Gould, el jilguero, Black Mirror y el azar

Cuando decidí dejar la lectura de «El jilguero» para mis vacaciones navideñas no sabía que, inconscientemente, acababa de escoger la época perfecta para leerla (aunque sólo sea por la recta final en Amsterdam, tan apabullante y adictiva como toda la novela). Tampoco tenía modo de saber que el día de mi cumpleaños me regalarían la colección completa de las obras de Bach interpretadas por Glenn Gould; ni que el lunes 29 de diciembre decidiría hacer algo que no suelo hacer, mezclar  lectura y música, poco antes de que Theo, el protagonista del libro, acuda ilusionado a la cita más importante de su vida… ¡en un cine donde proyectan un documental sobre el pianista canadiense!

Así que yo iba devorando páginas y más páginas de la novela y, de pronto, mientras la segunda French Suite cobraba vida en los altavoces del comedor de mi casa, era como si Donna Tartt estuviera describiendo aquel preciso instante: «Glenn Gould al piano con el pelo alborotado, lleno de vida, con la cabeza echada hacia atrás, emisario del reino de los ángeles, arrebatado y consumido por lo sublime.»

Me dio un escalofrío.

Luego cené, terminé la novela sintiéndome como un yonki que se hunde en la autocompasión (¿Qué voy a hacer ahora que la he terminado?), puse la tele, hice zapping y, por casualidad, me detuve en el canal TNT justo cuando empezaba el episodio especial de navidad de la tercera temporada de «Black Mirror»…donde, por cierto, tiene cierta importancia un reloj lleno de pájaros (¿Había entre ellos algún jilguero? Posiblemente). Y supe que el mundo seguía dando vueltas.

Hay días que merecen ser vividos.

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