Los rodajes y yo

Voy poco a los rodajes de mis guiones porque lo paso mal. No por falta de confianza en el equipo, sino todo lo contrario. Creo que el guion es la primera pieza de una larga cadena de montaje, y que  cuando entrego la última versión, mi trabajo ha terminado; y esa historia, esos diálogos, esas imágenes escritas que hasta entonces sentía que me pertenecían, pasan a ser propiedad de otros: del director, de los actores, del operador de cámara, del atrezzista.

Pertenezco a una generación y a un país donde la figura del guionista-productor ejecutivo nunca se ha contemplado seriamente, así que hace tiempo que asumí con orgullo mi rol de escribidor profesional y punto. Así que en mi caso, el cine consiste precisamente en eso, en facilitar que ese trasvase de poderes desde la escritura hasta la pantalla sea lo más fluido posible. Y por eso tengo la sensación que  no pinto nada en los rodajes, de la misma manera que me pondría nervioso pillar a los actores espiándome por encima del hombro mientras acabo la última versión del guion.

Eh, y estoy contento así. Después de todo, creo que me ha tocado una de las mejores partes de la criaturita-película: desde que aún no ha nacido hasta que empieza a balbucear sus primeras palabras. Entonces llega el relevo de profesionales, la acogen, la hacen suya y le enseñan a crecer, a tomar forma, a volar por su cuenta. Y al final, en el aterrizaje, pasa a ser de los espectadores.

Ahí sí que suelo disfrutar: viendo en la pantalla en qué se ha convertido esa cosa inmaterial con la que jugaba mentalmente al principio del proceso. Pero en los rodajes me ataca una absurda ansiedad, el mismo miedo irracional que siento ante mi hija adolescente: Oh, Dios, ¿qué estudiará? ¿Conseguirá trabajo? ¿Encontrará una pareja que la quiera como se merece? En fin, como le repetía el vizconde de Valmont a Madame de Tourvel: “No puedo evitarlo.”

 

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Proyecto Tiempo

En agosto del año pasado sólo era una idea obsesiva que me impidió hacer vacaciones. Y parece que mereció la pena. Esta semana ha arrancado el rodaje de “Proyecto Tiempo”, y yo más que tranquilo. El bebé está en buenas manos.

 

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Para Jordi Gago

Esta es una de las pocos fotos que tengo de él. Es de la época de La Cosa Nostra. Finge hablar por teléfono, pero es mentira. Lo descolgó en el último segundo para “salir más natural en la foto.” Jordi Gago era así: absurdo, imprevisible, un genio (pero de los de verdad, no en el sentido trillado con que últimamente suele usarse esta palabra).

Para ser más preciso, era un genio a contratiempo: no tenía whatsapp, ni facebook, ni twitter, ni Instagram. Ni siquiera tenía móvil. Correo electrónico sí, pero lo usaba lo mínimo y si no había más remedio.

Eso sí: siempre me llamaba el día de mi cumpleaños (mejor dicho: el día antes o el día después, porque llamar el mismo día le parecía “de mal gusto”); y con la excusa de felicitarme hacíamos balance de cómo nos había ido el año. Y os puedo asegurar que no eran charlas cortas, hubo una que pasó de la hora y media. Aún tengo media oreja roja.

Era uno de esos amigos a los que veía muy poco, una vez cada tres o cuatro años. Y sin embargo, cuando se producía el encuentro, era como si acabáramos de vernos el día antes. Como si Jordi fuera mi compañero de piso, mi sombra, mi hermano. Eso es algo que me ocurre con muy poca gente, Jordi, que lo sepas ahora, que nunca te lo dije.

Una vez, a la salida de una reunión con los jefazos ,  le comenté partiéndome de risa: “Joder, no he conocido a nadie que intente colar lo mismo con tanta insistencia”. Porque por esa época llevábamos la tira de reuniones juntos, y él siempre acababa echando mano de su libreta llena de gags que aún no le habían aceptado. Esperaba un mes o dos, y volvía a presentarlos como si fueran nuevos. Y si no salía bien, vuelta a insistir.

Entonces, él se encogió de hombros y murmuró con su rostro impertérrito, a lo Buster Keaton: “Que no te compren una idea no quiere decir que sea mala. A lo mejor los que la han rechazado no estaban preparados en ese momento. ¿De qué sirve que intentes pensar otras?”

Alguien debería esculpir estas palabras. Mientras, por favor, recordad que fue mi amigo Jordi Gago quien las pronunció.

Siempre a tus pies, compañero.

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