Señor Cros (fragmento)

Al señor Cros le gustaban mucho los sábados por la tarde. Los sábados por la tarde –no todos, pero sí la mayoría-, Eva, su mujer, lo esposaba al radiador del salón. Esposado, desnudo, amordazado con cinta de embalaje y tumbado boca arriba sobre el parquet de haya flotante, el señor Cros se sentía un superhombre a merced de los caprichos de su hembra de kryptonita. Y eso que Eva, desestimando un raudal de alternativas más audaces, se limitaba a introducirse en la vagina, muy despacio, el pene erecto –y ni siquiera todo: el glande y unos pocos centímetros más- y a iniciar unos suaves movimientos rotatorios de cadera, al tiempo que repetía con un hilo de voz:

-Cerdo, cerdo, cerdo…

Al señor Cros le encantaba correrse mientras Eva le insultaba, y a Eva la llenaba de dicha ver contento a su marido.

(Inicio de «Señor Cros», cuento inédito escrito en 2008)

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