Aperitivo inédito

Al principio fue muy delicado.

La tumbó sobre la cama y le susurró al oído:

-Cierra los ojos.

Obedeció, aunque lo mismo hubiera dado lo contrario porque la habitación estaba a oscuras. Él comenzó a besarla despacio, muy despacio, por todas partes menos en la boca. Iba posando los labios (a veces solo una brizna de aliento) en la frente, las mejillas, la nariz, las pestañas, las orejas, el cuello. Al menor estremecimiento cambiaba de objetivo. Naira se dejaba hacer, sorprendida y excitada por el extraño dominio que ejercía tanta ternura sobre ella. Pronto a los besos se sumaron las caricias. Las manos de Joan eran  fuertes y parecían abarcarlo todo al mismo tiempo, recorrían la suave llanura del vientre y las caderas y masajeaban los senos y se deslizaban bajo el camisón e iban y venían  entre los muslos con los dedos al rojo vivo.

Naira lanzó un suspiro y separó las piernas.

Él se puso encima y la besó en la boca.

Fue un beso largo, húmedo y lento, desesperadamente lento, hasta que ella no aguantó más y respondió atrayéndolo por la nuca, buscando la otra lengua con la suya. Entonces se desató la locura. Se besaron con furia, las dos bocas abiertas de par en par y las lenguas enzarzadas, lamiéndose, chupándose, mordiéndose. Ella jadeaba como si fuera a ahogarse. Él le mordió el labio. Ella gritó, le clavó las uñas en la espalda.

Ni siquiera fue consciente de que le quitaba el camisón. De pronto se encontró completamente desnuda, y él también lo estaba, combatiendo los dos a ciegas sobre el ring de la cama, sin dejar de besarse, de lamerse, de  hacerse daño con los dientes y las uñas, arañándose, mordiéndose, refregando piel contra piel, un pecho contra el otro, entremezclando piernas y brazos y sudores y alientos entrecortados. Buscó a tientas hasta encontrarle el pene y lo agarró, apretando el puño con fuerza, como si fuera un trofeo. Estaba duro y caliente, y eso la excitó aún más.

La ventana estaba abierta de par en par, y, sin embargo, no entraba un soplo de aire. Sudaban, y el sudor, espeso, los iba empapando cada vez más, parecían untados en aceite. Volvieron a cambiar de posición: se pusieron de lado, uno frente a otro, rozándose con las narices como dos niños juguetones, intuyendo el brillo en sus ojos. Ella se puso a acariciarle el sexo con la palma de la mano, desde la raíz de los testículos al glande. Él le sobó los pechos, le pellizcó suavemente los pezones, se puso a chuparlos con ansia. Ella levantó una pierna y la puso encima de él.

La penetró tan de repente que pensó que iba a rasgarla, a partirla en dos. Pero una vez dentro se quedó completamente inmóvil, dejando que las punzadas del dolor inicial se fueran transformando en pequeñas chispas intermitentes, en escalofríos de deseo. Esperó hasta que ella dijo “Ahora” con todo su cuerpo. Solo entonces atacó.

 

De la novela inédita “La niña que hacía hablar a las muñecas”

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