Orgullo de padre

Este es el diploma que acredita que esta mañana mi hija ha quedado primera en un concurso de logotipos a favor del medio ambiente. Ha dibujado una bola del mundo que era, en realidad, el centro de una margarita cuyos pétalos de agua se estaban desprendiendo. Muy guai. El premio es un cheque de 50 euros para gastar en Abacus, que no está nada mal. Yo, de (más) pequeño  sólo gané un concurso de dibujo que organizaron los hermanos de La Salle. Dibujé un marinero fumando en pipa, al que titulé “Lobo de mar”, y de trofeo (un tanto surrealista, en la línea del centro) me dieron un balón de fútbol de reglamento. Eso fue un viernes por la tarde. El sábado por la mañana salí a jugar la mar de feliz y dicharachero con el balón y unos amigos, uno de ellos le dio un torpe puntapié, el balón cayó rebotando calle abajo y, cuando llegamos, había desaparecido (Música de “The twillight zone”)

Le he dicho a Alba: “Si en Abacus hay balones, ¡no lo cojas, por Dios, sólo te traerá disgustos!”. Me ha mirado con esa mirada suya, de “Qué raro es mi padre”, y me ha dicho que tranquilo, que seguramente optará por algún libro o disco.

Es lista, la puñetera.

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