Mi cuento de navidad

Hace algunos años, cuando Alba todavía era pequeña, vimos en familia la película «Polar Express». Hay una escena en la que los protagonistas descubren que Papá Noel tiene cámaras en las habitaciones de todos los niños del mundo (si no recuerdo mal, para comprobar que están dormidos antes de ir a dejarles los regalos). De repente, Alba se levantó  y señaló una esquina de la pantalla con el corazón saliéndole por la garganta:

-¡Papá, mamá! ¡Estoy ahí!

Y era verdad: ahí estaba. En uno de los centenares de monitores de la sede de operaciones de Papá Noel, ahí estaba nuestra niña, Alba, durmiendo con una sonrisa en los labios.

No hablamos de otro tema durante semanas.

Luego, como la mayoría de cosas en esta vida, pasó el tiempo y nos olvidamos. Hasta ayer, cuando Alba, zas, se acordó. Buscamos rápidamente la película, localizamos la imagen y mi hija, en un  emotivo ataque de nostalgia, le hizo una foto. La Alba de la peli es la de la izquierda. La de la derecha es la otra Alba, la de verdad, a la edad en que hizo el descubrimiento. Evidentemente, se trata de la misma persona.

La moraleja de esta historia es que Papá Noel existe y tiene una cámara escondida en la habitación de mi niña. Un día de estos tengo que llamar a los Mossos. Maldito gordo pedófilo. Se va a enterar.

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