De pequeño tenía la absoluta certeza de que moriría a los 33. Había nacido un 25 de diciembre, mi madre se llamaba María y mi padre José y era carpintero; y, para más INRI, el día que nací nevó abundantemente en mi pueblo natal, Premià de Mar, un lugar  de la costa del Maresme donde  sólo caen cuatro copos de nieve una vez cada veinte o veinticinco años.

Los primeros colegios a los que fui fueron las monjas de la Divina Pastora y los Hermanos de la Salle, que, lógicamente (es su modus vivendi) echaron más leña al fuego. Total, no es que me creyera el nuevo Mesías en la tierra (nunca he tenido la autoestima de un Albert Rivera, pongamos por caso) ni que me imaginara el desenlace al pie de la letra, con taparrabos y crucificado entre dos ladrones, pero tantas casualidades juntas el día de mi nacimiento me parecían demasiadas (de pequeño aún no había leído a Paul Auster), y pronto asumí que a los 33, de algún modo, se acabaría el show.

Para acabar de rematarlo, pasó lo de mi corazón.

Resulta que a los quince años me quedaba exhausto en cuanto daba cuatro pasos, y mis padres decidieron llevarme a un cardiólogo. Recuerdo que era un señor calvo, muy serio, y que dijo que yo tenía el ventrículo izquierdo hipertrofiado.

Yo pensé: signifique lo que signifique eso, ya estamos, de los 33 no paso.

Él dijo: claro que pueden pedir una segunda opinión.

Y nos dio la dirección de un centro súper mega especializado, donde me miraron con lupa y dijeron: el corazón no tiene nada, sólo una forma muy rara. Resumiendo: mi corazón (feo que te cagas pero sano, al parecer) me sirvió para librarme de la mili. Perdón: de la objeción de conciencia y de la cárcel.

Pero yo seguía convencido de la inevitabilidad de mi muerte precoz. Así que animado por las sanas tendencias suicidas de cualquier adolescente, me puse a fumar lo que no ha fumado ni Dios. Me compré un libro de recetas de cócteles y los probé todos, varias veces.  Escribía como un loco, aporreando el teclado. Apenas dormía. A los 23 me casé con mi primera mujer, me separé a los 27 y a los 28 conocí a la actual.  Y por fin, la víspera de cumplir los 33, volví a recordar la profecía por primera vez en mucho tiempo, y pensé: qué le vamos a hacer, has vivido lo que has podido.

Entonces pasó un día. Y otro. Y otro más.

Y comprendí que necesitaba un plan B.

Y en eso estamos.

 

 

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