La derrama

Vivo en una comunidad con muchos bloques y cerca de un centenar de pisos. Eso se traduce en  navajazos en las reuniones de vecinos. Sin embargo, hay temas que se aprueban porque no hay más huevos. Por ejemplo: el pasado año se detectó humedad en la fachada, nos presentaron un informe técnico, varios presupuestos, y  nos tocó pagar un pastón de derrama, seiscientos euros por piso.

Por lo visto, ahora, con lo de Bankia, la torta nos sale todavía más cara: quinientos euros por vecino de esa cada vez más decadente comunidad llamada España. He dicho por vecino, sí, no por familia. Como en casa somos tres, eso son mil quinientos euracos.

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Los 50 (parte 2)

Qué barbaridad, parece que fue ayer que estábamos los tres (los cuatro, en realidad, Josep Maria no sale en el encuadre), riéndonos de la vida y de todo frente al escaparate del Corte Inglés de Plaça Catalunya, y de pronto miramos el calendario y zasca: los 50. Hoy los cumple ella, la chica de las gafas de sol por montera, Carmen Navarro, alias la Mari, tan amiga, tan hermana, a la que conozco desde que empecé a ser un poquito yo, desde que aún no me afeitaba (no por vago sino por imposibilidad). Ayer se lo decía: ¡Joder, Mari, hemos vivido tanto juntos que no sé por dónde empezar! Y sigo igual. En fin, allá vamos:

Recuerdo nuestras bajadas a pie por la Riera de Premià a las cinco de la madrugada, rumbo a la estación de tren, para llegar a tiempo a las clases de primero de periodismo. Continuar leyendo “Los 50 (parte 2)”

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Los 50 (parte 1)

Mi amigo Francesc Montserrat, alias El Quico, alias Kikolotszi, alias “Y Johnson lo sabía”, acaba de cumplir 50, y es tan generoso (va con el carné de amigo) que fue él quien nos hizo un regalo. “Nos”, digo. A los selectos miembros del club que fundó él mismo hace la tira de años, el club de sus seguidores incondicionales, comenzando por Xavi, ese tímido Sancho Panza  en sus correrías por la vida desde que eran críos.  Continuar leyendo “Los 50 (parte 1)”

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Cosas que nos recuerdan a otras cosas

Os presento a mi bonsai-mujer de anchas caderas. Supongo que los seres humanos, sin darnos cuenta, nos vamos rodeando de cosas que nos recuerdan a otras cosas: el primer dibujo que hizo nuestra hija y que entonces nos pareció una cara sonriente digna de la época azul de Picasso; la flor prensada que evoca esa otra flor, la que era antes de ser prensada, la que él (perdón: Él) te regaló la primera noche que salisteis a cenar; esa camisa hortera, de manga corta hortera, salpicada de palmeras horteras y soles anaranjados y horteras, que nunca volverás a ponerte en tu sano juicio y que, sin embargo, no te atreves a tirar  porque sabes que caerías bajo el influjo de una maldición y te pondrías tan triste que envejecerías doscientos años de golpe; sin contar todos los discos y libros que, de algún modo,  nos contienen a nosotros mismos cuando los descubrimos por primera vez.

En fin.

El bonsai-mujer de anchas caderas no tiene ningún significado especial. Sólo es eso: un árbol pequeñito que, según el ángulo con que uno lo contempla, parece el tronco de una venus primitiva. Y es que no todos los objetos que nos recuerdan a otras cosas tienen por qué ponernos profundos o románticos.

La vida sería un rollo.

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El mundo está cambiando

Siento cierto pudor al confesarlo: no entiendo nada de economía. Al parecer, siendo europeo esto es gravísimo, casi tanto como ser hombre y no saber nada de neumáticos de Fórmula 1. Pero es así. Todo empezó en el Instituto, cuando tuve que copiar de Anna Xarrié, la chica de al lado, para aprobar las mates con un cinco justo. Y, con el tiempo, la cosa ha ido a peor, hasta el extremo que en casa es mi mujer la que controla las tres libretas de La Caixa: las dos nuestras y la del Super 3. Así que mi cabreo ante la que está cayendo es un pataleo de garrulo, de tío que vive en su burbuja, incapaz de comprender ni jota de estos complicados mundos del FROB, el FAAF  y la madre que los parió a todos.

Bueno ¿y qué?

Me jode que por culpa de los recortes la gente tenga que retorcerse de dolor en un pasillo de urgencias mientras Rodrigo Rato y su sustituto (ese tipo que parece el hermano del Opus de Chuck Palahniuk, el que se había jubilado con una millonada y que ahora regresa para hacernos un favor a todos) se zampan unos centollos a nuestra salud. Continuar leyendo “El mundo está cambiando”

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Albert Prats

Esta es la portada de un libro inédito, “Carticles d’amor i de guerra”. El artista Albert Prats dedicó dieciocho años de su vida a él. Yo, no tantos; pero gracias al señor azar tuve el privilegio de que me escogiera para ponerle “voz” a sus imágenes. Siempre me he sentido especialmente orgulloso del resultado. El mundo que crea Albert a partir de las figuras de las cartas es fascinante: mágico, lúdico, a veces sensual, jugosamente irreverente. Y yo, que no cultivaba la poesía desde los ochenta, tuve que volver a ponerme el traje de faena para intentar estar a la altura.

Cuando lo tuvimos terminado, sucedió algo que nos dejó hechos polvo: los señores Fournier (los de las cartas) amenazaron con ponernos un pleito por usurpación de personajes si editábamos el libro.

Dieciocho años de trabajo a la mierda porque, por alguna razón que escapa a mi intelecto, los gilipollas siempre tienen mejores abogados que los que vamos de pardillos por la vida. Continuar leyendo “Albert Prats”

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Día de la madre

Hoy, que es el día, he querido dejar testimonio gráfico de que mi madre, en otros tiempos, fue Marge Simpson. Y de que a pesar de lo complicado que debía ser mantener el equilibrio con ese estratosférico peinado, conseguía sujetarme el triciclo. Cuesta olvidarlo.

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Paco Caracubo

He vuelto a meterme en proyectos de televisión. Nada firme, pero con gente que me cae bien, y a ver qué pasa. Se trata de una serie de animación dirigida a pre-teenagers, de 9 a 13 años. Aquí va, como muestra, el primer boceto que he hecho de uno de los personajes (luego los dibujantes de verdad le darán vida en serio). Más que secundario, es terciario: aparecerá sólo fugazmente en un episodio, haciendo el papel de Malo. Se llama Paco Caracubo, y normalmente es buena persona, pero cuando una sola de las piezas del Rubik que tiene por cabeza se le mueve de sitio, se pone hecho una fiera. Y hasta aquí puedo leer, como decían en el 1,2,3.

Siempre me ha encantado el mundo de la animación. Este tipo de la imagen, interpretado por un actor de carne y huesos (Mario Casas, por ejemplo) seguro que rascaría un montón. De hecho, por el bien del cine yo propondría que Mario Casas hiciera un último esfuerzo y diera el paso definitivo a los dibujos animados. Pero ese es otro tema.

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Regalo

Guille Martínez-Vela me envía este fantástico dibujo. Lo ha hecho inspirado por los cuatro personajes inmortales, los malos  de “Insomnes”, la serie de televisión que escribe Toni B.Murt, el prota de “La vida en siete minutos”. Me ha encantado. Le he dicho que es la mejor crítica que podía hacerme: demostrarme que un libro mío le ha hecho venir ganas de coger el lápiz y ponerse a dibujar. Los libros deberían provocar eso: que, al cerrarlos, siguieran removiendo mecanismos en nuestro interior,obligándonos a hacer cosas inimaginables, a ser distintos de lo que éramos antes de empezar a leerlos. Lograrlo aunque sea con un solo lector ya es un gran triunfo. ¡Gracias Guille! Qué pasada de  regalo para el día del trabajo.

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