1. Los personajes. Siempre comparo una novela con el ajedrez: no puede haber piezas que ejecuten el mismo movimiento o la partida no chuta. En la novela de Sílvia Tarragó los roles de los personajes, lo que les impulsa a actuar y sus conflictos están meditados al milímetro. A la luz se opone siempre su sombra. Hay un doctor Artigas como contraste a Manuel.
  2. Las tramas. Dejad que lo diga claramente: hay novelas románticas tan empalagosas y con tan poca chicha que deberían estar prohibidas por sanidad, por respeto a la salud mental de los lectores y lectoras. En “El tiempo de la luz” nunca pasa eso, porque la historia de amor principal sólo es el tronco del que van surgiendo otras historias.
  3. Escenarios fascinantes. Empezando por la Avenida de la luz, del título; pero también la Casita Blanca, el Liceu la noche en que debutó Josep Carreras o el Bellamar de Premià.
  4. Un riguroso trabajo de documentación que va desde hechos históricos a los pequeños detalles (para mí los más importantes) . Por citar un ejemplo, esa cita de los Mad Men españoles de la época: “No se pinte los labios. Avívelos con Marilú de Pimpinela”. Eso contribuye a hacer creíble un paseo histórico de medio siglo, desde 1940 al epílogo de 1990. Y en el que la actitud de los personajes también está “documentada” (como la mentalidad machista de todas las mujeres, a excepción de Lorelei… y porque viene de fuera)
  5. El ritmo. Cuando conviene, la escritura es pausada, reflejando el ritmo de una época anterior a twitter. Como cuando Rosita y Coral pasean por las Ramblas. Pero si hay que acelerar el ritmo en una escena en la que alguien es tiroteado, la autora se arremanga y lo hace sin que le tiemble el pulso.
  6. Recursos narrativos. Ligado con el anterior. Pero no sólo hay un dominio del ritmo. También hay giros sorprendentes en esta novela, como cuando resurgen personajes del pasado. O momentos en los que el lector es el único testigo de que alguien ha sido acusado injustamente de un asesinato. O ese recurso (tan querido por los guionistas de series) del cliffhanger, en este caso acabando en alto muchos capítulos para obligarnos a seguir leyendo.
  7. Coral sí, pero… En mis clases de novela en l’Escola d’Escriptura de l’Ateneu suelo pelearme con alumnos que no entienden este concepto: una novela puede ser coral, pero al menos tiene que haber un héroe con el que identificarse. En El señor de los anillos sale mucha peña, y la mayoría hace cosas heroicas… pero de héroe real (en el que volcamos toda nuestra empatía) sólo hay uno: Frodo. Sílvia Tarragó tiene esa lección bien aprendida, y aunque en su novela hay un montón de personajes, desde el principio queda claro por quién apuesta: Julia.
  8. Camaleonismo estilístico. Que es una forma súper complicada de decir “bien escrita”. Cuando el estilo tiene que ser poético, lo es (“En ese ámbito robado a la oscuridad se había abierto un paréntesis en el que el ayer confluía y el mañana había dejado de existir”); y cuando el cuerpo del lector le pide marcha, no se corta (“De un manotazo le desgarró las bragas, la apoyó contra la pared y la penetró”).
  9. El humor. No hay mucho, y quizás no muy evidente, pero el que hay provoca una sonrisa. A mí, al menos, me hace mucha gracia que todo un Almirante de la marina se quede tieso viendo Blancanieves.
  10. Conozco a Sílvia,  me cae muy bien y, además, también le gustó mi último libro.  Así que vamos uno a uno.
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