Mou

Nunca he estado en Munich. Lo más cerca, Berlín. Fui por trabajo el año que tiraron el dichoso muro. Nevaba. Quince bajo cero. La cama y el desayuno del hotel eran horribles. Fue bastante deprimente. En Madrid, en cambio, sí que he estado. Más de una vez. Conozco gente madrileña amable, inteligente, simpática, limpia, encantadora. Así pues, ¿por qué me alegré tanto cuando el Bayern de Munich pasó ayer a la final? Porque no conozco a nadie relacionado con Munich que sea tan rematadamente cretino como Mourinho. Y ahora no hablo de fútbol, de su criterio más que discutible como entrenador. Hablo de la persona. Todo lo que dice Mourinho me genera rabia. Todo. Mourinho podría dar una conferencia titulada “Hitler era una mala persona” y  a los cinco minutos estaría en desacuerdo con él. Es retorcido, envidioso, un popurrí de complejos maquillados de soberbia. Es un personaje shakespeariano, pero de los más chungos. Me lo imagino de pequeño reclamando a berridos la atención de sus padres mientras ellos pasaban de él y seguían viendo al barça por la tele y cantando el virolai. Si no, no se entiende la paranoia que tiene con nuestro equipo. Gane, pierda o empate el Madrid. Siempre. Siempre asoma el grano de pus del barça en su cerebro. “Messi también falló un penalti”, fue su excusa ayer. Ni un comentario sobre que un equipazo como el Madrid tuviera que jugársela a cara o cruz en los penaltis por permanecer acojonado la mayor parte del partido. En fin: qué suerte tenemos de que siga entrenando al Madrid el año que viene.

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