Los planos invisibles

Hay en “Amor” (Michael Haneke, 2012) tres planos que son maravillosos porque no existen. 1) Al principio, cuando los bomberos entran en la casa de Georges y Anne, la vemos a ella en la cama, rodeada de flores. Pero no a él. Luego, al final de la película, comprendemos por qué: mostrar el destino real de Georges habría roto de un hachazo la poesía del desgarrador sueño final, cuando Anne le llama para salir juntos y le dice que coja el abrigo, como si fueran a un concierto. 2) Sucede al final del breve flash-back en el que Georges contempla a Anne tocando el piano. Él detiene el disco que está sonando y todo queda en silencio mientras sigue mirando hacia el piano que no vemos. Otro director habría regresado al piano, para subrayar que Anne no estaba ahí. Otro director habría estropeado completamente el momento. 3) Vemos a Georges observando (con discreción: es un hombre prudente y educado) cómo la cuidadora baña cariñosamente a su mujer. Más adelante contrata a una segunda enfermera, y la vemos peinando a Anne con cierta brutalidad. Esta vez no vemos a Georges espiándola, pero cuando más adelante la despide comprendemos que estaba ahí, observando como nosotros. Voyeurismo fuera de campo. Genial.

La posible lección es que en arte, como en la vida, sería bueno no darlo todo masticado, como si hubiera una sola lectura. Dejar que la otra persona (el lector, el espectador, la persona con la que tratas de compartir una emoción) recorriera por su cuenta  la mejor parte del camino, la de los planos invisibles. Probablemente tardaríamos más en llegar, pero calaría más hondo.

Y la vida sería bastante más generosa.

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