La anécdota

A mi padre (es cosa de su enfermedad) le ha dado por contar siempre la misma anécdota. Da igual de lo que estemos hablando; él se lo hace venir bien para acabar contándola.

Es la siguiente: mi madre, a la que no le gusta nada el fútbol, la única vez que acompañó a mi padre al Camp Nou se levantó a gritar con un gol de Maradona.

Y ya está. Sé que no es espectacular, pero es así.  Seguir leyendo La anécdota

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Rythm & life

Los deportistas aprenden a ser cada vez más rápidos. Escribir, en mi caso, es lo contrario. A los quince escribí una obra de teatro en un par de horas. A los dieciocho (véase foto en pleno tripi tecleante), una novela de trescientas páginas en un julio y medio agosto. A los veintitrés invertí exactamente veintiocho días (y noventa y nueve folios) en ganar el premio La Sonrisa Vertical.

No lo digo para hacerme el chulo (más bien todo lo contrario). Esto era así: escribía sin esfuerzo (“sin pensar”, he estado a punto de poner).

Ahora he crecido. Lo sabe mi dietista y lo sé yo. Seguir leyendo Rythm & life

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En venta

Asisto a una rueda de prensa de un importante, importantísimo, premio literario y, como siempre en estos casos, acabo pensando: córcholis, qué bien venden su obra los otros escritores. Hablan como si escribieran sonetos, sueltan palabrejas súper complicadas con aparente espontaneidad, miran con cara de póquer al típico periodista que les hace una pregunta eterna (de esas que se alargan y se alargan de tal modo que el propio sujeto que la hace, si fuera honesto, debería parar de pronto y decir: “Da igual, ya me la he respondido yo mismo alrededor del minuto quince”).

En resumen: son autores completos-autores comansi. No solo tienen una idea y la escriben, sino que, además, la venden.

Yo no, y ya lo digo ahora, con tiempo, para que mis admiradas amigas de Seix Barral no tengan una decepción. Yo no he nacido para vender. Una vez soñé que trabajaba en un concesionario de Ferrari, un posible comprador me preguntaba  por las características técnicas del último modelo (una mezcla de Testarrosa y Batmóvil) y yo le respondía:

-Pues verá: tiene cuatro ruedas. Y un volante. Aunque si piensa tener niños no se lo recomiendo porque detrás no le va a caber el moisés.

Ese soy yo.

Por supuesto que me tomo en serio mi trabajo de escritor. Soy todo lo metódico, constante, perfeccionista y neurótico que puedo. Me paso días retocando un diálogo, buscando el adjetivo que falta, eliminando los dos mil quinientos treinta y seis que sobran.

Tardé dos y años y medio en terminar “La vida en siete minutos”; es mi niña, mi orgullo, y en fin: no se merece un vendedor como yo. Me imagino a un periodista preguntando: “¿Qué pretendías expresar con ella?”, y yo soltando cualquier estupidez, del tipo: “No lo sé, no la he leído”. Soy capaz. Lo sé porque ya lo hice. Respondí eso en una rueda de prensa. A un amigo mío le hizo mucha gracia.

Daría lo que fuera por una de esas máscaras que se pone Tom Cruise en sus Misiones Imposibles, una con mi cara, con la peca en el lado izquierdo y todo. Seguir leyendo En venta

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