VIdas enlatadas

Cierra el penúltimo video-club que quedaba en Premià. Y a mí me da una pena enorme, porque pertenezco a esa raza de dinosaurios fetichistas  (prácticamente extinguida) que se sienten extrañamente próximos a la felicidad deambulando por lo que yo llamo los Grandes Almacenes de Historias: las librerías, las tiendas de comics y, ay, los vídeo-clubs. Pues claro que estoy harto de bajarme material  por internet, no soy idiota (en este país es la única alternativa si se quiere estar al día), pero nunca será lo mismo. Con la muerte de los vídeo-clubs se va a perder ese fantástico chute de adrenalina que siente cualquier amante del cine al verse rodeado de carátulas por explorar, esa sensación eufórica (del niño que desenvuelve su juguete el día de Reyes)  cuando tropieza por casualidad, en un estante cualquiera, con aquella peli que llevaba meses deseando ver. Seguir leyendo VIdas enlatadas

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El Everest puede esperar

Todo el mundo sabe que en este país son  muy pocos los que pueden vivir exclusivamente de la literatura. Los restantes nos vemos obligados a compaginar nuestra vocación con un trabajo más o menos digno que nos permite pagar los vicios y las hipotecas.

No hay otro remedio, así que, por narices, suele funcionar.

En mi caso, he escrito todos mis libros robando tiempo al tiempo: levantándome a las cuatro de la madrugada, encerrándome en el despacho el mes de vacaciones o sacrificando fines de semana.

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Adiós al chicle

Me he pasado toda mi vida enganchado a alguna cosa. Los primeros meses, al pezón materno. Hasta los trece años, al infravalorado arte de morderse las uñas. Luego vino la larga etapa del tabaco en todas sus variedades: cigarrillos negros, rubios, mentolados, sin mentolar, de pipa, puros, lo que fuera con tal de disfrazarme de chimenea con gafas. El resto fue portada de Time: milagrosamente, conseguí dejarlo veinticinco años después y lo cambié por chicles.

Pues bien: mi dentista acaba de prohibírmelos. ¡Dios!

Un segundo, lo repetiré con más dramatismo:

¡¡¡¡¡Dios!!!!!!!

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El personaje

Este señor de la foto casi justifica por sí solo nuestro viaje a Roma. Se llama José Miguel Burgui y es un cura de Pamplona que habla como Pepe Rubianes pero sin tacos. Es el guía de las catacumbas más importantes de la ciudad, las de San Calixto, y desde que empieza la visita hasta que termina, uno tiene la impresión de asistir a un club de la comedia bajo tierra y rodeado de kilómetros de nichos milenarios, lo que no deja de tener su punto surrealista. Seguir leyendo El personaje

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