Los escritores no solemos dar tan bien por cámara como los actores y los cantantes. Eso lo sabe todo el mundo. Por eso salen tan pocos escritores por la tele (solo los que más venden, que casualmente dan muy bien todos por cámara, excepto Chuck Palahniuk, que da mal, pero a posta, para llamar la atención). El motivo es que actores y cantantes suelen vivir más tiempo rodeados de gente. Es decir: hasta por estadística, son más sociables que los que escribimos, que somos los cangrejos ermitaños de la sociedad. Se entiende que, después de pasarnos dos, tres años, enclaustrados en la concha de nuestros retorcidos pensamientos (léase escribiendo un libro), el día que por fin terminamos y el bebé sale publicado, nos sentimos como Steve McQueen en esa escena de “La gran evasión” en la que sale de la celda de castigo, después de no sé cuanto tiempo de hacer rebotar la pelotita. El sol nos da en los ojos, nos deslumbra y, de pronto, nos sentimos libres y eufóricos. Pensamos que, a los pocos minutos de haber llegado el libro al FNAC, ya veremos pasar una avioneta, dibujando un mensaje en el cielo: “Desde la magdalena de Proust nada me conmocionaba tanto. Firmado: la crítica internacional”; o bien: “Vamos  por la sexta edición. Ve encargando el Ferrari. Tu editora que te quiere.”

Lo dicho: el sol en los ojos.

Lo cierto es que no está el horno para bollos. El libro se vende, sí. En general, a los lectores les gusta, algunos amigos hacen todo lo posible por aupar el libro, algunos te llaman y te escriben para felicitarte. Algunos, incluso, lo dicen sinceramente, y eso te llena de emoción y de agradecimiento. Pero no es aquel terremoto que sacude el mundo desde su propio núcleo. No es el big bang de una nueva era.

Y no pasa nada, porque solo hay una opción: seguir escribiendo con las ganas y la energía de siempre.

Es lo que tiene no saber hacer otra cosa. O escribes o no eres tú. Más previsible, imposible.

No me extraña que no nos saquen por la tele.

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