Escribir

Suele decirse que para un escritor lo más importante es escribir. La rutina del oficio. Por lo menos, no dejar de hacerlo durante largos períodos de tiempo, porque uno se acaba oxidando y, luego, cada vez le cuesta más pillar el ritmo. Vale, sí, pero depende de lo que entendamos por escribir. En mi caso, si hablamos de escribir-escribir, antes sí me funcionaba el truco. De (más) joven escribía todo el tiempo: en el despacho, en un bar, en la cama. Un verano, llegué a escribir una novela negra de cuatrocientas páginas, a máquina, en la playa bajo una sombrilla. Escribía ideas, versos, frases sueltas, y pensaba que todo lo que escribía (hasta las alegaciones de las multas y los graffiti en los váteres) era literatura, como si el hecho de haberme autoproclamado escritor ante mis cuatro amigos y conocidos convirtiera todo lo que creara en una maravillosa obra lista para ser consumida con gran placer por los más exigentes lectores del mundo mundial. ¡Qué burro era! Por suerte, con los años he ido dejando por el camino más arrogancia que pelo, y he acabado descubriendo que la cosa no funciona así (creo), que la literatura exige trabajo, un largo tiempo de cocción, y que, por ejemplo, escribir «X quería comerse el mundo y engordó tanto que en verano no le entraba el bañador» no es un microcuento genial sino un chiste lamentable. Así que, por mucho que tratara de engañarme, juntando el texto anterior con otros noventa y nueve parecidos, nunca obtendría un libro de verdad (en el sentido literario del término), sino cien mierdas más o menos bien encuadernadas. Supongo que por ese motivo cada vez paso más tiempo sin escribir-escribir. Escribo, pero de otro modo. Leyendo. Escuchando música. Pensando. Paseando (¿No dijo Flaubert que sus mejores textos los escribió paseando?) Pues eso: que dejar de escribir-escribir para poder escribir me cuesta un enorme esfuerzo. Así que si veis que paso demasiados días sin acudir a mi cita con el blog, que no cunda el pánico. Señal que todo va bien. Estoy escribiendo.

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