Mi vida con Corbacho

La otra noche, sentado en el patio de butacas del Teatre Barts de Barcelona descojonándome con «Corbacho 3G», me dio por echar la vista atrás, y descubrí que hace quince años que Jose y yo nos conocemos. Empezamos nuestra relación de un modo casual e indirecto, porque sin que nos conociéramos me tocó escribir el primer sketch con el que Jose empezó su colaboración con El Terrat, en La Cosa Nostra. Si no recuerdo mal, su papel era el de un tiburón de Telefónica que acababa de adquirir el plató: irrumpía a medio programa e iba comentando los cambios que harían. Acabé de ver el sketch y pensé: «Es la primera vez que alguien larga un texto mío sin saltarse una coma.» Afortunadamente, no sólo lo pensé sino que lo dije en voz alta, así que tengo testigos. Jordi Gallur estaba ahí.

Luego, Jose y yo empezamos a coincidir en mil proyectos. Recuerdo con especial cariño tres: la mini-serie de sketchs «Buscar al soldado Ramos», los «A pèl» con Santi Millán y, sobre todo, «La última noche», ese hijo putativo del Sathurday Night Live que parió Corbacho y que Tele 5 se cargó en el peor momento, cuando iba más lanzado. ¡Cuánto talento llegó a reunirse en ese barracón de guionistas!  Tuve la ocasión de trabajar con los Olivares brothers (Javier y Pablo), con Juan Cruz, Eloy Salgado, Fernando Eiras… ¡Cómo disfrutamos imaginando esa parodia de saga espacial en la que el androide de a bordo tenía apariencia de centollo y el comandante se llamaba Paracetamol!  La noche de «Corbacho 3G» volví a encontrarme con uno de los actores de «La última noche», Juanjo Pardo (al que no veía desde entonces), me reconoció a pesar de la calva y recordamos con nostalgia esos momentos. Eso es algo que en este mundillo no suele ocurrir.

Pero con el de l’Hospitalet hemos vivido muchas aventuras más. Muchísimas. En tres meses llegué a escribir dos versiones distintas de un largometraje protagonizado por el Neng de Castefa (el gran Edu Soto) que tenía que dirigir Jose y que, al final, no pudo ser. Luego vino el exitoso «Homo zapping» (que viví más de lejos que otros programas, porque ya había sufrido mis primeros trescientos ataques de ansiedad y me había convertido en uno de esos tipos que van de guay y mandan los guiones desde casa).  Y vinieron más programas. Y galas de premios. Y de pronto, Jose y Juan Cruz volvieron a confiar en mí para parir una serie de televisión, que al cabo de un año, más o menos, acabó derivando en otra distinta, ya sin el primer equipo (estas cosas suceden en televisión); pero que me quiten lo bailao, porque nunca he aprendido tanto en mi vida de contador de historias. Y luego vino una peli de animación de Mariscal con la que Jose y yo batallamos durante meses (excursión a Formentera incluida), y que, afortunadamente para el mundo del cine de este país, tengo entendido que sigue en marcha, aunque con otro equipo (y sí: estas cosas también suceden en animación).

Y llegamos al punto en el que Jose se puso a preparar este último espectáculo, «Corbacho 3G», y aunque yo ya no estaba en El Terrat, un día me llamó, me mandó el texto, a la mañana siguiente quedamos en una cafetería de Vilassar de Mar (que sería como la versión pija de otra cafetería con el mismo nombre, que a su vez también tiene una tienda, llamada igual, donde puedes encargar pollastres a l’ast  y otras comidas por teléfono), nos tomamos un café con leche, y yo le dije tres o cuatro tonterías que me habían pasado por la cabeza. Él las apuntó (no lo parece,  pero es muy disciplinado); y, sólo por eso, ya me ha puesto de colaborador en el programa de mano. Eso demuestra cómo es este personaje al que a lo tonto, como decía, conozco desde hace quince años. Los mismos que tiene mi hija. Y no sé cual de los dos me ha dado más trabajo.

Por eso, y por otras muchas cosas, ya tocaba dedicarle un post. Un post que terminaré diciendo: corred a ver «Corbacho 3G». Porque sí, porque el artista lo vale. Y lo más importante: porque te ríes mucho.

 

 

 

 

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