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“Me parece que saldré a estirar las piernas”, me dije hoy hace 51 años, después de 9 meses de hacer el perro.
Me lo tomé con calma y salí a las cinco de la tarde.
Y nevaba. Nevaba mucho. No en Belén, aunque mis padres se llamaran Maria y Josep, y él fuera carpintero. Nevaba en Premià de Mar, una ciudad de la costa del Maresme donde apenas había nevado y donde sólo ha vuelto a nevar un par de veces desde diciembre de 1962. Total, que sospecho que fue cosa mía, por aquello de hacer una entrada que llamara la atención. Rollo: “Escena 1. La madre rompe aguas y caen mogollón de confetti desde el techo”.
Algo así.
Y desde entonces nada, aquí, tirando.
¿Sabéis lo que más ilusión me hace? Que este año, dentro de poquitos días, Alba cumple los 15 y podremos aprovechar las mismas velas del pastel, dándoles la vuelta. Eso es algo que sólo va a pasarnos una vez en la vida. A no ser que Gallardón lo prohíba, que todo es posible.

En fin: como muestra de mi euforia, en la imagen, mi primer desnudo justificado por guión.

Y sí: he crecido desde entonces.

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Buenos propósitos

Este 2014 voy a ser mejor persona. Por citar cuatro ejemplos…

Voy a dar asilo a Snowden.

Iré al gimnasio, cuidaré el colesterol, cenaré ensalada cada noche.

Me convertiré en Gallardón un par de horas, convocaré a los medios y diré que lo de no abortar ni en dibujos animados era una broma, y que las mujeres, faltaría más, pueden hacer con su cuerpo y con su vida lo que les dé la gana, sin que venga ningún ministro facha, machista y ebrio de notoriedad a dictarles lo correcto. Luego, ya de paso, aprovecharé que sigo en el cuerpo de Gallardón para volver a caerme unas cuantas veces por las escaleras de su casa, a ver si esta vez me rompo algo más de un par de costillas. Por nada, como penitencia por el resbalón.

Les diré más a menudo a mis seres queridos que les quiero. No cantaré tan alto en la ducha a las siete de la mañana. No mezclaré el vino tinto con el vermut blanco.

Me convertiré en Wert  y, mientras me descojono, diré a los medios que todo lo que he hecho como ministro era una apuesta con un cuñado, una tontería de nada para ver cuánto aguantábamos sin huir por piernas a un lugar civilizado. Luego (siempre con esa sonrisa chulesca, retadora, que caracteriza a este personaje tan gallardo e independiente) me quemaré a lo bonzo. Así, con un par. Un segundo después, en alguna UVI olvidada de la mano de Dios, la cultura y la educación de este país empezarán a recuperar el pulso.

Voy a reciclarlo todo todo todo. Voy a hacer microdonativos constantemente. Y voy a aprender inglés. Pero inglés del bueno, rollo nativo y tal. Esta vez en serio.

Me convertiré en el President balear, José Ramon Bauzà, y diré que lo de prohibir les quatre barres en las escuelas mallorquinas no tiene nada de nazi. Nazi es el catalán que intenta seguir siendo catalán en Catalunya (¡qué hijoputa, habrase visto mayor desfachatez!) , o el valenciano que aspira a tener un canal de televisión público en valenciano y con unos informativos que no abran cada día preguntándose lo mismo: “¿Por qué Rita Barberà no aparece en el calendario Pirelli?”

Saldré más a menudo y, cuando salga, me relacionaré un poco más con la gente. No esperaré a que llueva para limpiar el coche. Y cualquier día dejaré de tomar ansiolíticos. Es fácil, de verdad. Podría dejar de tomarlos ahora mismo si no fuera porque aún no estamos en 2014.

Me transformaré en Rajoy y, de algún modo, dejaré de ser patético. Y luego en Rubalcaba y lo mismo. Y seré Pere Navarro, me miraré al espejo, veré a Rubalcaba sonriendo y comprenderé que algo extraño está ocurriendo con mi vida.

¡Ah! Y haré mucho más a menudo el amor; en sitios atrevidos y en posturas raras. Complicadísimas. Tanto que,  a lo mejor, algún vecino de los que me espía lo graba en vídeo y lo cuelga en youtube, el manager del Cirque du Soleil lo ve, exclama “Mon dieu!” (o algo en francés), me contrata bajo el alias de “L’Elastique Wrass, el Hombre de goma” y, por fin, descubro a los cincuenta y un tacos mi verdadera vocación: contorsionista.

Y nada, poca cosa más: a lo mejor me hago ministro o conseller de economía y de trabajo y me avergüenzo tanto de mí mismo que me hago travelo para que no me reconozcan por la calle los que estoy matando de hambre; o me hago uno de sus compinches banqueros o empresarios chanchulleros y me meto en la cárcel y tiro la llave; o el 9 de noviembre me levanto temprano, como siempre, y voy a votar “Sí” y “Sí”. Aunque lo más probable es que si cumplo mis buenos propósitos, a esas alturas de año ya domine mi nuevo idioma y pueda decir “Yes” y “Yes” con un acento más que convincente.  Luego, contradictorio como siempre, seguiré escribiendo en castellano, este idioma que, como dicen la Camacho, los de Ciutadans y cuatro personas más muy bien informadas, no permiten aprender bien en Catalunya.

Y así, como decía mi abuela, qui dies passa, anys empeny. 

Feliz 2014.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4

La segunda oportunidad

Hoy hace tres  años y tres meses que escribí el siguiente post:

“Idea para un cuento a lo Richard Matheson: un matrimonio de cuarentones regresa a casa. Es tarde, la mujer se ha dormido y él conduce. Da varias vueltas a la manzana buscando aparcamiento, hasta que encuentra un hueco libre. Es muy pequeño, pero finalmente consigue meterlo. Al bajar, ve que el coche ha quedado a un palmo y medio del bordillo, pero decide dejarlo así.

Al día siguiente, cuando el protagonista se dirige a su coche y ve que está en el mismo sitio donde lo dejó, pero… completamente pegado al bordillo.No ha cambiado nada más. Las puertas del coche están cerradas, el cenicero limpio, no falta ni un papel en la guantera.

Llama a su mujer para contárselo, pero ella no recuerda que la noche anterior aparcara mal. En el trabajo, todos le quitan importancia: era de noche cuando volvió a casa; seguramente se imaginó que había más distancia hasta la acera, estas cosas pasan.

Él acaba olvidándose del tema.

Dos semanas después, discute acaloradamente con su mujer por cualquier motivo (a lo mejor uno ha descubierto que el otro tiene un/a amante, o a lo mejor discuten, simplemente,  porque hace calor y el aire acondicionado se ha estropeado, eso da igual); él la empuja y, accidentalmente, la mata. Asustado, actúa por instinto: mete el cadáver en el maletero, conduce hasta las afueras y lo entierra.

Regresa a casa, se toma un un cóctel de ansiolíticos regado con alcohol y se queda dormido.

 

Al día siguiente, lo primero que oye al despertar es el sonido de la ducha y la voz de su mujer cantando.

(Bien pensado, a lo mejor da para algo más que un cuento. Mejor lo dejo aquí)”

Hasta aquí lo que escribí. Pues eso: han pasado tres años y tres meses y sigo pensando exactamente lo mismo. Es decir: mejor lo dejo aquí.

Hasta el tercer intento.

2

Mi vida con Corbacho

La otra noche, sentado en el patio de butacas del Teatre Barts de Barcelona descojonándome con “Corbacho 3G”, me dio por echar la vista atrás, y descubrí que hace quince años que Jose y yo nos conocemos. Empezamos nuestra relación de un modo casual e indirecto, porque sin que nos conociéramos me tocó escribir el primer sketch con el que Jose empezó su colaboración con El Terrat, en La Cosa Nostra. Si no recuerdo mal, su papel era el de un tiburón de Telefónica que acababa de adquirir el plató: irrumpía a medio programa e iba comentando los cambios que harían. Acabé de ver el sketch y pensé: “Es la primera vez que alguien larga un texto mío sin saltarse una coma.” Afortunadamente, no sólo lo pensé sino que lo dije en voz alta, así que tengo testigos. Jordi Gallur estaba ahí.

Luego, Jose y yo empezamos a coincidir en mil proyectos. Recuerdo con especial cariño tres: la mini-serie de sketchs “Buscar al soldado Ramos”, los “A pèl” con Santi Millán y, sobre todo, “La última noche”, ese hijo putativo del Sathurday Night Live que parió Corbacho y que Tele 5 se cargó en el peor momento, cuando iba más lanzado. ¡Cuánto talento llegó a reunirse en ese barracón de guionistas!  Tuve la ocasión de trabajar con los Olivares brothers (Javier y Pablo), con Juan Cruz, Eloy Salgado, Fernando Eiras… ¡Cómo disfrutamos imaginando esa parodia de saga espacial en la que el androide de a bordo tenía apariencia de centollo y el comandante se llamaba Paracetamol!  La noche de “Corbacho 3G” volví a encontrarme con uno de los actores de “La última noche”, Juanjo Pardo (al que no veía desde entonces), me reconoció a pesar de la calva y recordamos con nostalgia esos momentos. Eso es algo que en este mundillo no suele ocurrir.

Pero con el de l’Hospitalet hemos vivido muchas aventuras más. Muchísimas. En tres meses llegué a escribir dos versiones distintas de un largometraje protagonizado por el Neng de Castefa (el gran Edu Soto) que tenía que dirigir Jose y que, al final, no pudo ser. Luego vino el exitoso “Homo zapping” (que viví más de lejos que otros programas, porque ya había sufrido mis primeros trescientos ataques de ansiedad y me había convertido en uno de esos tipos que van de guay y mandan los guiones desde casa).  Y vinieron más programas. Y galas de premios. Y de pronto, Jose y Juan Cruz volvieron a confiar en mí para parir una serie de televisión, que al cabo de un año, más o menos, acabó derivando en otra distinta, ya sin el primer equipo (estas cosas suceden en televisión); pero que me quiten lo bailao, porque nunca he aprendido tanto en mi vida de contador de historias. Y luego vino una peli de animación de Mariscal con la que Jose y yo batallamos durante meses (excursión a Formentera incluida), y que, afortunadamente para el mundo del cine de este país, tengo entendido que sigue en marcha, aunque con otro equipo (y sí: estas cosas también suceden en animación).

Y llegamos al punto en el que Jose se puso a preparar este último espectáculo, “Corbacho 3G”, y aunque yo ya no estaba en El Terrat, un día me llamó, me mandó el texto, a la mañana siguiente quedamos en una cafetería de Vilassar de Mar (que sería como la versión pija de otra cafetería con el mismo nombre, que a su vez también tiene una tienda, llamada igual, donde puedes encargar pollastres a l’ast  y otras comidas por teléfono), nos tomamos un café con leche, y yo le dije tres o cuatro tonterías que me habían pasado por la cabeza. Él las apuntó (no lo parece,  pero es muy disciplinado); y, sólo por eso, ya me ha puesto de colaborador en el programa de mano. Eso demuestra cómo es este personaje al que a lo tonto, como decía, conozco desde hace quince años. Los mismos que tiene mi hija. Y no sé cual de los dos me ha dado más trabajo.

Por eso, y por otras muchas cosas, ya tocaba dedicarle un post. Un post que terminaré diciendo: corred a ver “Corbacho 3G”. Porque sí, porque el artista lo vale. Y lo más importante: porque te ríes mucho.

 

 

 

 

3

¿Berto Bras?

Andreu me manda esta imagen (el copyright es suyo) con la inquietante pregunta que he usado como título del post: ¿Berto Bras?

Y lo hace minutos antes de la medianoche, lo justo para tenerme en vela y en vilo hasta la madrugada, dando vueltas a mil y una cuestiones sobre los parecidos razonables, el doble y el doppelgänger (que vendría a ser lo mismo, pero en pedante), y preguntándome lo inevitable: ¿Qué ocurrió entre mi madre y el padre de Berto? O viceversa.

Mira… porque estos días ando un poquito liado; que, si no, el arranque daba para un novelón.

2

Señor Cros (fragmento)

Al señor Cros le gustaban mucho los sábados por la tarde. Los sábados por la tarde –no todos, pero sí la mayoría-, Eva, su mujer, lo esposaba al radiador del salón. Esposado, desnudo, amordazado con cinta de embalaje y tumbado boca arriba sobre el parquet de haya flotante, el señor Cros se sentía un superhombre a merced de los caprichos de su hembra de kryptonita. Y eso que Eva, desestimando un raudal de alternativas más audaces, se limitaba a introducirse en la vagina, muy despacio, el pene erecto –y ni siquiera todo: el glande y unos pocos centímetros más- y a iniciar unos suaves movimientos rotatorios de cadera, al tiempo que repetía con un hilo de voz:

-Cerdo, cerdo, cerdo…

Al señor Cros le encantaba correrse mientras Eva le insultaba, y a Eva la llenaba de dicha ver contento a su marido.

(Inicio de “Señor Cros”, cuento inédito escrito en 2008)

3

Amigo de verdad

Dicen que un amigo de verdad es esa persona que, cuando te encuentras al borde de un precipicio, aparece en un helicóptero colgado de las piernas boca abajo, como los trapecistas, y te dice: “Salta, yo te cojo”.  Supongo que por eso tengo tan pocos amigos de verdad. Y ninguno tiene helicóptero.

5

El crítico

De todos los personajes relacionados con el mundo de la creatividad, es el crítico quien despierta mi mayor ternura. Desde mi punto de vista, el crítico es alguien que tiene tanto miedo de crear algo mediocre que, en vez de intentarlo, dedica todo su talento y energía (su vida, en definitiva) a buscar la perfección en los demás.

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Manual del sincocinerista

Hace un poco más de siete años sufrí tres meses de malos tratos psicológicos. Concretamente, fue cuando mi mujer y yo encargamos una reforma integral del piso a una empresa   teóricamente especializada en reformas integrales de pisos. Esto es un blog y no una enciclopedia en doce tomos, así que no dispongo de espacio suficiente para entrar en los más mínimos detalles. El caso es que no todo salió según lo previsto, los tranquimazines estuvieron circulando como lacasitos en un patio de primaria, y, aunque al final la cosa terminó de un modo más o menos satisfactorio para ambas partes (las denuncias no llegaron al juzgado), me han quedado secuelas.

La principal es que en mi próxima vivienda no habrá cocina.

Nana cree que lo digo en broma, pero no: he hecho cálculos, y con la pequeña fortuna que me costaría poner una cocina en casa (una cocina mínimamente guay, se entiende, de esas que encargas con el único fin de invitar con frecuencia a tus amigos y que pongan los ojos como platos: “Oh, Dios, qué paradisíaco espacio funcional y moderno de una belleza sin igual. ¡Aquí debe dar gusto pasarse todo el día cocinando!”), con la pasta que me costaría eso, podría ir de restaurante hasta los setenta y tantos; y de ahí, ya empalmaría con la residencia de la tercera edad. Pensad que renunciando a la cocina, mataría dos pájaros de un tiro. Por un lado, me ahorraría todos los dichosos gadgets que conlleva tener una (horno, microondas, fregadero, grifería, placa de inducción, ollas, sartenes, fairy limón, estropajos varios); por otro, me olvidaría para siempre de poner y quitar la mesa, llenar y vaciar el lavavajillas, limpiar el horno, el fregadero, la campana extractora. En el espacio que antaño ocuparan un centenar de trastos inútiles (a los que añado las molestas pieles voladoras de las cebollas de Figueres y ese siniestro brécoli verde loro agazapado en un rincón, como un cerebro de alien de Mars Attaks mutado en Hulk) se podrían colocar baldas con libros, e invertir en apasionantes horas de lectura las que antes sólo servían para limpiar unos putos calamares sin alma ni imaginación.

Mmmmm. Ya babeo sólo de pensarlo.

Amigos: la cocina, para los cocineros.  Sólo se vive una vez y no tenemos tiempo para tonterías.

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