Cuando estudiaba primero de periodismo en la Autónoma, todos queríamos ser Günter Wallraff, etiquetado como “El periodista indeseable” desde que Anagrama tituló así un libro de los setenta que resumía su vida y milagros. Éramos unos críos. Soñábamos que algún día haríamos en nuestro país lo que hacía el alemán. Soñábamos que en un futuro 2012, cuando ya fuéramos periodistas bragados, nos pondríamos un bigote postizo y, hablando catalán con acento de guardia civil, nos infiltraríamos en los Mossos de Esquadra durante meses, para ver qué consignas nos daba Felip Puig para enderezar a esos cabrones perroflautas del 15M. Nos pondríamos un traje azul marino y una corbata fucsia y nos infiltraríamos en el PP (o en Bankia), para ver en qué se estaban pateando los 100.000 millones de euracos del rescate: en percebes o en putas. Sí, amigos: Wallraff era nuestro gurú, el bad good boy con cierto halo de detective privado chandleriano que metía la nariz donde nadie le llamaba, y destapaba toda  la mierda que hasta entonces había permanecido oculta.

Joder, cómo ha cambiado todo.

Miro a mi alrededor (en prensa escrita, radio y televisión) y, salvo escasas excepciones (por citar dos de mis preferidos: Jordi Évole y Sergi Vicente -el corresponsal de TV3 en Pequín, que suele brindarnos un micro-reportaje de denuncia en cada edición), el resto da la impresión de limitarse a hacer de vocero mayor del reino. Como si en las facultades de periodismo de hoy en día les dijeran: “Mirad, niños: esta profesión consiste en difundir en un tono lo más neutral posible lo que el gobierno, los economistas y, en menor medida, los otros partidos dicen que está pasando. Vuestra opinión importa una mierda, así que no penséis y, de paso, tampoco lo hará vuestro público”.

Y es una pena, porque sospecho que nunca ha habido tantas oportunidades de rastrear la mierda como ahora.

Y si al menos los periodistas de 2012 hicieran eso (dejar de rastrear la mierda) a cambio de suculentos sobornos, pues aún tendría sentido. Serían corruptos e hijoputas, pero no tontos. Pero sospecho que no, que lo hacen por desidia. Porque les resulta más fácil entrar en google, cortar y pegar, zis-zas, ya tienen cubierta la noticia y pueden seguir jugando con el Angry birds.

Si cada cierto tiempo es obligado pasar una revisión para conservar el carné de conducir, lo mismo debería hacerse con el de periodista.

A lo mejor estoy equivocado, pero mi consigna sería: “Ponle un Wallraff a un banquero, o a un mangante valenciano, y a lo mejor la próxima se lo piensa dos veces.”

A lo mejor tenemos la corrupción que tenemos porque nos faltan huevos periodísticos.

Venga, dadme chicha, hostia, que me aburro.

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