que no tengo por qué poner en duda: todos mis lectores son muy inteligentes, a la par que atractivos), en estos momentos yo estaría pilotando mi propio jet por el Caribe, viendo a Beyoncé y a Charlize Theron luchando en una piscina de barro o lo que sea que hagan habitualmente en sus ratos de ocio los inventores de redes sociales. Y, en vez de eso, aquí estoy, una tarde del sábado, tecleando chorradas en un blog mientras hago tiempo antes de reírme con los silbidos de la Copa del Rey (espero que no me multen por decir eso, o me tocará estar otro año con las mismas gafas).

La próxima vez que se me ocurra algo genial procuraré tener más visión de futuro.

 

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Distintas memorias

Personas mucho más sabias que yo han dicho que los escritores no somos nada sin la memoria. Es la paleta de sensaciones acumuladas donde cada dos por tres mojamos el pincel para pintar nuestros paisajes literarios.

El domingo Nana volvió a meterse con mi memoria. Comíamos en casa de mi hermana y, de pronto, salió el tema de los cines. Inevitablemente, acabamos hablando del que había en mi pueblo de toda la vida, Premià de Mar: el Gran Vía. Era el cine de mi niñez, una de esas salas mastodónticas de las de antes, con programa doble y sesión continua. Si querías, podías entrar a las cuatro de la tarde y salir con los ojos enrojecidos, ebrio de celuloide, a la una de la madrugada.

Hace muchos años que cerró, ahora es un supermercado. El caso es que Nana, de repente, dijo:

-Diles cuántas butacas tenía, Pep.

-Mil doscientas cuarenta.

-¿Lo veis? ¡Tine una memoria rarísima!

Y contó que soy capaz de recordar (con un grado de fiabilidad del 99%) en qué cine vi tal o cual peli (por mala que fuera), con quien la vi, en qué zona nos sentamos y, esforzándome un poco, qué hicimos antes y después.

Ejemplo: antes de ir a ver «Papillón» con mis padres, un sábado por la noche, fuimos a cenar al Bar Meca (que tampoco existe ya). Yo nunca había probado la cerveza, y le pedí a mi padre que me diera un sorbito de la suya. Me dormí antes de saber si Steve McQueen y Dustin Hoffman conseguían fugarse.

Nana cree que esto me convierte en un bicho raro, y no puedo estar más en desacuerdo. Ella, por ejemplo, trabaja en una clínica dental, y es capaz de recordar el nombre y (como mínimo) el primer apellido de todos los pacientes, que son varios centenares. Vamos paseando por el pueblo y empieza a  saludar a gente: ese es fulano, ese mengano, aquel zutano. Yo llevo cuatro clases de mi curso del sketch y aún me hago un lío con los nombres de los alumnos. Concretamente, creo que Víctor es Sergio, y viceversa. Ellos se ríen, creyendo que es un running gag. Pues no: es mi memoria. Olvido nombres. No me fijo en las caras de la gente. A cambio, soy capaz de recordar hasta el más mínimo detalle de situaciones, miradas, olores, sabores, chorradas, de hace veinte, treinta, cuarenta años. Como el número de localidades que tenía el Cine Gran Vía. Como el sorbito de cerveza que tomé en el Bar Meca. ¿Soy más o menos friki por eso? No lo creo. Ocupo el disco duro en otras cosas, ni mejores ni peores.

Y… ¿Por qué os contaba esto?

 

 

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Aventuras a lo CAPka

Voy a recoger los resultados de una revisión rutinaria. Vaya por Dios: en una eco me aparece el hígado ligeramente hinchado y, en un análisis paralelo, demasiada ferritina y los triglicéridos un poquito altos. El médico de cabecera dice «Bah, nada grave», pero arruga la nariz y me manda al digestólogo. Este resulta ser un fantástico personaje secundario que no desentonaría en cualquier relato de Ambrose Bierce. «Si fueras alcohólico te diría que los resultados son normales», me suelta a la primera de cambio. «Ya, pues lo siento, pero no lo soy»,  le digo, fuertemente apenado por tener que darle más trabajo. Él pone los ojos en blanco y me dice que, en ese caso, todo el problema debe de provenir de los triglicéridos (dice «triglicéridosss», así, con varias eses finales y un tono de odio ligeramente sobreactuado, como Bush, Blair o Aznar cuando decían «armasss de destrucción masivasss») Total: que vuelve a mandarme al médico de cabecera para que me ponga a régimen. Salgo, hago diez o quince minutos de cola, pido hora en recepción, vuelvo al cabo de tres días y resulta que mi médico de cabecera está de baja. Me visita una doctora que lo sustituye provisionalmente. Le cuento el caso, pone los ojos en blanco (como si hubiera estudiado en la misma facultad que el digestólogo), me pregunta qué ceno, cuanta carne roja consumo a la semana y me dice que siga así, que lo hago todo la mar de bien, que ningún problema con mis hábitos alimentarios. A mí se me escapa una risa tonta, entre la estupefacción y los nervios: «Entonces, ¿qué le pasa a mi hígado?» «Bueno… eso pregúnteselo al digestólogo.»

Para que luego digan que en los CAP no celebran el Día del libro por todo lo alto. Maravilloso homenaje a Kafka. Eh, y como quien no quiere la cosa.

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People from Ib*z*

Los dos genios de «Tapas», mis queridos Jose Corbacho​ y Juan Cruz​, arrancan su carrera literaria (un poco mayores, pero bueno… más vale tarde que nunca, como dijo Tomasi di Lampedusa). «People from Ib*z*», se llama la novela. Salí de la presentación con ganas de devorarla (porque sí, porque me apetecen vacaciones ya). Pero, conociendo a este par, ya ni me espero, porque seguro que es buena, divertida, emotiva, trepidante… En fin: compradla, recomendadla y, sobre todo, LEEDLA YA. Con cariño, pero es una orden.

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