Cosas que nos recuerdan a otras cosas

Os presento a mi bonsai-mujer de anchas caderas. Supongo que los seres humanos, sin darnos cuenta, nos vamos rodeando de cosas que nos recuerdan a otras cosas: el primer dibujo que hizo nuestra hija y que entonces nos pareció una cara sonriente digna de la época azul de Picasso; la flor prensada que evoca esa otra flor, la que era antes de ser prensada, la que él (perdón: Él) te regaló la primera noche que salisteis a cenar; esa camisa hortera, de manga corta hortera, salpicada de palmeras horteras y soles anaranjados y horteras, que nunca volverás a ponerte en tu sano juicio y que, sin embargo, no te atreves a tirar  porque sabes que caerías bajo el influjo de una maldición y te pondrías tan triste que envejecerías doscientos años de golpe; sin contar todos los discos y libros que, de algún modo,  nos contienen a nosotros mismos cuando los descubrimos por primera vez.

En fin.

El bonsai-mujer de anchas caderas no tiene ningún significado especial. Sólo es eso: un árbol pequeñito que, según el ángulo con que uno lo contempla, parece el tronco de una venus primitiva. Y es que no todos los objetos que nos recuerdan a otras cosas tienen por qué ponernos profundos o románticos.

La vida sería un rollo.

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