Los 50 (parte 2)

Qué barbaridad, parece que fue ayer que estábamos los tres (los cuatro, en realidad, Josep Maria no sale en el encuadre), riéndonos de la vida y de todo frente al escaparate del Corte Inglés de Plaça Catalunya, y de pronto miramos el calendario y zasca: los 50. Hoy los cumple ella, la chica de las gafas de sol por montera, Carmen Navarro, alias la Mari, tan amiga, tan hermana, a la que conozco desde que empecé a ser un poquito yo, desde que aún no me afeitaba (no por vago sino por imposibilidad). Ayer se lo decía: ¡Joder, Mari, hemos vivido tanto juntos que no sé por dónde empezar! Y sigo igual. En fin, allá vamos:

Recuerdo nuestras bajadas a pie por la Riera de Premià a las cinco de la madrugada, rumbo a la estación de tren, para llegar a tiempo a las clases de primero de periodismo. Recuerdo que se podía mojar pan en nuestras charlas freudianas sobre tu primer novio. Te recuerdo apareciendo por sorpresa en el convite de mi primera boda, con un falso barrigón de preñada y echándome en cara que te  dejara así por otra (menuda liaste, qué bueno). Te recuerdo en mis dos primeras obras de teatro, sobre todo en “L’Oca del senyor és teva”, haciendo de folklórica a la que se le aparecía un marciano de dos metros, verde y con antenas (me hacías llorar de risa, y eso que lo había escrito yo).

Luego todo se acelera: mi matrimonio se hunde y tienes que poner el hombro (fuiste la primera a quien se lo conté). Vienen los felices años del Va de Cine, los paseos en góndola, la noche de los Oscar, la caída del muro de Berlín. Me enamoro de Nana casi al mismo tiempo que tú de Edu (y debemos enamorarnos bien, porque aún nos dura), y para hacerlo aún más increíble, más bonito, nuestras respectivas hijas únicas, nuestros pequeños tesoros, Alba y Paula, nacen, también, al mismo tiempo. ¡Lo pongo en un guión y me despiden! (Y conste que es  metafórico: estoy en paro por otros motivos) ¿Y sabes lo mejor, Mari? Que aunque hace tiempo que dejamos de estudiar en  Bellaterra, que se terminó el programa de cine, seguimos viéndonos, al menos llamándonos, todas las semanas (quedamos con Begoña Fabregas, alias Petu, otra del club de los 50 que forma parte del álbum de mi vida). Porque sí, porque hemos vivido tanto juntos que un ratito de Mari, para mí, significa volver a estar por un segundo al lado de esa chica Tauro con las gafas de sol por montera,  frente al escaparate del Corte Inglés, con esa mata de pelo rizado, el cigarrillo colgando, las gafotas tamaño huevo de velocirraptor y esa sonrisa de “Venga, vamos a comernos el mundo”. La eterna juventud. ¿Quién te consigue eso gratis? Sólo los amigos más queridos. (Y Edu: si estás por ahí escuchando, no creas que me he vuelto blando de golpe: aún tenemos pendiente nuestra partida de poker)

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