Desorejado

Andreu me sacó esta foto el otro día. Usó un gadget fotográfico especial, olvidé preguntarle el nombre.  El caso es que doy miedo. No sé si por la proximidad del objetivo, porque no llevo gafas, por el blanco de las retinas o porque de repente me han desaparecido las orejas.

Al principio esto último me pareció lo más angustioso. Después me relajé. Total, para lo que hay que oír.

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El lenguaje

Un señor pasa por la sección de fruta del súper y oye a un tipo decirle a su mujer: “Compra kakis, cariño, los kakis me vuelven loco.” El señor se queda boquiabierto. Corre a preguntarle al tipo: ¿Lo ha dicho usted en sentido figurado, verdad? Lo de volverse loco.

Se trata de una pregunta larga pero retórica.

El señor dedica los siguientes veinticinco años de su vida a tratar de descubrir por qué los seres humanos usamos determinadas expresiones de mal rollo para describir estados de placer. Cuando termina, hecho un anciano, quema los novecientos treinta folios manuscritos de su tesis, alquila un descapotable rojo y le dice a una trabajadora del amor que pasa casualmente por ahí: sube, puta. Cuando el coche alcanza los ciento ochenta, la profesional, obedeciendo instrucciones del señor, se agacha mecánicamente e inicia una lenta felación. Entonces el señor murmura: “¡Me muero de gusto!” Y cierra los ojos, satisfecho, pensando que al menos una vez en su vida habrá conseguido hablar con propiedad.

PD: En la versión americana la chica sale ilesa, hereda el descapotable y se hace monja.

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La memoria

Hay una frase de Mark Twain que siempre me ha gustado: “De pequeño solía recordarlo todo, hubiese sucedido o no.” Refleja muy bien lo que somos los seres humanos: máquinas de inventar batallitas en potencia. Idealizamos los recuerdos a nuestra voluntad, borramos los malos, mejoramos los buenos. El mar donde nos bañamos por las vacaciones es más turquesa cuando lo describimos en la cena de amigos. La anécdota de la mili es mucho más graciosa. El funeral, más emotivo. Seguir leyendo La memoria

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