Destructor

Flipo con una profesión que no conocía: destructor de pruebas. La he descubierto en la portada de un diario que nunca leo y que sostiene que Oleguer Pujol, uno de los hijos del patriarca Jordi, contrató a una empresa para que fuera eliminando pruebas sistemáticamente. La noticia me ha calado hondo. Veréis: no hace falta que os diga (pero os lo digo igualmente) que, en este país, el mundo del trabajador por su cuenta es más bien jodido, y que una vez descuentas la mensualidad de los autónomos, la tarifa del gestor, los impuestos y los gastos, lo que te queda es guano. De hecho, es por eso que decidí dedicarme a la escritura: pensé que era de los oficios que requería menos inversión. Pero ahora me planteo reinventarme (esa palabra que vende tantos libros, por cierto) y hacerme destructor de pruebas. Mola.

Pensad, por ejemplo, que una máquina de triturar papeles de las buenas cuesta bastante menos que un portátil y una impresora. Y no hablemos ya de una cerilla y una lata de gasolina, que, además, te permite acabar el trabajo antes de tiempo. Y a lo mejor, depende del cliente, incluso le puedes presentar tickets de parking o dietas por desplazamiento. Además, no sé por qué, intuyo que destruir cosas debe de ser menos estresante que crearlas, algo así como que te paguen por petar tiras de plástico con bolitas. Podría hacer media jornada cargándome cosas, y por la tarde tendría la mente súper-relajada para hacer otra cosa. Ver el Sálvame, por ejemplo. O escribir una novela autobiográfica sobre un hombre que destruye pruebas, dejando claro desde la primera página que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

En serio. Si tenéis algo para destruir dadme un toque y lo pruebo.

1