Buenafuente

No lo entiendo. Acabo de asomarme a la ventana y en mi calle todavía no hay ni un solo balcón con crespones en señal de luto por la muerte de la televisión en este país. Una muerte que se resume en tres palabras: Hoy termina “Buenafuente”. Son tres palabras para la historia, como “Veni Vidi Vici”, “Alea Jacta est” o “Andreíta cómete el pollo” (Bueno, estas últimas son cuatro, pero no seamos tiquismiquis, no mientras nos cae el moquillo de emoción).   Continuar leyendo “Buenafuente”

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El niño desaparecido

Hice estos dos dibujos, por separado, cuando trabajaba en TVE en Sant Cugat. En el original, el niño con orejas de Palomino y cara de mala hostia era mucho más pequeño que el bocadillo de sus pensamientos. Pero se me ocurrió la idea de mezclarlos, y como aún no existía la informática (¡Qué antediluviano parece ahora: redactábamos las noticias con máquina de escribir y papel carbón!), se me ocurrió ir sacando ampliaciones/ reducciones de uno y otro con la fotocopiadora, hasta que el efecto me gustara (lo sé, es triste usar las fotocopiadoras de la empresa para esto, pero es que probé una vez lo de inmortalizarme el culo y el resultado fue patético). Continuar leyendo “El niño desaparecido”

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Mango y papaya

Están sucediendo tantas cosas importantes en el mundo que me ha costado decidirme por una, pero ahí va: desde hace tres semanas estoy enganchado al Activia con mango y papaya. Me encantaría que los de la Danone me pagaran por decir esto, pero no, es que realmente es así. Hace tres semanas no sabía  que existiera (es más: si Dios se me hubiera aparecido en forma de zarza ardiendo para ordenarme que elaborara una lista de 163.579 combinaciones de dos ingredientes para yogur, la de mango con papaya habría sido, muy probablemente, la 163.578, justo antes de la de orín de ñu con gasolina) y, sin embargo, hoy  no puedo vivir sin él.

Sospecho que con la mayoría de cosas importantes de este mundo ocurre algo parecido. Con el amor, por ejemplo.  Casi siempre el mejor no es el que entra a la primera por los ojos, sino el que nos desconcierta a la primera cucharada. Bon profit.

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Clarence

Y de pronto, por allá el minuto 4 y pico, el Dios del viento se pone a soplar, “Jungleland” muda de piel, se vuelve mágica, y todos nos sentimos un poquito inmortales como él. Hasta siempre, Clarence.

Jungleland

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¿Dónde estoy?

Hace tiempo que detecto una, para mí alarmante, tendencia en las redes sociales. A la gente le encanta colgar fotos, generalmente hechas con el móvil, del sitio donde se encuentra. Eso, en principio, no es delito (a no ser que uno se encuentre de madrugada en la cámara acorazada de un banco) pero me produce la misma sensación incómoda de cuando no había internet y unos amigos me invitaban a cenar a su casa para mostrarme  el álbum y el video de las vacaciones. Continuar leyendo “¿Dónde estoy?”

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Pestaña nueva

De verdad que no me entiendo. Ando todo el día quejándome del poco tiempo que tengo para todo: que si los guiones, la novela, la familia, el sexo, las carreras de motos con los ojos vendados… (¡Si apenas puedo ir al cine, y cuando voy escojo “Hannah”, qué horror!)

Pues bien: resulta que a la que tengo un segundo de respiro, en vez de simplificarme la vida, que sería lo más lógico, me la complico un poco más, como buen capullo calvo que soy. Esta mañana, por ejemplo, me ha dado por crear otra pestaña en mi web. Más trabajo. Menos tiempo. Se titula “El rincón de las novelas olvidadas”. Va de eso, de novelas que nadie conoce, pero cuya sinopsis me ha llamado la atención. Si os sobra un minuto, cambiad de pestaña y ya me contaréis

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Al que escribe en mi lugar

¡Por fin! Poco a poco, vuelvo a dejarme poseer por “La niña que hacía hablar a las muñecas”, la novela que estoy escribiendo, la que llevaba tanto tiempo  atascada en el fregadero mental. Me gusta esta expresión: dejarme poseer. Se me ha ocurrido después de repasar a pasos de hormiga los tres primeros capítulos. Stephen King, en su práctico “Mientras escribo”, dice que eso es fantástico (no como género, sino como adjetivo). Conviene tomarse un laaaaaargo tiempo antes de releerse, para no saberse de memoria la frase que vendrá a continuación y, así, poder ser crítico con uno mismo. Continuar leyendo “Al que escribe en mi lugar”

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Fantasías épicas en La Salle

Sigo con mis labores arqueológicas de rescate de dibujos. Este lo hice con diez años, con un Bic azul y en la hoja cuadriculada de un bloc de mates de La Salle. Me ha llamado la atención porque acabo de devorar el adictivo primer tomo de Canción de Fuego y Hielo (“Juego de tronos”, el que ha inspirado la serie de HBO) y sospecho que en los reinos de Invernalia no desentonaría demasiado este extravagante tipejo, entre fauno, Robin Hood y bufón, que me inventé de crío. No, si al final va a resultar que, sin saberlo, yo iba para autor de fantasía épica y acabé torciéndome por el camino.

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