Declaración de intenciones

Hoy en día no lo sé, pero hace más de un cuarto de siglo, cuando me saqué el carné de conducir, me hicieron pasar por el via crucis de la teórica antes de dejar que me pusiera al volante. Fueron horas, días,  semanas de tortura mental, de tragarme misteriosos conceptos como «exceso de galibo»; de interminables test de prueba donde la respuesta A y B se parecían tanto que me estallaba la cabeza tratando de decidir dónde colocar la dichosa X. Luego, a los cinco segundos de haber aprobado la teórica, olvidé un 98% de todo lo que había empollado; por fin me subí al coche y pude conducir, que es, al fin y al cabo, de lo que se trataba. Lo digo porque a la hora de ejercer de profesor de mil y una cosas relacionadas con la escritura y la comunicación (mi destino profesional, al parecer), tengo claro que voy a intentar no cometer el mismo error. Y que la parte teórica no acabe mandando sobre la otra, la buena, la que pone a los alumnos a cien por hora.  Hablo menos, escucho lo que los alumnos tienen que decir, y así, de paso, aprendo.

1

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.