Distintas memorias

Personas mucho más sabias que yo han dicho que los escritores no somos nada sin la memoria. Es la paleta de sensaciones acumuladas donde cada dos por tres mojamos el pincel para pintar nuestros paisajes literarios.

El domingo Nana volvió a meterse con mi memoria. Comíamos en casa de mi hermana y, de pronto, salió el tema de los cines. Inevitablemente, acabamos hablando del que había en mi pueblo de toda la vida, Premià de Mar: el Gran Vía. Era el cine de mi niñez, una de esas salas mastodónticas de las de antes, con programa doble y sesión continua. Si querías, podías entrar a las cuatro de la tarde y salir con los ojos enrojecidos, ebrio de celuloide, a la una de la madrugada.

Hace muchos años que cerró, ahora es un supermercado. El caso es que Nana, de repente, dijo:

-Diles cuántas butacas tenía, Pep.

-Mil doscientas cuarenta.

-¿Lo veis? ¡Tine una memoria rarísima!

Y contó que soy capaz de recordar (con un grado de fiabilidad del 99%) en qué cine vi tal o cual peli (por mala que fuera), con quien la vi, en qué zona nos sentamos y, esforzándome un poco, qué hicimos antes y después.

Ejemplo: antes de ir a ver «Papillón» con mis padres, un sábado por la noche, fuimos a cenar al Bar Meca (que tampoco existe ya). Yo nunca había probado la cerveza, y le pedí a mi padre que me diera un sorbito de la suya. Me dormí antes de saber si Steve McQueen y Dustin Hoffman conseguían fugarse.

Nana cree que esto me convierte en un bicho raro, y no puedo estar más en desacuerdo. Ella, por ejemplo, trabaja en una clínica dental, y es capaz de recordar el nombre y (como mínimo) el primer apellido de todos los pacientes, que son varios centenares. Vamos paseando por el pueblo y empieza a  saludar a gente: ese es fulano, ese mengano, aquel zutano. Yo llevo cuatro clases de mi curso del sketch y aún me hago un lío con los nombres de los alumnos. Concretamente, creo que Víctor es Sergio, y viceversa. Ellos se ríen, creyendo que es un running gag. Pues no: es mi memoria. Olvido nombres. No me fijo en las caras de la gente. A cambio, soy capaz de recordar hasta el más mínimo detalle de situaciones, miradas, olores, sabores, chorradas, de hace veinte, treinta, cuarenta años. Como el número de localidades que tenía el Cine Gran Vía. Como el sorbito de cerveza que tomé en el Bar Meca. ¿Soy más o menos friki por eso? No lo creo. Ocupo el disco duro en otras cosas, ni mejores ni peores.

Y… ¿Por qué os contaba esto?

 

 

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