Escribir

Suele decirse que para un escritor lo más importante es escribir. La rutina del oficio. Por lo menos, no dejar de hacerlo durante largos períodos de tiempo, porque uno se acaba oxidando y, luego, cada vez le cuesta más pillar el ritmo. Vale, sí, pero depende de lo que entendamos por escribir. En mi caso, si hablamos de escribir-escribir, antes sí me funcionaba el truco. De (más) joven escribía todo el tiempo: en el despacho, en un bar, en la cama. Un verano, llegué a escribir una novela negra de cuatrocientas páginas, a máquina, en la playa bajo una sombrilla. Escribía ideas, versos, frases sueltas, y pensaba que todo lo que escribía (hasta las alegaciones de las multas y los graffiti en los váteres) era literatura, como si el hecho de haberme autoproclamado escritor ante mis cuatro amigos y conocidos convirtiera todo lo que creara en una maravillosa obra lista para ser consumida con gran placer por los más exigentes lectores del mundo mundial. ¡Qué burro era! Por suerte, con los años he ido dejando por el camino más arrogancia que pelo, y he acabado descubriendo que la cosa no funciona así (creo), que la literatura exige trabajo, un largo tiempo de cocción, y que, por ejemplo, escribir “X quería comerse el mundo y engordó tanto que en verano no le entraba el bañador” no es un microcuento genial sino un chiste lamentable. Así que, por mucho que tratara de engañarme, juntando el texto anterior con otros noventa y nueve parecidos, nunca obtendría un libro de verdad (en el sentido literario del término), sino cien mierdas más o menos bien encuadernadas. Supongo que por ese motivo cada vez paso más tiempo sin escribir-escribir. Escribo, pero de otro modo. Leyendo. Escuchando música. Pensando. Paseando (¿No dijo Flaubert que sus mejores textos los escribió paseando?) Pues eso: que dejar de escribir-escribir para poder escribir me cuesta un enorme esfuerzo. Así que si veis que paso demasiados días sin acudir a mi cita con el blog, que no cunda el pánico. Señal que todo va bien. Estoy escribiendo.

3

La vida

Al principio dormían siempre juntos, pero con los años Juan se fue volviendo más y más nervioso, y los ronquidos de su mujer lo despertaban cada vez un poco antes. Lo probó todo: se puso tapones en los oídos, tomó manzanilla con miel, valeriana, ansiolíticos justo antes de acostarse, pero nada funcionaba. “Despiértame si ronco”, le dijo ella, como insinuando con su tono de voz que deseaba dormir con su marido más que otra cosa en el mundo. Juan intentó hacerlo: cuando los ronquidos de ella se volvían insoportables intentaba despertarla haciendo un sonido molesto con la lengua y el paladar (el que solemos hacer instintivamente cuando estamos en desacuerdo con algo, sólo que Juan lo hacía varias veces seguidas, como una ametralladora de sonidos discrepantes) o poniéndole una mano en el hombro suavemente, para no asustarla. Pero era inútil: su mujer cambiaba de posición y dejaba de roncar; pero sólo unos segundos. Juan los iba contando en la oscuridad, consciente de que había comenzado la cuenta atrás, y la angustiosa presión por tener que aprovechar esa oportunidad para dormirse hacía que nunca lo consiguiera.

Casi sentía alivio cuando el primer ronquido de ella volvía a rasgar el silencio.

Entonces, se levantaba de la cama procurando no hacer ruido y se iba al comedor a leer. Al cabo de una hora el cansancio solía vencerle y podía volver a dormirse tumbado en el sofá.

Vivieron así unas semanas, tal vez meses.

Una noche, Juan se quedó a dormir en el sofá sin pasar antes por la cama, y eso se convirtió en costumbre. Dormía de un tirón, y se levantaba descansado y lleno de energía.

A su mujer no le gustaba la situación, e intentó diversos remedios: hizo gárgaras antes de acostarse, se compró aquellas tiras adhesivas para la nariz que anunciaban por la tele y con las que, en teoría, uno respiraba hasta seis veces mejor. Intentó cambiar de posición. Incluso se planteó operarse.

Juan le dijo: “No pasa nada, no me molesta dormir en el sofá”.

Lo malo es que los muebles envejecen, igual que las personas.

Fue pasando el tiempo, el sofá dejó de ser tan cómodo y la espalda de Juan comenzó a notar el peso de los años.

Su carácter cambió, se volvió malhumorado. Comenzó a hablar menos con su mujer, a no decirle con tanta frecuencia lo mucho que la quería.

Ella seguía buscando soluciones. “Podríamos poner una cama plegable en el cuarto de la niña, yo dormiría ahí”, decía. Pero ambos sabían que no eran soluciones realistas. La niña ya era una adolescente y su habitación era su mundo impenetrable.

Pasaron diez, veinte años más, y Joan empezó a sufrir fuertes jaquecas. Fueron al hospital, le hicieron pruebas y le diagnosticaron una enfermedad hasta entonces desconocida. Según el médico, dormir cada noche tan cerca del router de fibra óptica del comedor había alterado sus neuronas de un modo extraordinario, y ahora era incapaz de vivir el presente sin contemplar el pasado y el futuro a la vez, lo que inevitablemente acabaría volviéndolo loco y peligroso para la sociedad.

“Te quiero”, le dijo por última vez a su mujer, la noche en la que lo ingresaron en la suntuosa habitación 2378 de la UEPED, la Unidad de Eutanasia Para Enfermedades Desconocidas. En el equipo de música sonaba una preciosa aria que nunca había oído. “Creo que es de Handel”, le dijo la enfermera que le puso la inyección. Él se quedó mirando al techo blanco. La cama era tan cómoda que, sin poder evitarlo, empezó a llorar de alegría.

7

¡Síííííííí, síííiíííííííí!

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto a miles de enloquecidos fans de Belén Esteban haciendo cola para que les firme un libro que nadie, ni siquiera los mismos fans, creen en serio que ha escrito ella. He visto a la autora de una opera prima jactarse en voz alta (pero muy, muy alta) de los miiiiles de compradores que tenía su novela. He visto a ex-showmans de televisión confundir la parada de firmas con su ex-plató. Y todo eso lo viví en mis propias carnes durante la Diada de Sant Jordi.

A la mañana siguiente, convulsionado por tantas emociones, me levanté con la idea de una novela. Tendría poco más de un centenar de páginas, estaría escrita en mi idioma materno, el catalán, se titularía “Síííííí, síííííííí! Xiuxiueja’m què vols que et faci” (Susúrrame qué quieres que te haga), y contaría la relación sado-maso entre un alto cargo del PP (o de Ciutadans) y una joven de clase media independendista que se llamaría Laia o Núria. Por supuesto, él sería muy guapo, además de bien vestido, y sería suscriptor de La Razón; y ella, al conocerle por primera vez, mostraría un comportamiento tímido, con pensamientos tipo: “Dios, no me lo imaginaba así. Es facha, el cabrón, pero qué guapo, listo y viril es. En su presencia me siento atontada, como aquella vez que un mosso me arreó con la porra en la nuca por quemar una senyera rojigualda”.

Vale, sí: es obvio que sería una mierda, sin apenas argumento y con muchos polvo light para no herir la susceptibilidad de las lectoras marujas (por eso la publicaría bajo seudónimo: Lady Agatha Güell), pero la gracia es que la escribiría en tres semanas, ni un día más, superando los 27 días que tardé en escribir, en su momento, “El bajel de las vaginas voraginosas”. Luego, se trataría de que una editorial cualquiera la publicara antes del hipotético referéndum de Catalunya del 9 de noviembre. El doble sentido del título (“Sííííí, síííííí!”) provocaría cierta gracia entre partidarios y no partidarios,  gancho imprescindible para que hablaran del libro en los medios de comunicación; la gente empezaría a comentar el tema  del libro incluso antes de haberlo leído, originando un efecto bola de nieve parecido al de “Ocho apellidos vascos” (Borja y compañía son unos un cracks, tengo que verla algún día); y ya sólo faltaría el toque de gracia: por Sant Jordi, contratar a una prostituta de lujo de metro noventa, cuerpo de vértigo y vestido de leopardo muy ceñido para que deambulara por todas las paradas haciéndose pasar por la autora revelación del año, Lady Agatha Güell. Las productoras se hostiarían por hacerse con los derechos cinematográficos.

Ha pasado un tiempo y sigo pensando que sería mi libro de más éxito. Dicho esto, sigo trabajando en la segunda parte de “La niña que hacía hablar a las muñecas.”

Será que con los años me vuelvo previsible.

 

 

3

Otro breve cuento idiota

Un señor sueña que juega al golf en un green interminable. Después de tres días, tres noches y seis mil setecientos veintiocho golpes, consigue situarse a un palmo del hoyo con la banderita. Impulsa la pelota y comprueba, satisfecho, que desaparece bajo tierra.

El señor se arrodilla, dispuesto a recuperarla, y entonces ve que no es un agujero de golf sino el ojo de una cerradura.

-Ja, ja. Mejor. Así podré espiar a la guarra de la vecina mientras se ducha.

Lo hace, y la experiencia resulta inolvidable hasta que suena el despertador.

-Mmm. ¡Qué sueño más bonito! –piensa.

Abre la boca para bostezar, en el preciso instante en que una pelota de golf cae del techo. Le queda encajada entre el paladar y la garganta. El señor se ahoga, sufre un choque y muere al instante. Entonces, la vecina sale de la ducha chorreando jabón, ve el cadáver en la cama y chilla.

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Un breve cuento idiota

Un señor sale del Metro y decide comer en la terraza de una marisquería de moda. Se sienta farfullando en la única mesa que no está reservada, la que queda empotrada entre un buzón y un contenedor de residuos orgánicos. El señor espera unos minutos. Levanta el dedo índice. Se aclara la garganta y grita: “¡Estoy aquí!” Patalea en el contenedor con los dos pies. Arranca el mantel acribillado de excrementos de paloma y lo usa de pancarta después de haber escrito en él: “¡Atiéndanme de una vez, joder, que no tengo todo el día!”

El camarero se acerca de mala gana. El señor, sin mirarle, señala una enorme langosta que ejecuta cabriolas circenses en el acuario.

-Ya. ¿Y para es-pe-rar? –pregunta el camarero, recalcando con ironía cada sílaba.

-Aceitunas sin hueso –gruñe el señor-. Y un vaso de agua. Del grifo.

El camarero escupe al suelo con rabia y entra en el restaurante. Al cabo de una eternidad regresa. En la bandeja lleva un platito con seis olivas, un vaso vacío, un vaso lleno de palillos y una botella de litro y medio del agua más cara.

-¡La he pedido del grifo! –protesta el señor.

-No nos queda.

El señor masculla algo entre dientes. Respira hondo. Cuenta mentalmente hasta diez. Sigue sin calmarse. Lleno de rabia, coge un palillo. Fija la mirada en una aceituna y se imagina que es un ojo (extremadamente verde, retocado con photoshop, quizá) del camarero. Se concentra en ensartarlo. Apunta. Falla. La aceituna (porque es una aceituna, no un ojo, sólo entonces se da cuenta) sale disparada. En la mesa de al lado hay una señora fugada de un cuadro de Botero que se dispone a sorber un café con leche hirviendo. La aceituna se anticipa. Se desliza entre el borde de la taza y la nariz de la mujer y le salpica un ojo con café con leche hirviendo. La gorda se levanta gritando y pestañeando, chilla, pestañea, ruge, pestañea. Da dos pasos a ciegas y clava la rodilla en la entrepierna del camarero, que acababa de extraer del acuario la langosta del señor.

El camarero se queda sin aliento. Dice “¡Uf!”, y la langosta se le escapa de los dedos. Vuela por los aires, rebota contra el sombrero mexicano de un turista que pasaba por allí y va a parar al asiento del copiloto de un descapotable que, justo en ese instante, se detiene ante el semáforo. El semáforo se pone verde. El conductor del descapotable (que no ha visto caer la langosta) sube al máximo el volumen del equipo de música y pasa de cero a ciento ochenta en tres segundos. Llega a la autopista con los neumáticos sacando humo y los doce altavoces a punto de explotar.

Estresada por tantas emociones, la langosta decide vengarse de su secuestrador: escala el respaldo, da un salto, aterriza sobre su cabeza y le pellizca la nariz con toda la fuerza de su pinza izquierda (es una langosta zurda). El del descapotable grita de dolor y de pánico a partes iguales. Suelta el volante y se pone a buscar en la guantera una pistola o un objeto contundente o algo, lo que sea, para defenderse. El coche se desvía. Rompe la valla lateral de la autopista, atraviesa unos naranjales, recorre bosques, cae por barrancos profundos, y por fin, dando vueltas y más vueltas de campana, atraviesa la alambrada que protege una estación secreta del ejército de los Estados Unidos (de América). El radar del Pentágono detecta un ataque suicida y, en legítima defensa, dispara misiles con cabezas nucleares en todas direcciones.

Total, que mientras el señor sigue quejándose al camarero porque la langosta tarda, se oye un Pum fugaz y el mundo se destruye.

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