Gould, el jilguero, Black Mirror y el azar

Cuando decidí dejar la lectura de «El jilguero» para mis vacaciones navideñas no sabía que, inconscientemente, acababa de escoger la época perfecta para leerla (aunque sólo sea por la recta final en Amsterdam, tan apabullante y adictiva como toda la novela). Tampoco tenía modo de saber que el día de mi cumpleaños me regalarían la colección completa de las obras de Bach interpretadas por Glenn Gould; ni que el lunes 29 de diciembre decidiría hacer algo que no suelo hacer, mezclar  lectura y música, poco antes de que Theo, el protagonista del libro, acuda ilusionado a la cita más importante de su vida… ¡en un cine donde proyectan un documental sobre el pianista canadiense!

Así que yo iba devorando páginas y más páginas de la novela y, de pronto, mientras la segunda French Suite cobraba vida en los altavoces del comedor de mi casa, era como si Donna Tartt estuviera describiendo aquel preciso instante: «Glenn Gould al piano con el pelo alborotado, lleno de vida, con la cabeza echada hacia atrás, emisario del reino de los ángeles, arrebatado y consumido por lo sublime.»

Me dio un escalofrío.

Luego cené, terminé la novela sintiéndome como un yonki que se hunde en la autocompasión (¿Qué voy a hacer ahora que la he terminado?), puse la tele, hice zapping y, por casualidad, me detuve en el canal TNT justo cuando empezaba el episodio especial de navidad de la tercera temporada de «Black Mirror»…donde, por cierto, tiene cierta importancia un reloj lleno de pájaros (¿Había entre ellos algún jilguero? Posiblemente). Y supe que el mundo seguía dando vueltas.

Hay días que merecen ser vividos.

3

Recordando a Goytisolo (Extended version Diciembre 2014)

Quiero dormir doce horas de un tirón y despertarme oliendo a café recién hecho

Quiero casarme cantando en una peli de Bollywood mientras caen pétalos rojos del cielo más luminoso del mundo

Quiero que la policía se disuelva pacíficamente

Quiero correr por los pasillos del Gran Hotel Budapest guiado por la voz de mi sistema operativo Samantha

Quiero sentirme una persona sana mentalmente aunque no tenga un Iphone último modelo

Quiero vivir en un país brillante y no en el páramo mediocre en el que intentan convertirlo

Quiero que me beses como a un desconocido

Quiero batir el récord mundial de los cien metros lisos, cruzar la meta y seguir corriendo hasta desaparecer

Quiero que el Barça juegue (y gane, a ser posible) siendo el Barça que queremos

Quiero un Drambuie en una copa con un cubito de hielo

Quiero que todos los Bill Gates del mundo se arruinen de golpe y se tengan que buscar la vida a los cincuenta y pico (¡Ja!)

Quiero hablar de libros y pelis que me gustan en un spa con Natalie Portman

Quiero que Catalunya no sólo se independice de España, sino de todo lo que la oprime, que se arranque de la península, se aleje nadando por el mediterráneo y acabe instalándose en algún lugar con más futuro, entre New Jersey y Urano

Quiero zamparme una tarrina de litro de Häagen-Dazs de chocolate belga y perder una talla de pantalón

Quiero que construyan la mezquita más grande del mundo al lado del Vaticano, para hacerle sombra al Papa

Quiero ir a Las Vegas y hacer saltar la banca

Quiero que la banca salte sin que yo vaya a Las Vegas

Quiero soñar que paso mi vida real volando y que cuando sueño tengo los pies en el suelo

Quiero que la televisión mejore a las personas

Quiero que Aznar se rompa haciendo abdominales, y a ser posible con efectos retroactivos

Quiero que mis pedos huelan bien y sean insonoros

Quiero que a los racistas se les pinte una M en la espalda cada vez que dicen “y conste que no soy racista”

Quiero visitar con el corazón en un puño la casa-museo de Norman Rockwell

Quiero que mañana, al levantarme, encuentre una nota de despedida del pelo de mi cara, de mis sobacos y de mis orejas: “Te dejo para siempre, ingrato”

Quiero tener el don de teletransportarme con un chasquido de dedos

Quiero que El Joker gane a Batman y el Coyote al Correcaminos

Quiero disfrazarme tan bien que ni yo me reconozca

Quiero ser el regalo perfecto en Navidad, el primer beso, el orgasmo, tu silencio

Quiero que Harry y Sally sigan siendo solo amigos

Quiero seguir haciendo el tonto con mi hija a la mínima ocasión

Quiero tener un botón que convierta las armas teledirigidas en escuelas y hospitales y las centrales nucleares en rosas y libros de Sant Jordi

Quiero ver a un grupo de cardenales gordos con liguero cantando YMCA en la Fiesta del orgullo gay

Quiero viajar atrás en el tiempo y escribir Las mil y una noches

Quiero ser Coppola rodando El padrino

Quiero que me regalen un loro que sepa estar callado cuando le conviene

Quiero cantar What the wonderful world como Louis Armstrong

Quiero bailar por el techo com Fred Astaire

Quiero ser el niño que leía a Tintín por primera vez

Quiero jugar con mi padre cuando aún era mi padre

Quiero vivir en la calle Tom Waits esquina Bach

Quiero comprarme minutos en Amazon

Quiero comerme una paella lejos de la playa

Quiero cerrar los ojos sabiendo que tú estás conmigo

Quiero que mis amigos no cambien jamás, ni yo tampoco

Quiero ser Groucho con su bigote pintado

Quiero ser Django Reinhardt tocando en un funeral de New Orleans

Quiero ser Glenn Gould sentado en su silla recortada 8 centímetros

Quiero escribir la novela perfecta y retirarme a descansar hasta el fin de mis días como el hombre más vago que jamás haya existido

Quiero hablar más lento y vivir mucho más rápido

Quiero querer cada vez más, y que me quieran en consecuencia.

Quiero todo esto

Yo no puedo seguir viviendo así

Es una decisión irrevocable.

1

El descubrimiento de Sión (cuento de navidad)

Mi abuela Sión nació en Guanxuma, una diminuta aldea de la isla brasileña de Ilhabela donde el progreso apenas había llegado. Al cumplir siete años, por una serie de circunstancias que no afectan a este relato, se mudó al esplendoroso París de 1920.

Hubo tres cosas que la impresionaron. La primera fue la ciudad en sí, que, según me contaría muchos años después, la hizo sentir insignificante. La segunda fue descubrir la tienda más maravillosa del mundo. Estaba en el 63 de la Rue de Sèvres, se llamaba Au Bébé Bon Marché, y mi abuela creía que era el lugar donde se reunían todas las muñecas para ser admiradas. Había muñecas altas como niñas y pequeñas como un pulgar. Muñecas rubias, morenas, mulatas, que sonreían o se mostraban enfurruñadas, con el pelo lacio o ensortijado. Muñecas que parecían damas, novias o princesas. Y para todas ellas existían vestidos y sombreros y zapatos y bolsos y guantes y hasta espejos de tocador (como insinuando que, además de presumidas, las muñecas eran capaces de verse a sí mismas), y preciosas casas de madera tan bien decoradas que, si no fuera por su tamaño reducido, sería imposible distinguirlas de un hogar real. Y por toda la tienda había miniaturas pensadas para hacer más placentera la vida de las muñecas: mesas de comedor y sillas, platos, cubiertos y bandejas con su tetera y sus dos tazas, butaquitas con sus cojincitos, lámparas, cortinas y sábanas, incluso cuadros tan bien hechos que estudiándolos con una lupa revelaban la firma del pintor.

Fue en Au Bébé Bon Marché donde su madre adoptiva le dijo que escogiera la muñeca que más le gustara, y Sión, sin dudarlo, señaló una de las más baratas, una muñeca mulatita de un palmo de altura, vestida con un sencillo vestido de algodón; y la llamó Maria, porque le recordaba a Maria Aparecida, su amiga del alma de Guanxuma a la que creía que nunca volvería a ver.

Empezó a hacer frío. Luego hizo más frío aún. Y más. Hasta que una mañana, al despertar, mi abuela miró por la ventana y se quedó boquiabierta al verlo todo blanco. Esa fue la tercera cosa que más la impresionó de París. La nieve no existía en Brasil, pero todos los niños del mundo nacen con el instinto de saber qué hacer con ella; así que Sión fue corriendo a despertar a su padre, y poco después ya estaban en la calle, persiguiéndose el uno al otro, arrojándose bolas cada vez más grandes, fingiéndose heridos de muerte al recibir cada impacto y riendo a carcajadas. Nunca se había sentido más feliz.

Entonces llegaron las fiestas navideñas y descubrió que en París hacían un montón de cosas que no hacían en su antigua aldea. Para empezar, pusieron un árbol en una esquina del salón y lo adornaron con bolitas de cristal de color rojo. Trataron de explicarle que en Nochebuena un hombre mágico llevaba regalos a los niños. Pero unos decían que se llamaba Bonhomme Noël y que vestía una larga túnica blanca con vivos dorados, y los otros que era Père Noël y que iba de rojo y blanco. Sión decidió averiguar quién tenía razón. Y sólo se le ocurrió un modo: permanecer despierta la noche del 24 al 25 de diciembre.

Después de cenar dejó que su padre la acostara y, como siempre, le contara el cuento favorito de todos los niños de Guanxuma: el de Gápanemé, el gigantesco jaguar que, según la leyenda, al ser herido en el ojo izquierdo por la lanza del guerrero Tárcio, soltó un rugido que hizo temblar todo el territorio, dividiéndolo en las cuatro islas y los seis islotes que formaban el archipiélago de Ilhabela. No es fácil contar la misma historia cada noche y que resulte interesante. Pero su padre sabía cómo hacerlo. Llenaba de presencias inquietantes las sombras de la selva; hacía que retumbaran los latidos en el corazón del héroe; que pareciera majestuoso el doble gesto de Gápanemé, irguiéndose sobre las patas traseras y arrancándose la lanza del ojo con un zarpazo; conseguía que Sión oliera el aliento putrefacto del jaguar al acercarse a Tárcio. El cuento terminaba con el héroe y su rival frente a frente, contemplándose. Hasta que Gápanemé se daba la vuelta y desaparecía. Moraleja: la única forma de vencer a un enemigo invencible consiste en no mostrarle tu temor. Lo malo es que su padre alargaba tanto el camino hasta ese punto que Sión nunca lo alcanzaba despierta.

Esa noche, la de su primera navidad en París, esperó un tiempo prudencial, y en cuanto Tárcio comenzó a encender la hoguera para atraer la atención de Gápanemé, Sión cerró los ojos y se puso a respirar profundamente como si durmiera. Oyó la voz narcótica de su padre continuar con el relato unos segundos y, de pronto, detenerse. “No abras los ojos. Seguro que te está mirando”. Un suave beso en la frente. Unos pasos alejándose. Una puerta que se cierra. “No los abras todavía, a lo mejor te pone a prueba.”

Se incorporó con un grito ahogado en la garganta. Todo estaba oscuro y silencioso. Lo único que parecía vivo era el tic-tac del reloj de la mesita: pasaban de las tres. ¡Había estado durmiendo más de cinco horas! El hombre mágico de los regalos (¿Bonhomme? ¿Père?) había tenido tiempo de sobras para hacer su trabajo, y ella tendría que esperar hasta las próximas navidades para descubrir su verdadera identidad. Sin embargo, como la frustración que sentía era menor que sus ansias de echar un vistazo a los regalos, no tardó en saltar de la cama y bajar sigilosamente las escaleras.

La puerta del comedor estaba entornada. La fue empujando milímetro a milímetro. A la luz agonizante de la chimenea se distinguían los regalos arracimados en torno al árbol. Enseguida reconoció el que hacía más bulto, la casa de dos plantas con buhardilla que había pedido para Maria, su muñeca. Tan contenta se puso que estuvo a punto de ponerse a chillar.

Entonces lo vio.

Al principio era una sombra junto al árbol. Pero de pronto cobró vida y se irguió sobre las patas traseras. Era más grande de lo que Sión había imaginado jamás. Y sus ojos llameaban.

-¿Qué haces despierta? –rugió Gápanemé.

La primera vez que mi abuela me contó la historia, yo tenía cinco años. Recuerdo que al llegar a este punto me eché a temblar.

-¿Y qué te hizo, abuela?

-Nada. Al día siguiente desperté en mi cama sin un solo rasguño.

-Entonces, ¿lo soñaste?

-Supongo. Lo más raro es que cuando mis padres vinieron a buscarme y bajamos al comedor, ahí estaba la casa de muñecas: en el mismo lugar exacto que en mi sueño.

Me quedé un rato pensando. Luego dije:

-A lo mejor no es tan malo como te contaron, abuela. A lo mejor Gápanemé es un ser mágico como Papá Noël y te siguió desde Guanxuma para traerte la casa de muñecas.

Y mi abuela sonrió.

(Este cuento es, en realidad, un pequeño juego literario escrito a partir de una propuesta de Nelleke Gel, mi querida editora en Holanda. Nelleke me pidió la cuadratura del círculo: un breve relato navideño que funcionara por sí mismo y, a la vez, sirviera de carta de presentación de los personajes y el estilo de mi novela  «La niña que hacía hablar a las muñecas». Espero haber estado lo más cerca posible de conseguirlo)

4

Momento

«Le dio la vuelta muy despacio.
El hombre tenía los ojos abiertos y parecía mirarla fijamente. Dos años, dos meses y siete días después, de pie frente al cura
que estaba casándola, Catarina recordaría cada detalle de aquel momento extraordinario, cuando semidesnuda, herida y empapada sobre una roca en medio del océano, a la sombra de la estatua ecuestre del general José Francisco de San Martín, contempló por primera vez el rostro del que sería su segundo esposo y pensó que era el hombre más guapo al que había visto nunca.

«Qué joven es», fue lo primero que le vino a la mente.

Al contrario que Catarina, debía de estar más cerca de los veinte que de la treintena.Todo en él irradiaba fortaleza: el cuello ancho de buey, los brazos y el pecho musculosos, las manos rudas, enormes, manos de trabajador, encallecidas. Llevaba una tenue barba de un par de días que apenas le ensombrecía las facciones.Tenía las cejas demasiado pobladas, los ojos demasiado chicos y la nariz demasiado grande y torcida, de boxeador. Las orejas terminaban en punta, como las de un can de presa. Sus labios, grandes y carnosos, simplemente no encajaban; era una boca de mujer, de furcia voluptuosa, incrustada bajo las napias de un bruto.
Y, sin embargo, nada más verle, Catarina se quedó sin aliento.
Sintió que una zarpa invisible hurgaba de pronto en sus entrañas dejándola completamente vacía, hecha una vaina, un despojo, la piel mudada de un reptil.»
(Uno de los momentos clave de «La niña que hacía hablar a las muñecas». Por el encuentro de sus protas y por la cita descarada a Gabo)

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Destructor

Flipo con una profesión que no conocía: destructor de pruebas. La he descubierto en la portada de un diario que nunca leo y que sostiene que Oleguer Pujol, uno de los hijos del patriarca Jordi, contrató a una empresa para que fuera eliminando pruebas sistemáticamente. La noticia me ha calado hondo. Veréis: no hace falta que os diga (pero os lo digo igualmente) que, en este país, el mundo del trabajador por su cuenta es más bien jodido, y que una vez descuentas la mensualidad de los autónomos, la tarifa del gestor, los impuestos y los gastos, lo que te queda es guano. De hecho, es por eso que decidí dedicarme a la escritura: pensé que era de los oficios que requería menos inversión. Pero ahora me planteo reinventarme (esa palabra que vende tantos libros, por cierto) y hacerme destructor de pruebas. Mola.

Pensad, por ejemplo, que una máquina de triturar papeles de las buenas cuesta bastante menos que un portátil y una impresora. Y no hablemos ya de una cerilla y una lata de gasolina, que, además, te permite acabar el trabajo antes de tiempo. Y a lo mejor, depende del cliente, incluso le puedes presentar tickets de parking o dietas por desplazamiento. Además, no sé por qué, intuyo que destruir cosas debe de ser menos estresante que crearlas, algo así como que te paguen por petar tiras de plástico con bolitas. Podría hacer media jornada cargándome cosas, y por la tarde tendría la mente súper-relajada para hacer otra cosa. Ver el Sálvame, por ejemplo. O escribir una novela autobiográfica sobre un hombre que destruye pruebas, dejando claro desde la primera página que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

En serio. Si tenéis algo para destruir dadme un toque y lo pruebo.

1

Post…¿qué?

«LLevas la tira de tiempo sin colgar nada en las redes», me comenta un amigo en tono despechado. «A ver si te pones las pilas.»
Y es verdad: tengo que quitarme de encima esta malsana pereza postvacacional (que, en mi caso, resulta un poco absurda, porque este año no he tenido vacaciones). Desde que comenzó septiembre, sólo estoy escribiendo trece guiones de una serie Institucional y una presentación sobre técnicas de comunicación para la productora Undatia de Josep Puigbò; preparando el curso de Novela II para L’Escola d’Escriptura  de l’Ateneu Barcelonès (soy el chico nuevo este año y toca ponerme al día en el plano teórico: unas 700 páginas); pensando el argumento de un comic que le tengo prometido desde hace meses al amigo Ricardo Peregrina; documentándome a fondo sobre los años 50 para otro cómic que le tengo prometido desde hace menos tiempo a Guille Martínez-Vela; he terminado mi parte pero sigo abierto a seguir escribiendo y/o reescribiendo la obra de teatro que tenemos a medias con Juan Cruz (aunque, al final, no hubiera paella en la costa, que, a mi modesto entender, era lo que daba más ímpetu al proyecto) . Y había otra cosilla… algo que ahora mismo no recuerdo… ¡Ah, sí! Nada, una tontería: también escribo mi nueva novela. Pero eso lo hago para no oxidarme.
Así que mi amigo, El Despechado, tiene toda la razón: es imperdonable que tenga abandonadas las redes y que, encima, en cuanto me decido a romper el silencio, me ponga a dar excusas en vez de colgar algo divertido. Voy a por un complejo vitamínico y me pongo ya a socializarme. Pero si veis que estos días me cuesta, que sepáis que en cuanto tengo un segundo libre pienso en vosotros.

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