¿Quién me sigue?

Según el análisis estadístico que recibo cada semana, el 47,72% de la gente que sigue mi página web vive en Estados Unidos, y el 27,70% en China. Los españoles quedan en un honroso tercer puesto, con un 15,40%. Conocer estos datos (y creérselos) es fundamental para empezar la semana cargado de optimismo y para plantearse un cambio de nombre de pluma con finalidades comerciales. Algo así como Joe Arms. O Bras Lee.

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Los escritores plastas

Uno de los lugares comunes de Sant Jordi es oír a un escritor comentando la paradoja de que durante el Día del Libro es cuando hay menos autores produciéndolos. Lo grave no es eso, sino que, varios días antes (por no decir meses), la inmensa mayoría de los que acabamos de sacar un libro decidimos no hablar de otra cosa. Por alguna extraña fuerza de la naturaleza, desde que nos levantamos (unos más pronto que otros) hasta que nos vamos a dormir, nos dedicamos sistemáticamente a hablar de nuestro libro, tema que resulta aburrido, por no decir exasperante, para todo el mundo excepto para el propio escritor, su familia más cercana, su agente y sus editores.

Me ofrezco como conejillo de indias: si echáis un vistazo a las últimas entradas de este blog, al muro de mi facebook, a mis twitters entre marzo y abril y a mis recientes actualizaciones de linkedin, descubriréis que es imposible ser más monotemático. La (maravillosa) cubierta de “La niña que hacía hablar a las muñecas” aparece tantas veces que deja en ridículo a la sobrevalorada plaga de langostas bíblica. Hay enlaces con todas y cada una de las entrevistas que me han hecho en prensa escrita, radio y televisión, como presuponiendo que algún buen samaritano va a leerlas o escucharlas antes de darle al pulgar levantado del Like o a la estrella de Favorito. De hecho, la mayor parte del día no me dedico a escribir sino a contar estrellas y pulgares. En mi fértil imaginación de escritor, cada pulgar es un libro vendido; cada estrella, el inicio de un boca-oreja que va a convertir mi novela en un best-seller mundial trasladado a serie para HBO.

En fin: se supone que la misión de un escritor es cautivar con sus historias, y por Sant Jordi casi todos (menos los cuatro o cinco que ya venden sin despeinarse) nos convertimos en una jauría de plastas. Es lo que algunos científicos denominan La síndrome de Paco Umbral, en referencia a la mítica frase que el genio madrileño le soltó a Mercedes Milà: “¡Yo he venido aquí a hablar de mi libro!”

Pido perdón públicamente. En mi defensa (y en la de mis colegas de profesión) lo único que puedo alegar es que crear una obra literaria conlleva cierta inversión de tiempo y esfuerzo, a no ser que seas muy joven, muy genial o que te llames Belén Esteban; y que es lógico que pretendamos compensarla en forma de lectores. Por suerte, tarde o temprano el espejismo de Sant Jordi termina evaporándose  y todo vuelve a la normalidad: los escritores a dar forma a nuestros próximos proyectos literarios, y los lectores a leerlos y a releerlos vorazmente en cuanto tienen ocasión. Es lo bonito que tiene ejercer nuestro oficio en este país.

PD: haber estudiado de pequeño en un colegio de curas implica que pedir perdón no signifique dejar de pecar. Así que pienso seguir dando la lata con mi novela. Estáis advertidos.

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La suerte

Suelo repetir como un mantra que he tenido mucha suerte en esta vida. Hay censados unos diez millones de tíos más interesantes que yo, y sin embargo Nana decidió casarse conmigo. Creo que no soy mal padre, pero Alba, como hija, me gana por goleada. Hay guionistas más rápidos, más graciosos, más baratos, mucho mejores que yo; y, sin embargo, he podido escribir durante años para algunos de los más importantes comunicadores de este país. Y en el campo literario siempre he conseguido publicar en editoriales de primera división, aunque las estanterías de mi piso rebosen de libros de autores de todas las épocas que convierten el conjunto de mi obra en poco más que un voluntarioso intento de contar historias con una voz propia (supongo que pensar eso es algo inevitable en todos los escritores, a no ser que el éxito o el fracaso les hayan convertido en unos arrogantes sin criterio).

Sí, he tenido mucha suerte en esta vida. Tuve una abuela maravillosa, mi iaia Sión, a la que estos días recuerdo especialmente (“La niña que hacía hablar a las muñecas” no existiría sin ella). Tengo un padre genial que me transmitió su desbordante creatividad.  Quiero a mi hermana, a mi Tusa, y creo que sólo me he peleado con ella una sola vez, cuando era pequeño y me dio un susto de muerte con la dentadura de la abuela (es una larga historia).  Tengo un puñado de amigos que me hacen sentir mejor persona siempre que están cerca. Tengo una agente con la que no nos ata contrato alguno ni falta que hace, porque los dos somos Capricornio y a los dos nos encanta charlar, sobre todo los viernes por teléfono. Por tener, tengo hasta un vecino enrollado (que mira que es difícil). Además, acabo de publicar la novela de la que me siento más orgulloso en la mejor editorial posible: Siruela. Es la que mejor me ha tratado en toda mi vida, la que más se ha enamorado de un libro mío, la que mejor lo está defendiendo.

Es verdad: no tengo un cochazo ni creo que lo tenga nunca. Ni una casa domótica con luces que se encienden dando una palmada. No puedo permitirme el lujo de hacer grandes viajes. Ni siquiera puedo invitar a cenar a mi familia a uno de esos restaurantes estrellados que, según tengo entendido, te convierten en una persona más culta dos segundos después de encargar mesa. Bastante tengo con llegar a fin de mes. Es lo que tiene ser escritor (o guionista) y no neurocirujano,  futbolista o tesorero del PP. En otra vida ya escogeré mejor. O no, que ya nos conocemos y no sé hacer otra cosa.

El caso es que aquí estoy: levantándome cada día a las cuatro de la madrugada para disfrutar como un niño escribiendo lo que realmente me apetece (la segunda parte de La Trilogía de Sión); y, cuando aparto la vista del ordenador, siempre pienso lo mismo: que me gusta lo que hago y la gente que me rodea. La felicidad es eso, ¿no?

Pues lo dicho: siempre he tenido suerte en esta vida. Que dure.

 

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Mi iaia Sión

He tardado 44 años en escribir una novela.

Empecé a escribirla a los 7, cuando mi abuela Sión me hizo soltar uno de los tebeos a los que era adicto (creo que era un Tío Vivo), me agarró de la mano y me llevó hasta la única librería que había en el pueblo, la del señor Muñoz.

-¿Ha llegado lo que le encargué? –le preguntó.

Por toda respuesta, el señor Muñoz apuntó una sonrisa bajo su frondoso bigote, se agachó rápidamente debajo del mostrador y, como si fuera un mago, volvió a aparecer con un paquete envuelto con un lazo rojo. Era un regalo de mi iaia para mí, un precioso ejemplar de “Las mil y una noches” que todavía conservo. Ese fue mi primer libro de verdad, el primero que hizo que me olvidara durante semanas de todo lo que ocurría en el aburridísimo mundo real.

Y así, hasta ahora.

La novela que he tardado casi toda mi vida en escribir se titula “La niña que hacía hablar a las muñecas”; y, aunque por el camino he escrito otras, esta la considero especial. No habría podido escribirla a los veinte, cuando confundía literatura con apasionamiento y era capaz de teclear tres cuentos en una  noche, encendiendo un cigarrillo con otro; ni a los treinta, cuando  me preocupaba tanto el cómo que olvidaba el qué. El secreto para poder escribirla es que he tenido tiempo de vivir, o, lo que viene a ser lo mismo: de leer muchos libros más. Por eso la novela tiene esta dedicatoria:

“A mi iaia Sión. Ella y mi padre me hicieron escritor.”

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And the Òscar (Dalmau) goes to…

Humilde y generoso como todos los Grandes con mayúscula, Òscar Dalmau me dijo el otro día en público, durante la presentación de mi última novela, lo mismo que me había dicho el mes pasado en privado,  en un restaurante japonés muy pijo al que me invitó a comer: que todos estos años me había estado agradecido porque fui uno de los primeros que le miré a los ojos en nuestra jungla laboral, la que suele mostrarse distante, por no decir cruel, con los que empiezan. Eso de que le sostuve la mirada desde el primer momento seguramente es verdad, porque me gusta hacerlo siempre que hablo con alguien, y es la razón de que me ponga tan nervioso hablar por teléfono (el teléfono no tiene ojos); pero Òscar Dalmau se permitió añadir a continuación que su papel fundamental en El Terrat de radio Barcelona consistía en esperar a que yo terminara el guión para correr a fotocopiarlo. Y eso sí que no. Aquí mintió deliberadamente, de un modo que me atrevería a denominar literario, y supongo que lo hizo con el loable objetivo de engrandecer mi imagen ante los asistentes a la presentación, y que estos corrieran a comprar mi libro.

Le agradezco la intención, pero la triste realidad es que fue exactamente al revés: durante la temporada en la que el futuro genio de La Competència trabajó conmigo, fue él quien lo escribió todo, desde la presentación de los vecinos de la calle Caspe (la Padrina Josefina, Bernardo-Palomino, el Pixador, el iaio Pericu…) hasta la despedida. Yo, que pasaba por una época de escritor maldito a lo Bukowski, llegaba a los estudios de Ràdio Barcelona poco antes de que empezara el programa, y solía hacerlo en un estado lamentable, sin afeitar, con la misma ropa que el día anterior y apestando a alcohol y a sexo sucio y precipitado. “No te preocupes, Pep, el guión ya casi está”, me decía Òscar invariablemente, sin dejar de aporrear el teclado como un poseso. No tardaba en poner el punto final y me cedía el sitio frente al ordenador para que Andreu (Andreu Buenafuente), al llegar (al verme pulsar la tecla de “Imprimir”), creyera que yo lo había escrito todo. Luego, Òscar se fue; y fue Marta Alonso quien ocupó su lugar. Y así, siempre. Tal y como lo recuerdo, en los cuatro años en los que fui oficialmente el guionista de El Terrat de radio, sólo llegué a escribir uno, como mucho dos chistes cortos. Y nadie se rió con ellos.

Gracias, Òscar, por haber guardado el secreto todos estos años. Recuerda que, cuando quieras, tu señora y tú estáis invitados a un delicioso pollo a l’ast en Premià.

Ahora sólo me falta admitir que “La niña que hacía hablar a las muñecas” la han escrito mi hija y mi mujer, a cuatro manos, y por fin podré descansar en paz.

 

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