Majestad:

Ayer vi su discurso por televisión y me pareció amenazante.

Me dolió, porque usted estuvo en Catalunya no hace mucho, solidarizándose con las víctimas de los atentados de la Rambla y Cambrils, y supuse que le dolería algo, un poquito, ver el domingo por televisión a algunos de esos mismos catalanes que en agosto lloraban la tragedia, siendo  zarandeados, heridos, machacados  por los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en su actuación totalmente proporcionada.

Fíjese que no le estoy diciendo que el referéndum fuera legal o no, ni que el gobierno ni sus jueces ni fiscales tuvieran o no la potestad para mandar tropas por tierra mar y aire  a defender su (indivisible) patria. No entraré en ese terreno. Simplemente quiero hacerle una observación en la que, tal vez, no cayó antes de preparar su discurso: Majestad, Catalunya lleva muchos años saliendo a la calle y nunca ha pasado nada. Ni un brote de violencia, ni un herido, nada. En cambio, el domingo 1 de Octubre de 2017 sí pasaron desgracias. Alrededor de 900 heridos civiles y algunos (cuesta ser más preciso cuando al ministro Zoido le  bailan constantemente las cifras) por parte de los que esgrimían las porras, las pelotas de goma y los gases lacrimógenos contra gente de todas las edades, ancianas, mujeres y niños incluidos. Creo, humildemente, que como Rey debería haberse referido en primer lugar a esas víctimas colaterales: civiles y policías. Y haber dicho que, como Rey de todos los españoles, sentía un profundo pesar por su estado de salud, al tiempo que se solidarizaba con todas sus familias.

Eso le habría escrito yo si me hubiera encargado el guion. Y no, créame que no le estoy pidiendo trabajo.

Pero su mensaje fue otro desde el principio. Me pareció que sólo pretendía dirigirse al resto de España y a esa parte (legítima, por supuesto) del pueblo catalán que el domingo decidió no ir a votar. A estos últimos vino usted a decirles que entendía cómo se sentían: acongojados por lo que sucede, por cómo lleva el govern de la Generalitat el país, malditos nazis (esto último es subtexto, por el tono). Pues mire: no tengo ni idea de cómo se sienten los catalanes buenos, pero sí puedo decirle que nosotros, los otros, esos pocos millones que nos reunimos de vez en cuando ante un colegio electoral, o en la calle para pedir que nos escuchen, nos sentimos muy bien, gracias, cuando nos vemos sonreímos (aunque no nos conozcamos de nada) porque no hay odio en nuestros corazones, simplemente esperanza. Esperanza y una fuerte convicción de que en el siglo XXI no es nada monstruoso salir a la calle unidos a gritar y a cantar nuestras aspiraciones. Lo digo por si alguna vez quiere acordarse también de nosotros, como españoles que aún seguimos siendo, y alegrarse por nuestra felicidad, aunque no la comparta.

Mire: tengo una hija de dieciocho años. Se llama Alba, como la duquesa de o como la canción de Aute. Pues bien: este domingo pudo votar por primera vez. Pasó la noche en el colegio electoral y luego, por casualidad, le tocó ser la encargada de entrar una de las bolsas de basura que contenía lo que usted ya sabe, ese objeto demoníaco con una ranura por donde se introducen papeletas  y que, al parecer, nos ha convertido en una amenaza para el conjunto del estado. Vivimos en Premià de Mar (un pueblo del Maresme, que es una comarca, como la comarca de los hobbits pero con las vías de la Renfe y la N-2 separándonos de la playa), y ahí,por suerte, no pasó nada. Bueno, sí: a media tarde pasaron dos coches de la guardia civil, pero no pararon. Al terminar el día, mucha gente aplaudía a mi niña, la felicitaba por haber puesto su grano de arena a la votación. Yo soy de lágrima fácil, me contuve en directo, pero me sentí orgulloso de ella, incluso más de lo que ya me sentía hasta ahora.

Ayer, Jornada de Huelga General en Catalunya como protesta por las hostias que  recibimos el domingo, fuimos en familia a manifestarnos (y esta vez no hubo violencia, a lo mejor porque sus policías no salieron del hotel). ¿Sabe lo primero que hizo Alba nada más volver a casa? Buscó la partitura de “Els segadors” (es nuestro himno nacional, Majestad) y cuando usted terminó el discurso salió al balcón a tocarlo con el saxo. Aquí abriré un breve paréntesis: vivimos en una comunidad de 600 vecinos, con unas condiciones acústicas estupendas, y mi hija lo clavó. Fue muy bonito oír las notas de nuestro himno bajo la luz de la luna, y el coro de vecinos entonándolo (vale, a lo mejor no sonó como el de los trabajadores del Liceu, pero me puso la piel de gallina). Luego, aplaudieron a mi hija y empezó la cassolada (que es nuestra manera más violenta de pedir democracia: golpeamos una inocente cazuela con una cuchara; espero que la Constitución no considere eso kale borroka). Disculpe por la broma tonta, es humor catalán.

No le hago perder más tiempo. Podría comentarle otras cosas de su discurso, pero dejémoslo en que no me pareció el mensaje de un Jefe de Estado al que la Ley obliga, en teoría, a ser equidistante para todos. Parecía más bien el mensaje de un portavoz furibundo del PP. No se ofenda. No, no creo que eso le ofenda. También creo que colocar una bandera española y un trocito de la europea a su izquierda, así, como diciendo entre líneas que España va unida a Europa y Catalunya no, dice mucho intelectualmente sobre su director de atrezzo. Invítele a un chupito de mi parte cuando lo vea.

Y nada más. Le pido, por favor, que levante el dedo del botón rojo del 155 en nombre de la sensatez humana, porque fue un arrebato de insensatez castrense y no la cordura lo que condujo al golpe de Estado de Franco del 36. Y usted es demasiado joven y campechano para compararse con según quién. Se lo pido en nombre de mi hija, de mi mujer y de mi madre, María Cuenca Matallana, que era de Cehegín pero se sentía catalana hasta las patas de las gafas: murió el 2 de enero de este mismo año, perdiéndose tristemente algunos momentos históricos con los que estoy seguro que se habría emocionado. De pequeño me dijo una vez: “Que ningú t’obligui mai a fer el que tu no vulguis” (“Que nadie te obligue nunca a hacer lo que tú no quieras”, nota del traductor). Desde entonces he intentado aplicarlo siempre, y por ahora no me quejo: me siento bien por dentro, porque la libertad es como tomar Activia cada mañana pero gratis.

¿Se siente usted así, Majestad? Porque ayer no me dio esa impresión.Y lo siento. Póngale remedio. Aún está a tiempo.

Atentamente,

un catalán.

 

 

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