¿Escritor o guionista?

Esta es una de las preguntas que nunca falla en las presentaciones de mis libros. Y es normal que me lo pregunten. Llevo alrededor de treinta años escribiendo guiones. Con más o menos acierto, debo de  haber tocado un poco de  todo: cine, radio, televisión, sketches, informativos culturales, tertulias, entrevistas,  galas de premios… Lo lógico es pensar que, como tantos otros guionistas acostumbrados a pasarse el día pariendo historias como churros, le cogí gusto al asunto y decidí dar el salto a la literatura.

Pues no.

En mi caso fue exactamente al revés. A los 24 años ya había publicado tres libros (uno de poesía, dos de cuentos). Con el cuarto, “El bajel de las vaginas voraginosas”, tuve la suerte de ganar un premio de literatura erótica, La sonrisa vertical, que convocaba la editorial Tusquets mucho antes de que Grey tuviera ni una sombra (hoy el premio ya no existe, nunca he entendido por qué). El libro se vendió bien, casualmente lo leyó una estrella de la radio,  le gustó, movió cielo y tierra hasta localizarme (le estoy echando salsa: siempre he estado en la guía) y me propuso ser su guionista. Me quedé helado.

-¿Y qué tengo que hacer?

Lo preguntaba en serio. En esas épocas, en este país, la carrera de guionista simplemente no existía. Se trataba de lanzarte de cabeza a la piscina y una de dos: o aprendías a nadar o te hundías.

Y me lancé (¡ay, la dichosa inconsciencia de la juventud!). De la noche a la mañana, cambié mi plaza estable y bien pagada en una redacción de informativos (soy licenciado en periodismo) por la madriguera del conejo blanco donde viven los guionistas, esos seres míticos que visten como frikis y tienen figuritas de personajes de la Marvel frente al ordenador.

Hasta hoy no me he arrepentido nunca.

Bueno, una vez. Pero no hay nada que no curen unos buenos ansiolíticos.

Total, que pasó el tiempo deprisa y, tres décadas después, he aprendido un montón de trucos de guión y palabras como cliffhanger, que molan mucho en una cena con amigos. Supongo que todo ese bagaje ha influido de alguna manera en mis novelas. En los diálogos. En las tramas. O en la forma de terminar en alto los capítulos.

No lo sé, sinceramente.

Siempre he procurado no mezclar una cosa con la otra. Para mí, hay una diferencia de raíz, casi genética, entre un guión y una obra literaria. Y es que los guiones siempre tienen que escribirse deprisa (cuando te dicen: “tranquilo, puedes entregarlo mañana” lloras de alegría); y la literatura, en cambio, tiene que cocerse a fuego lento o no pasa de ser un borrador ilegible.

¿Escritor o guionista? Siempre acabo respondiendo lo mismo: ambas cosas. Al menos, hasta que haya terminado de pagar la hipoteca.

 

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La novela que leía a mi mujer

NOTA: Esta es la versión original sin subtítulos del artículo publicado en holandés en la revista digital HEBBAN.  (Nelleke, mi fantástica editora de allí, me lo encargó y lo tradujo. Muchas gracias, Nel)

Cuando tenía quince años y empezaba a decirle a mis amigos que de mayor quería ser escritor, pensaba que la clave de este oficio consiste en sorprenderse a uno mismo. No tener ni idea de lo que sucederá en el párrafo siguiente. Algo así como meterte de noche y sin linterna en un bosque que nunca has visitado. Me bastaba una idea (ni eso: una simple imagen) para tirarme de cabeza a la piscina. Disfruté mucho, y, de paso, escribí algunos de los cuentos más horribles de la historia de la literatura.

Luego me casé, me divorcié, empezó a caerme el pelo, di el salto del cuento a la novela, volví a casarme, tuve una hija y decidí raparme al cero. Y un día me senté delante del ordenador y descubrí que había cambiado la brújula por el mapa. Que antes de ponerme a escribir necesitaba saber TODO lo que iba a suceder.

“La niña que hacía hablar a las muñecas” parte de una historia familiar, pero para contarla como quería estuve un año preparando el argumento y recopilando información. Luego, cerré la puerta del despacho y me pasé los siguientes dos años y tres meses escribiendo de lunes a domingo. Bueno, no: un día me lo tomé libre y fui a la playa.

Hubo dos cosas que me insuflaron energía. Una fue el recuerdo de mi abuela. La iaia Sión es la maravillosa persona que me llenó de besos y achuchones en mi infancia. La que me llevó a mi primera librería y me compró “Las mil y una noches”. Siempre he pensado que gracias a ella soy escritor.

El segundo gran estímulo fue saber que había una persona mordiéndose las uñas por saber cómo seguía la historia. Antes de “La niña…”, nunca había dejado que nadie leyera ni una línea de lo que escribía hasta que llegaba al FIN. Esta vez fue distinto. Estaba tan contento al terminar el prólogo que se lo leí en voz alta a Nana, mi mujer. Y cuando la niña que teme a Gápanemé llega a la playa siguiendo a la gaviota y ve lo que ve, me quedé callado. Eso era todo por el momento.

-¿Y qué más pasa? –preguntó mi mujer.

-Te lo leeré cuando esté escrito.

De modo que, al día siguiente, me puse manos a la obra pensando en la cara que pondría Nana cuando escuchara esa palabra, ese diálogo, ese capítulo.

Y el truco salió bien hasta el final.

En cierto modo, envidio a mi mujer: ella vivió mi novela como yo lo hacía antes, como si explorara un bosque de noche y sin linterna.

Ahora es el turno de mis lectores holandeses.

Os deseo una feliz aventura.

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Bien, gracias

Cuando escribo (cuando escribo DE VERDAD) soy un adicto, un maníaco peligroso. El Leatherface  de Premià. La mayoría de días suena el despertador a las cuatro de la madrugada y llevo ya tiempo dando vueltas a la escena que me toca afrontar. Odio todo lo que me roba tiempo para escribir. La hipoteca y sus malvados secuaces: los trabajos. Los desplazamientos absurdos. Las reuniones. Que el cartero llame a la puerta. Que llamen al teléfono. Odio tener que comer y cenar, entendidos como mal menor para no desmayarme sobre el teclado. A veces estoy viendo una buena peli, una serie a la que estoy enganchado, leo un libro que me apasiona, y, de pronto, abandono sigilosamente mi cuerpo y regreso a finales del siglo XIX, la época de mi novela, la única que me interesa de verdad. Creo que si Charlize Theron (por poner un ejemplo al azar) apareciera desnuda en nuestra cama a las cuatro de la madrugada y nos propusiera a mi mujer y a mí montar un trío, antes de preguntarle si se refiere al musical o al otro saltaría por encima utilizando mi erección a modo de pértiga y acudiría puntual a mi cita con la escritura (luego me daría cabezazos contra la pared, pero lo importante es que tendría listo otro capítulo).

Así de chunga es esta enfermedad.

Mi teoría es que cuando un escritor escribe (DE VERDAD), deja de serlo y se transforma en su primer lector. Y si lo que va leyendo le gusta lo suficiente, quiere saber qué más va a suceder (o, en el caso de los escritores “de mapa”,  el modo en qué sucederá, que viene a ser lo mismo). Aunque eso signifique olvidarse de todo lo demás. Incluidas cosas tan vitales como Facebook, Twitter, Pinterest o Linkedin.

En resumen: que nadie pase ansia. Aunque tarde en dar señales, sigo vivo. Más que nunca, en realidad.

Emoticono de bailarina.

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