Y yo sin saberlo

Voy por la calle pensando en mis cosas y, de pronto, un cincuentón (barbudo, gafas de sol, barriga cervecera, no lo he visto en mi vida) se me planta delante y me dice:

-Tú eres Bras, ¿verdad? El de Exemplar gratuït. Tío, tú inventaste el Twitter. 

Tardo unos segundos en comprender que habla en serio. Le digo que si hubiera inventado el Twitter no tendría que conducir un coche que tiene 18 años ni llevar las mismas gafas que en 2009, porque a mí, por naturaleza, me encanta cambiar de gafas compulsivamente. Él se ríe con una risa de hiena de dibujos animados.

-Ya sabes por qué lo digo, hombre. Por los microcuentos. Es lo más genial que has escrito.

Y se va. El cabrón me suelta la bomba de Hiroshima, zasca, y me deja tirado como un perro calvo en la Gran Via de Premià.

Qué triste, amigos. Exemplar gratuït se publicó en febrero de 1987 (un mes antes que El vaixell de les vagines voraginoses). Si mi anónimo lector tiene razón y, sin saberlo, inventé Twitter antes que la telefonía móvil (cosa que no tengo por qué poner en duda: todos mis lectores son muy inteligentes, a la par que atractivos), en estos momentos yo estaría pilotando mi propio jet por el Caribe, viendo a Beyoncé y a Charlize Theron luchando en una piscina de barro o lo que sea que hagan habitualmente en sus ratos de ocio los inventores de redes sociales. Y, en vez de eso, aquí estoy, una tarde del sábado, tecleando chorradas en un blog mientras hago tiempo antes de reírme con los silbidos de la Copa del Rey (espero que no me multen por decir eso, o me tocará estar otro año con las mismas gafas).

La próxima vez que se me ocurra algo genial procuraré tener más visión de futuro.

 

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Una vida con Tom

Iba al instituto cuando descubrí a Tom Waits. Fue con su LP Small Change, lleno de maravillas como Tom Traubert’s blues, The piano has been drinking o Invitation to the blues. 

Así que hace cierto tiempo que me acompaña. Y nunca me ha decepcionado. Al revés: creo que una de las cosas que más me gustan de él es su capacidad para quebrarme la cintura y no hacer nunca el disco que espero.

Hacía tiempo que quería dedicarle un blog. Este directo me lo ha puesto a huevo. En el programa de David Letterman. Con George Clooney de público. Una balada que podría haber cantado en sus orígenes. Hay gente que  posee el secreto de la eterna juventud.

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Distintas memorias

Personas mucho más sabias que yo han dicho que los escritores no somos nada sin la memoria. Es la paleta de sensaciones acumuladas donde cada dos por tres mojamos el pincel para pintar nuestros paisajes literarios.

El domingo Nana volvió a meterse con mi memoria. Comíamos en casa de mi hermana y, de pronto, salió el tema de los cines. Inevitablemente, acabamos hablando del que había en mi pueblo de toda la vida, Premià de Mar: el Gran Vía. Era el cine de mi niñez, una de esas salas mastodónticas de las de antes, con programa doble y sesión continua. Si querías, podías entrar a las cuatro de la tarde y salir con los ojos enrojecidos, ebrio de celuloide, a la una de la madrugada.

Hace muchos años que cerró, ahora es un supermercado. El caso es que Nana, de repente, dijo:

-Diles cuántas butacas tenía, Pep.

-Mil doscientas cuarenta.

-¿Lo veis? ¡Tine una memoria rarísima!

Y contó que soy capaz de recordar (con un grado de fiabilidad del 99%) en qué cine vi tal o cual peli (por mala que fuera), con quien la vi, en qué zona nos sentamos y, esforzándome un poco, qué hicimos antes y después.

Ejemplo: antes de ir a ver “Papillón” con mis padres, un sábado por la noche, fuimos a cenar al Bar Meca (que tampoco existe ya). Yo nunca había probado la cerveza, y le pedí a mi padre que me diera un sorbito de la suya. Me dormí antes de saber si Steve McQueen y Dustin Hoffman conseguían fugarse.

Nana cree que esto me convierte en un bicho raro, y no puedo estar más en desacuerdo. Ella, por ejemplo, trabaja en una clínica dental, y es capaz de recordar el nombre y (como mínimo) el primer apellido de todos los pacientes, que son varios centenares. Vamos paseando por el pueblo y empieza a  saludar a gente: ese es fulano, ese mengano, aquel zutano. Yo llevo cuatro clases de mi curso del sketch y aún me hago un lío con los nombres de los alumnos. Concretamente, creo que Víctor es Sergio, y viceversa. Ellos se ríen, creyendo que es un running gag. Pues no: es mi memoria. Olvido nombres. No me fijo en las caras de la gente. A cambio, soy capaz de recordar hasta el más mínimo detalle de situaciones, miradas, olores, sabores, chorradas, de hace veinte, treinta, cuarenta años. Como el número de localidades que tenía el Cine Gran Vía. Como el sorbito de cerveza que tomé en el Bar Meca. ¿Soy más o menos friki por eso? No lo creo. Ocupo el disco duro en otras cosas, ni mejores ni peores.

Y… ¿Por qué os contaba esto?

 

 

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