Mickey y los capuchinos

Eso de arriba es uno de los motivos por los que a Alba le hacía tanta ilusión viajar a Roma este verano. Es una de las criptas de Santa Maria della Concezione (siglo XVII), una delirante iglesia decorada exclusivamente con los huesos de los frailes capuchinos muertos. Toda una lección de reciclaje en los tiempos que corren, de aplicar aquello de “Para que se lo coman los gusanos…” Claro que no sé yo si el estilo triunfaría en cualquier hogar de clase media, pero es innegable que el resultado tiene su arte. Incluso, entre tanta calavera, me parece entrever una forma precursora del ratón Mickey. ¿O son imaginaciones mías?

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Respeto

Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Berto Romero en su última columna: lo último que hay que perderle a la gente es el respeto.

Pero definamos “respeto”.

Cuando mi padre cumplió veinticinco años trabajando en Can Sampere, el director le llamó a su despacho y le regaló un reloj, un Omega de oro con su nombre y apellidos grabados. Y le dijo: “Gracias por su dedicación”.

Eso, para mí, es una definición tan buena como cualquier otra de “Respeto.”

Eran otras épocas, de acuerdo.

Ya nadie regala relojes. Supongo que los empresarios modernos consideran que ya es  bastante sacrificio mantener a sus trabajadores en este país de parados.

En realidad ya debe de quedar poca gente que dure un cuarto de siglo en la misma empresa.

Yo he estado a punto: dieciséis. Pero en vez del Omega de Oro y el golpecito en la espalda del director por la labor cumplida me ha tocado recibir un lacónico correo electrónico convocándome a una reunión sorpresa. Para comunicarme que me ponían en un ERE.

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Memoria

Vemos una peli con Travolta donde sale el típico almacén lleno de maniquíes, y yo le pregunto a Alba: ¿Te acuerdas que tenía uno en el despacho? Ella dice que no, y yo alucino: ¿Qué? ¡Pues no hace tanto! Tendrías que acordarte.

Y, de repente, caigo en que nos desprendimos de ese maniquí aprovechando la última mudanza, de eso hace seis años. Y que eso, para una niña de doce, es mucho tiempo, media vida.

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Héroe

Buenas noticias. Mis padres, por fin, vuelven a estar juntos. Era triste/surrealista que mi madre estuviera en una residencia y mi padre en casa, cuidado por una enfermera. En fin, ya pasó. Por fin quedó una plaza libre, y les han dado una habitación de matrimonio estupenda.

-Es como una suite de hotel -No para de repetir mi padre, que ha recuperado el brillo en la mirada.

Y mi madre… bueno, supongo que también estará radiante cuando salga de la tercera depre este año.

El caso es que para financiar la nueva situación (es inmoral lo que cuesta una plaza en una residencia de ancianos en este país), tenemos que alquilar su piso. Continuar leyendo “Héroe”

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Senderos que se bifurcan

La imagen es de Borges: la vida como un jardín de senderos que se bifurcan y por donde tienes que escoger constantemente para seguir avanzando. Nunca lo había pensado, pero creo que hasta hoy no puedo quejarme de los senderos que escogí, y eso que no siempre parecían los más recomendables. Ejemplo 1: Con veinticinco años iban a hacerme fijo en TVE (Y aclaro: por aquel entonces, ser fijo en TVE no era el trabajo más agotador del mundo). Pero tuve una visión; me vi a mí mismo, cuatro décadas después, convertido en una especie de macaco gibraltareño adiestrado para fichar de ocho a dos, y presenté la dimisión. El último día, y a modo de despedida, el hombre uniformado del garito de la entrada se quedó con mi carnet de acceso y murmuró, despectivamente:

-Chaval, qué vergüenza para tus padres.

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De la vida y del dinero

A ver por donde empiezo.

Ya.

Soy el tío más rutinario que conozco, y no me quejo. Todo lo contrario. Soy moderadamente feliz acostándome siempre a la misma hora, haciendo el amor con la misma mujer, escuchando las mismas batallitas de Instituto de la misma hija adolescente y las mismas batallitas nostálgicas del mismo padre. No necesito más para ir tirando, y muero un poquito por dentro cada vez que tengo que hacer las maletas por obligación, coger un avión, ir a reuniones que no me apetecen o pararme a charlar en medio de la calle con gente plasta que apenas conozco y que me obliga a sonreír sin ganas. Continuar leyendo “De la vida y del dinero”

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A mi amante

Asisto al funeral de la madre de Mari, mi amiga de siempre, de toda la vida. Conocí a la señora Carmen con diecisiete años, y enseguida nos caímos bien. Tanto que, al poco tiempo, empezamos con esa   broma tonta que ha durado hasta hoy: decíamos a todo el mundo que éramos amantes. Y eso que nos llevábamos 33 años. Más o menos como Demi Moore con Ashton Kutcher. Bueno, no, es absurdo compararnos. La señora Carmen lo tenía todo natural.

Recuerdo una vez que, al verme, puso los ojos en blanco y suspiró:

-Últimamente me tienes muy abandonada, Bras (siempre me llamaba por el apellido). Como esto siga así voy a tener que acostarme con mi marido.

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Cara de espera

El otro día, mientras no llegaba el autobús, me dio de pronto por cruzar a la otra acera y echar un vistazo a la cara que pone la gente que espera en la parada. Supongo que es la misma que ponemos todos: de alucinado submarinista sumergido en sus propios pensamientos. ¿Cuantas grandes ideas se habrán empezado a gestar en ese preciso instante? ¿Cuantas historias de amor, cuantas rupturas? El enigma bien se merecía un dibujito, y aquí está.

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