Vecinos y vecinos

El mundo iría mejor si  los anuncios  de pisos incluyeran referencias de los vecinos: “Se alquila entresuelo de dos habitaciones, cocina-office y sol todo el día, con ex militar cojo alcohólico a la derecha y un matrimonio con tres niños chillones arriba”.

En mi primer piso había una pareja de mediana edad que discutía todo el día. Ella a gritos, y él con voz seca y viril. Le habían cogido tanta afición que discutían hasta en sueños, porque una vez me despertó de madrugada un berrido de ella: “¿Qué haces, cabrón?”; y oí que él respondía: “Intento dormir un poco, vaca burra”. Qué triste.

Luego me mudé, y a las dos semanas a la vecina de arriba se le estropeó la lavadora. Lo sé porque, de pronto, el techo de mi cocina se convirtió en una versión doméstica de las cataratas de Gocta, Perú, localmente conocidas como La Chorrera (dato que dejo ahí, por si algún día os invitan a concursar en “Saber y ganar”). Subí rápidamente a advertirle de lo que pasaba y ella, mi vecina, me miró como si yo estuviera mal de la cabeza: “Sí, ya sé que mi lavadora pierde agua; pero tengo mucha ropa que lavar.” Y me cerró la puerta en las narices.

Total, que volví a mudarme y, por fin, obtuve mi recompensa. Mi actual vecino de enfrente es buena gente. Amable, extrovertido, siempre tiene una sonrisa preparada. Y en el ascensor no habla del tiempo. Además, es crítico musical y escribe libros. El primero se titulaba “Mujer y música: 144 discos que avalan esta relación”; y tuvo tanto éxito que acaba de sacar su continuación: “”Mujeres y música” (editorial 66 RPM). Lo estoy leyendo, y Toni (Toni Castarnado, pues se trata de él) no sólo sabe de lo que escribe, como buen crítico, sino que además lo escribe bien, con estilo. Ayer me invitó a la fantástica presentación en Barcelona, donde actuaron Las Migas, Núria Graham y Tori Sparks. Un subidón.

Tiemblo pensando lo que ocurrirá cuando uno de los dos se mude, él o yo. Sospecho que, para compensar, mi próximo vecino tendrá una motosierra y una máscara hecha con piel humana. O peor: será de Ciutadans.

 

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El reloj y los giros

Hoy me he puesto el otro reloj, el cuadrado.

Lo hago cada cierto tiempo, cuando noto que la vida empieza a estancarse y parece que no sucede nada (seguro que también os ha pasado). A lo mejor hace tiempo que no veo a mis amigos; o he mandado un proyecto y no recibo respuesta; o, simplemente, llevo demasiados días en blanco, sin que se me ocurra ni una buena idea. Entonces, sin pensarlo, dirijo la vista a mi muñeca izquierda y, de algún modo, sé que la culpa de todo la tiene el puñetero reloj. El que lleve puesto en ese momento.

No soy supersticioso. Es mucho más profundo que eso. A lo largo de las últimas décadas he comprobado que existe una indiscutible relación causa-efecto entre los días que hace que llevo el mismo reloj de pulsera y los giros que da mi vida.

Hoy, por ejemplo: hacía dos o tres semanas que no me ocurría nada especial. Iba tirando, simplemente. Vivía por inercia, por aquello de que respirar es instintivo (exigía aire trece veces por minuto, como diría Celaya). Pero entonces me he despertado, y lo primero que he visto es el reloj rectangular en mi muñeca. Y he pensado: “Ahí está la causa: qué cabrón”. Y he corrido a cambiarlo por el otro, el reloj cuadrado.

Me he duchado, me he tomado el café con leche descafeinado y los cereales integrales con chocolate y he salido a comprar el periódico. Al volver, tenía un mensaje en el contestador. Era una llamada que, en condiciones normales, debería de haberse producido hace cerca de un mes. Una llamada cojonuda, de esas que abren de par en par la puerta a la esperanza. Una llamada-subidón. Un giro.

Total: que a partir de ahora, la vida es fácil. Si dentro de dos o tres semanas no ha sucedido nada más, volveré a ponerme el reloj rectangular. Y así todo el tiempo.

Seguro que el dueño de Zara empezó así.

 

 

 

 

 

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Las buenas noticias

Qué semana más extraordinaria, llena de buenas noticias.

Cronológicamente, la primera fue el regreso de Buenafuente a la televisión. Ya era hora. “En el aire” demuestra que Andreu, Berto y compañía siguen en plena forma y, además, su flamante juguete posee un ritmo a lo programa de radio, más loco, más gamberro, que le sienta muy bien a esas horas.

Luego vino la entrega de los Ondas, con dos premiados a los que profeso no sólo admiración, sino un cariño que debería poner celosa a mi mujer (ellos lo saben): Jordi Évole y Óscar Dalmau. A Jordi le tuve como alumno de Redacción Periodística en l’Autònoma, y Òscar fue mi mano derecha en El Terrat de ràdio Barcelona durante una temporada. No diré que son “mis niños” porque a) la expresión me da repelús; b) biológicamente es poco probable; y c) sinceramente, no creo que les enseñara nada, los dos venían enseñados de casa. Pero emociona ver a dos seres con patitas y bracitos a los que quieres tanto recoger los frutos de su curro y su talento, la misma noche, en el mismo sitio, casi a la misma hora. Lo pones en una novela y no se lo cree ni Paul Auster, que es el gurú de la gran enciclopedia del azar.

Y, como remate, el anuncio del regreso de los Monty Python. ¡Dios! Uno tiene que ser muy, muy soso, para que el corazón no le dé un vuelco de alegría imaginando a estos Rolling Stones del humor volviendo a pisar un escenario (aunque sea por una última vez).  Hace poco, viendo el anuncio de la lotería de navidad, tuve una especie de visión. Juro que, por un segundo, me imaginé a los dos Terrys haciendo de Montserrat Caballé y a John Cleese de Raphael.  Y pensé: “Qué pena que no sigan en activo”. Al parecer, mi deseo se cumplió. Eso sí: el anuncio de lotería se sigue emitiendo.

Firmo para que todas las semanas sean como esta. Aunque conociendo al showrunner que escribe las tramas y subtramas de la vida, supongo que no. Porque en la vida pasa como en la serie “Carnivale”: siempre que el protagonista, Ben Hawkins, hace un milagro, al mismo tiempo sucede algo nefasto.

Supongo que el lunes que viene Wert se levantará con alguna idea.

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La paciencia y el arte

Esto no es una foto. Es una pintura al óleo sobre madera de Bryan Drury. Hiperrealismo en su máxima expresión. No soy crítico de arte, así que no pienso meterme en el pantanoso debate sobre si las obras de este estilo tienen más o menos mérito que, pongamos, las de un Tàpies. Sólo quiero decir dos cosas: 1) No te levantas un día cualquiera, haces el pis matutino y, antes de desayunar, te plantas ante una tela en blanco (una madera, en este caso) y, en un arrebato de genialidad, pegas cuatro brochazos furiosos y  ya lo tienes. Una obra así exige mucha energía y disciplina, además de un dominio absoluto de la técnica. Intuyo que es como escribir una novela (sumando árbol tras árbol hasta completar el bosque, como diría Murakami), sólo que con un pincel. Prohibido precipitarse, o todo se va al carajo. Y 2) ¿Te imaginas que, una vez terminado, la modelo le echa un vistazo y te dice: “Uy, no, me has sacado demasiado seria. Píntame otro.”

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Declaración de intenciones

Hoy en día no lo sé, pero hace más de un cuarto de siglo, cuando me saqué el carné de conducir, me hicieron pasar por el via crucis de la teórica antes de dejar que me pusiera al volante. Fueron horas, días,  semanas de tortura mental, de tragarme misteriosos conceptos como “exceso de galibo”; de interminables test de prueba donde la respuesta A y B se parecían tanto que me estallaba la cabeza tratando de decidir dónde colocar la dichosa X. Luego, a los cinco segundos de haber aprobado la teórica, olvidé un 98% de todo lo que había empollado; por fin me subí al coche y pude conducir, que es, al fin y al cabo, de lo que se trataba. Lo digo porque a la hora de ejercer de profesor de mil y una cosas relacionadas con la escritura y la comunicación (mi destino profesional, al parecer), tengo claro que voy a intentar no cometer el mismo error. Y que la parte teórica no acabe mandando sobre la otra, la buena, la que pone a los alumnos a cien por hora.  Hablo menos, escucho lo que los alumnos tienen que decir, y así, de paso, aprendo.

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