NOTA: Esta es la versión original sin subtítulos del artículo publicado en holandés en la revista digital HEBBAN.  (Nelleke, mi fantástica editora de allí, me lo encargó y lo tradujo. Muchas gracias, Nel)

Cuando tenía quince años y empezaba a decirle a mis amigos que de mayor quería ser escritor, pensaba que la clave de este oficio consiste en sorprenderse a uno mismo. No tener ni idea de lo que sucederá en el párrafo siguiente. Algo así como meterte de noche y sin linterna en un bosque que nunca has visitado. Me bastaba una idea (ni eso: una simple imagen) para tirarme de cabeza a la piscina. Disfruté mucho, y, de paso, escribí algunos de los cuentos más horribles de la historia de la literatura.

Luego me casé, me divorcié, empezó a caerme el pelo, di el salto del cuento a la novela, volví a casarme, tuve una hija y decidí raparme al cero. Y un día me senté delante del ordenador y descubrí que había cambiado la brújula por el mapa. Que antes de ponerme a escribir necesitaba saber TODO lo que iba a suceder.

“La niña que hacía hablar a las muñecas” parte de una historia familiar, pero para contarla como quería estuve un año preparando el argumento y recopilando información. Luego, cerré la puerta del despacho y me pasé los siguientes dos años y tres meses escribiendo de lunes a domingo. Bueno, no: un día me lo tomé libre y fui a la playa.

Hubo dos cosas que me insuflaron energía. Una fue el recuerdo de mi abuela. La iaia Sión es la maravillosa persona que me llenó de besos y achuchones en mi infancia. La que me llevó a mi primera librería y me compró “Las mil y una noches”. Siempre he pensado que gracias a ella soy escritor.

El segundo gran estímulo fue saber que había una persona mordiéndose las uñas por saber cómo seguía la historia. Antes de “La niña…”, nunca había dejado que nadie leyera ni una línea de lo que escribía hasta que llegaba al FIN. Esta vez fue distinto. Estaba tan contento al terminar el prólogo que se lo leí en voz alta a Nana, mi mujer. Y cuando la niña que teme a Gápanemé llega a la playa siguiendo a la gaviota y ve lo que ve, me quedé callado. Eso era todo por el momento.

-¿Y qué más pasa? –preguntó mi mujer.

-Te lo leeré cuando esté escrito.

De modo que, al día siguiente, me puse manos a la obra pensando en la cara que pondría Nana cuando escuchara esa palabra, ese diálogo, ese capítulo.

Y el truco salió bien hasta el final.

En cierto modo, envidio a mi mujer: ella vivió mi novela como yo lo hacía antes, como si explorara un bosque de noche y sin linterna.

Ahora es el turno de mis lectores holandeses.

Os deseo una feliz aventura.

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