50

Pues sí: a lo tonto acabo de cumplir cincuenta y nunca, que yo recuerde, he dejado de ser miope, torpe, ansioso y puntual.

Nunca he tenido un millón de euros. Ni un chalé en la Moraleja.

Nunca he tenido abdominales de gimnasio.

Nunca he sido mordido por un vampiro.

Nunca he sido abducido por los marcianos.

Nunca he conducido un Ferrari llevando de copiloto a una rubia siliconada de las que, de pronto, ríen con la “i” y sueltan su foulard al aire.

Nunca he sobrevolado Manhattan de noche en helicóptero. Nunca he contemplado de cerca las pirámides, el Tahj Majal, las cataratas de Iguazú y el Gran Cañón del Colorado. Nunca me ha gustado hacer maletas.

Nunca he sido Batman.

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Orgullo de padre

Este es el diploma que acredita que esta mañana mi hija ha quedado primera en un concurso de logotipos a favor del medio ambiente. Ha dibujado una bola del mundo que era, en realidad, el centro de una margarita cuyos pétalos de agua se estaban desprendiendo. Muy guai. El premio es un cheque de 50 euros para gastar en Abacus, que no está nada mal. Yo, de (más) pequeño  sólo gané un concurso de dibujo que organizaron los hermanos de La Salle. Dibujé un marinero fumando en pipa, al que titulé “Lobo de mar”, y de trofeo (un tanto surrealista, en la línea del centro) me dieron un balón de fútbol de reglamento. Eso fue un viernes por la tarde. El sábado por la mañana salí a jugar la mar de feliz y dicharachero con el balón y unos amigos, uno de ellos le dio un torpe puntapié, el balón cayó rebotando calle abajo y, cuando llegamos, había desaparecido (Música de “The twillight zone”)

Le he dicho a Alba: “Si en Abacus hay balones, ¡no lo cojas, por Dios, sólo te traerá disgustos!”. Me ha mirado con esa mirada suya, de “Qué raro es mi padre”, y me ha dicho que tranquilo, que seguramente optará por algún libro o disco.

Es lista, la puñetera.

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Aperitivo inédito

Al principio fue muy delicado.

La tumbó sobre la cama y le susurró al oído:

-Cierra los ojos.

Obedeció, aunque lo mismo hubiera dado lo contrario porque la habitación estaba a oscuras. Él comenzó a besarla despacio, muy despacio, por todas partes menos en la boca. Iba posando los labios (a veces solo una brizna de aliento) en la frente, las mejillas, la nariz, las pestañas, las orejas, el cuello. Al menor estremecimiento cambiaba de objetivo. Naira se dejaba hacer, sorprendida y excitada por el extraño dominio que ejercía tanta ternura sobre ella. Pronto a los besos se sumaron las caricias. Las manos de Joan eran  fuertes y parecían abarcarlo todo al mismo tiempo, recorrían la suave llanura del vientre y las caderas y masajeaban los senos y se deslizaban bajo el camisón e iban y venían  entre los muslos con los dedos al rojo vivo.

Naira lanzó un suspiro y separó las piernas.

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Encuentro con mi asesino

A los doce años tuve uno de los dos sueños más horribles de mi vida. Yo era un hombre mayor, me veía las manos y eran arrugadas y con la piel llena de pequeñas manchas que parecían semillas esparcidas con un soplido. Tenía una cita con alguien (aunque no recordaba con quién) en La Salle de Premià, la escuela donde yo estudiaba. Era muy extraño porque al llegar a la escuela no había nadie y, sin embargo, se oían murmullos por todo el patio, como si hubiera una multitud hablando de sus cosas. Asustado, entraba al edificio por una puerta lateral. La luz de fuera se derramaba por los ventanales, haciéndome parpadear. Continuar leyendo «Encuentro con mi asesino»

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Charla con mi vecino

Hace veintitantos años (fue al principio de mi primer matrimonio, en el piso de la calle Verdaguer) tuve un vecino que había comido carne humana. Lo sé porque él mismo (Álvaro) me lo acabó contando una noche que vino a cenar con su mujer (Ana). La cena (albóndigas con sepia que cociné yo) había terminado hacía rato. Mi ex (Laura) y Ana se habían metido en la cocina, se las oía hablar entre susurros y sonidos de platos y cubiertos encajando en el tetris del lavavajillas. Álvaro me caía bien. Era mayor que yo, cuarentón, pero estaba lleno de energía. Tocaba la trompeta. De hecho, así nos conocimos: una noche se puso a practicar con su nada discreto instrumento a las tres de la madrugada. Yo tenía que levantarme temprano y fui a quejarme. Él se disculpó, y al día siguiente Ana y él se presentaron en casa con una botella de Moët Chandon. “Si vuelvo a ensayar a esas horas, me das con ella en la cabeza”, me dijo. Continuar leyendo «Charla con mi vecino»

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Independència

Un 11 de septiembre de hace treinta y cinco años, mi amigo Jordi Pagès y yo (que teníamos catorce) empuñamos nuestras senyeres estelades (de las JSAN, creo recordar) y nos despedimos de mi abuela materna, la iaia Isabel, que tomaba el sol como una lagartija en el balcón del piso de mis padres.

-¿Adónde vas, hijo?

-A pedir la independencia, iaia.

Ese día, en el Fossar de les Moreres, gritamos aquello de “Ni Espanya, ni França, Països Catalans”, se quemaron algunos símbolos, hubo mucho follón y corrimos delante de los grises, que debían de haber desayunado poco porque no nos alcanzaron. A la vuelta, me asomé de nuevo al balcón para saludar.

-Ya estoy aquí, iaia.

-¿Qué, hijo? ¿Os la han dado, os la han dado?

De esta anécdota, repito, hace treinta y cinco años. Sí, vale, por pedir que no quede. Mientras, el tiempo va pasando.

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Mis dobles

Vi el otro día por casualidad a mi doble del barri de Gràcia (fue a la salida del Verdi, después de haber llorado hasta quedarme deshidratado con el último dramón de Zhang Yimou) y caí en la cuenta de que aún no os había hablado de ellos, de mis dobles.  Los tengo repartidos por todo el mundo y es una ventaja, un modo como cualquier otro  de vivir distintas vidas sin temor a meter la pata.

Pierre, por ejemplo (mi doble de París) es taxista y padre de seis hijos, aunque, de niño, le hubiera gustado ser pintor impresionista de los que plantan el caballete en Montmartre y ya no se mueven en todo el día (la vida es así de injusta). Continuar leyendo «Mis dobles»

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Un pato con chistera

Qué triste ver que agosto se termina y  aún no he colgado en las redes ninguna foto de mis pies y parte de mi barriga a la orilla de una playa de aguas turquesas. Y eso que he ido. El agua no era turquesa, pero a la playa he ido. Un día. No, dos. Terminé la novela hace justo un mes y lo que el cuerpo me pedía era llevar a la práctica mil y una cosas increíbles: hacer puenting en el Gran Cañón, luchar contra un cocodrilo albino, hacer un calvo en el Vaticano. Lo típico para desconectar de la rutina.

A la hora de la verdad, lo más trepidante que he hecho es un pato de arcilla de unos quince centímetros de alto, con sombrero y pajarita. Adjunto foto. Desde que Alba tiene siete años, cada año, en verano, hacemos juntos una figurita. Tenemos un pingüino con cara de psicópata, un señor sentado en un sofá, una pareja de elefantes, una ratoncita Minnie… Ella diseña y yo hago de currito. Es uno de esos momentos padre-hija que pronto, muy pronto, desaparecerán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, en cuanto mi pequeña deje de serlo del todo y decida que es muuuuucho más cochino y placentero  morrearse con alguien que amasar arcilla junto a un calvo.

De momento, hay que agarrarse a eso. La vida continúa.

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Puesta en escena

Observad atentamente esta foto. ¿No hay algo que os llama la atención? Una pista: no son los dos tipos con corbata que hay en primer plano, Hollande El Guay y Monti El Tecnócrata. Correcto: son los otros, los de la casaca y el el gorro a lo Marge Simpson. Empiezo a sospechar que lo que distingue a un mandatario de un indignado es eso, que mientras unos aporrean cacerolas los otros revisten el más insubstancial de sus actos públicos con una puesta en escena que haría las delicias de Andrew Lloyd Webber. Que sí, que a la gente normal nos pueden parecer rimbombantes, anacrónicos, ridículos. Pero, a criterio de sus asesores de imagen, les sigue funcionando, igual que les funciona, aún, al Papa de Roma y sus secuaces. A lo mejor es que el hombre del siglo XXI no ha evolucionado tanto, y sigue adorando al César porque siempre se presenta ante el pueblo rodeado de legiones.

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