Bien, gracias

Cuando escribo (cuando escribo DE VERDAD) soy un adicto, un maníaco peligroso. El Leatherface  de Premià. La mayoría de días suena el despertador a las cuatro de la madrugada y llevo ya tiempo dando vueltas a la escena que me toca afrontar. Odio todo lo que me roba tiempo para escribir. La hipoteca y sus malvados secuaces: los trabajos. Los desplazamientos absurdos. Las reuniones. Que el cartero llame a la puerta. Que llamen al teléfono. Odio tener que comer y cenar, entendidos como mal menor para no desmayarme sobre el teclado. A veces estoy viendo una buena peli, una serie a la que estoy enganchado, leo un libro que me apasiona, y, de pronto, abandono sigilosamente mi cuerpo y regreso a finales del siglo XIX, la época de mi novela, la única que me interesa de verdad. Creo que si Charlize Theron (por poner un ejemplo al azar) apareciera desnuda en nuestra cama a las cuatro de la madrugada y nos propusiera a mi mujer y a mí montar un trío, antes de preguntarle si se refiere al musical o al otro saltaría por encima utilizando mi erección a modo de pértiga y acudiría puntual a mi cita con la escritura (luego me daría cabezazos contra la pared, pero lo importante es que tendría listo otro capítulo).

Así de chunga es esta enfermedad.

Mi teoría es que cuando un escritor escribe (DE VERDAD), deja de serlo y se transforma en su primer lector. Y si lo que va leyendo le gusta lo suficiente, quiere saber qué más va a suceder (o, en el caso de los escritores «de mapa»,  el modo en qué sucederá, que viene a ser lo mismo). Aunque eso signifique olvidarse de todo lo demás. Incluidas cosas tan vitales como Facebook, Twitter, Pinterest o Linkedin.

En resumen: que nadie pase ansia. Aunque tarde en dar señales, sigo vivo. Más que nunca, en realidad.

Emoticono de bailarina.

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