Encuentro con mi asesino

A los doce años tuve uno de los dos sueños más horribles de mi vida. Yo era un hombre mayor, me veía las manos y eran arrugadas y con la piel llena de pequeñas manchas que parecían semillas esparcidas con un soplido. Tenía una cita con alguien (aunque no recordaba con quién) en La Salle de Premià, la escuela donde yo estudiaba. Era muy extraño porque al llegar a la escuela no había nadie y, sin embargo, se oían murmullos por todo el patio, como si hubiera una multitud hablando de sus cosas. Asustado, entraba al edificio por una puerta lateral. La luz de fuera se derramaba por los ventanales, haciéndome parpadear. Continuar leyendo “Encuentro con mi asesino”

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Charla con mi vecino

Hace veintitantos años (fue al principio de mi primer matrimonio, en el piso de la calle Verdaguer) tuve un vecino que había comido carne humana. Lo sé porque él mismo (Álvaro) me lo acabó contando una noche que vino a cenar con su mujer (Ana). La cena (albóndigas con sepia que cociné yo) había terminado hacía rato. Mi ex (Laura) y Ana se habían metido en la cocina, se las oía hablar entre susurros y sonidos de platos y cubiertos encajando en el tetris del lavavajillas. Álvaro me caía bien. Era mayor que yo, cuarentón, pero estaba lleno de energía. Tocaba la trompeta. De hecho, así nos conocimos: una noche se puso a practicar con su nada discreto instrumento a las tres de la madrugada. Yo tenía que levantarme temprano y fui a quejarme. Él se disculpó, y al día siguiente Ana y él se presentaron en casa con una botella de Moët Chandon. “Si vuelvo a ensayar a esas horas, me das con ella en la cabeza”, me dijo. Continuar leyendo “Charla con mi vecino”

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Independència

Un 11 de septiembre de hace treinta y cinco años, mi amigo Jordi Pagès y yo (que teníamos catorce) empuñamos nuestras senyeres estelades (de las JSAN, creo recordar) y nos despedimos de mi abuela materna, la iaia Isabel, que tomaba el sol como una lagartija en el balcón del piso de mis padres.

-¿Adónde vas, hijo?

-A pedir la independencia, iaia.

Ese día, en el Fossar de les Moreres, gritamos aquello de “Ni Espanya, ni França, Països Catalans”, se quemaron algunos símbolos, hubo mucho follón y corrimos delante de los grises, que debían de haber desayunado poco porque no nos alcanzaron. A la vuelta, me asomé de nuevo al balcón para saludar.

-Ya estoy aquí, iaia.

-¿Qué, hijo? ¿Os la han dado, os la han dado?

De esta anécdota, repito, hace treinta y cinco años. Sí, vale, por pedir que no quede. Mientras, el tiempo va pasando.

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Mis dobles

Vi el otro día por casualidad a mi doble del barri de Gràcia (fue a la salida del Verdi, después de haber llorado hasta quedarme deshidratado con el último dramón de Zhang Yimou) y caí en la cuenta de que aún no os había hablado de ellos, de mis dobles.  Los tengo repartidos por todo el mundo y es una ventaja, un modo como cualquier otro  de vivir distintas vidas sin temor a meter la pata.

Pierre, por ejemplo (mi doble de París) es taxista y padre de seis hijos, aunque, de niño, le hubiera gustado ser pintor impresionista de los que plantan el caballete en Montmartre y ya no se mueven en todo el día (la vida es así de injusta). Continuar leyendo “Mis dobles”

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